Homilía del Domingo de Pascua

Llamado a una vida distinta


Introducción:
Cristo, nuestra Pascua, ha sido inmolado. Celebremos, entonces, nuestra Pascua, no con la vieja levadura de la malicia y la perversidad, sino con los panes sin levadura de la pureza y la verdad” (1Cor 5,7b-8).

1.      Obra culmen:
“La Resurrección de Cristo es la culminación de la Encarnación. Es una prueba de la divinidad de Cristo, confirma cuanto hizo y enseñó y realiza todas las promesas divinas en nuestro favor. Además, el Resucitado, vencedor del pecado y de la muerte, es el principio de nuestra justificación y de nuestra resurrección: ya desde ahora nos procura la gracia de la adopción filial, que es real participación de su vida de Hijo unigénito; más tarde, al final de los tiempos, Él resucitará nuestro cuerpo” (CATIC Compendio 131).

2.      El Hijo de Dios:
Puesto que la Resurrección es una “prueba” contundente de la Divinidad de Cristo, en esta Gran Fiesta renovamos nuestra entrega a Él. No lo seguimos porque sea un gran maestro o profeta, no lo admiramos por sus obras buenas. Nos entregamos a Él por ser nuestro Dios.
De este modo crecemos en nuestro cristianismo. Mediante un renovado amor, obediencia y oración a Jesucristo y, mediante Él, al Padre en el Espíritu Santo, en la Iglesia que Él ha fundado.
Los cristianos amamos a Jesucristo sobre todas las cosas. Junto al Padre y al Espíritu Santo, Jesús es Dios y, como tal, merece nuestro amor primero y principal. Amor que, si no se traduce en obras, es falso y, si no transforma nuestra vida, es insuficiente.
De ahí que, al amor verdadero le es inseparable la obediencia: “El que recibe mis mandamientos y los cumple, ese es el que me ama” (Jn 14,21) dice Nuestro Señor. Así nos libramos del engaño de hacernos un cristianismo a nuestra medida, vencemos la tentación de querer servir a dos señores (Cf. Mt 6 24).
Para esto y para todo, para conocer y amar a Dios, para tener presente los mandamientos y cumplirlos… siempre necesitaremos rezar: “No se angustien por nada, y en cualquier circunstancia, recurran a la oración” (Flp 4,6).

3.      Una vida distinta:
Celebrar la Resurrección del Señor implica también vivir una vida como la suya, una vida de gracia, una vida de buen cristiano.
La Pascua es, entonces, un tiempo de crecimiento espiritual. Es un tiempo de buenos propósitos, de grandes ideales, de proyectos…
Para vivir como Cristo resucitado, antes debemos preguntarnos si hemos muerto con Él. Si dejamos atrás algún defecto, si nos arrepentimos de nuestros pecados, si luchamos contra el mal en nuestros corazones. Recibir la luz del Cirio Pascua debe significar el deseo de recibir la Vida de Cristo, lo cual implica estar en gracia de Dios, vivir según los mandamientos con fe, en un clima de oración.

Conclusión:
Le pedimos a la Virgen nos conceda comenzar este tiempo pascual con el propósito firme de crecer en nuestra vida de fe.