Siendo rico, se hizo pobre
Introducción:
“Dios no se revela
mediante el poder y la riqueza del mundo, sino mediante la debilidad y la
pobreza: «Siendo rico, se hizo pobre
por vosotros…».”[1]
1.
Entrada
en Jerusalén:
El Omnipotente Hijo de Dios, al hacerse un pequeño hombre,
nos ha demostrado su amor por la humildad, por lo pequeño. Él, que durante su
vida “rehuyó siempre las tentativas populares de hacerle rey (cf. Jn 6, 15)…
no conquista a la hija de Sión, figura de su Iglesia, ni por la astucia ni por
la violencia, sino por la humildad que da testimonio de la Verdad (cf. Jn 18,
37)” (CATIC 559).
Entra en Jerusalén, no como un conquistador, sino montado en
un humilde animal de carga. Además, los que lo recibieron, “los
súbditos de su Reino, aquel día, fueron los niños (cf. Mt 21, 15-16; Sal 8, 3)
y los “pobres de Dios”” (CATIC 559).
2.
La
humildad:
La humildad es “la
virtud moral por la que el hombre reconoce que… todo es un don de Dios de quien
todos dependemos y a quien se debe toda la gloria.
El hombre humilde
no aspira a la grandeza personal que el mundo admira porque ha
descubierto que ser hijo de Dios es
un valor muy superior. Va tras otros tesoros. No está en competencia. Se ve a
sí mismo y al prójimo ante Dios. Es así libre para estimar y dedicarse al amor
y al servicio sin desviarse en juicios que no le pertenecen” (www.corazones.org).
3.
En
vistas de la Cruz:
Esta humildad la vemos de modo contundente en Cristo
crucificado: “Él, que era de condición
divina se anonadó a sí mismo… tomando la condición de servidor y haciéndose
semejante a los hombres. Y presentándose con aspecto humano, se humilló hasta
aceptar por obediencia la muerte y muerte de cruz” (Cf. Fil 2,6-8).
En la cruz, podemos descubrir la grandeza de las virtudes
del Corazón de Cristo: su profunda humildad, su entrega, su generosidad… Ante
Cristo crucificado cae nuestro egoísmo y soberbia. En Él descubrimos también su
amor al Padre y su amor por nosotros, por quienes entregó su vida y así,
aprendemos qué significa la verdadera caridad.
Nos encaminamos al monte Calvario, este Viernes Santo, para
encontrar, en medio de ese dolor y humillación, la grandeza de ese Dios que, siendo
rico, se hizo pobre por nosotros.
Conclusión:
Nos encomendamos a la Virgen, pidiéndole que nos acompañe en
este camino de encuentro e imitación de Cristo.