Domigno de la Divina Misericordia


Esperamos en su misericordia


Introducción:
Hoy celebramos la Divina Misericordia. En ese Corazón que ilumina al mundo con sus haces de luz salvadora, nos apoyamos, llenos de esperanza, mientras peregrinamos en este valle de lágrimas hacia el Cielo.  

  1. Misericordia y esperanza:
El Evangelio de la resurrección nos muestra a Jesús de tal modo que reaviva en nosotros la fuerza de la esperanza. En primer lugar el Evangelista nos narra la iniciativa divina, ya que es Jesús el que se aparece en medio de sus discípulos. Además, no se les acerca para castigarlos por su falta de fe sino para otorgarles la paz, el perdón y la paciente insistencia, como en el caso del apóstol Tomás, para vencer su incredulidad.
Esta bondadosa misericordia del Resucitado aumenta nuestra esperanza por la cual, en la primera lectura, San Pedro alaba a Dios: “Bendito sea Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo, que en su gran misericordia, nos hizo renacer, por la resurrección de Jesucristo, a una esperanza viva, a una herencia incorruptible, incontaminada e imperecedera, que ustedes tienen reservada en el cielo” (1Pd 1,3-4). Cristo murió y resucitó, para que, nosotros renaciéramos para una vida de eterna felicidad.

  1. La virtud de la esperanza:
La esperanza, una de las tres virtudes teologales, nos hace aspirar “al Reino de los cielos y a la vida eterna como felicidad nuestra, poniendo nuestra confianza en las promesas de Cristo y apoyándonos no en nuestras fuerzas sino en los auxilios de la gracia del Espíritu Santo” (CATIC 1817).
El Papa Benedicto, en su encíclica sobre la esperanza, narra la historia de Santa Josefina Bakhita quien, después de padecer como esclava por muchos años, “llegó a conocer un «dueño» totalmente diferente –que llamó «paron» en el dialecto veneciano que ahora había aprendido–, al Dios vivo, el Dios de Jesucristo. Hasta aquel momento sólo había conocido dueños que la despreciaban y maltrataban o, en el mejor de los casos, la consideraban una esclava útil. Ahora, por el contrario, oía decir que había un «Paron» por encima de todos los dueños, el Señor de todos los señores, y que este Señor es bueno, la bondad en persona. Se enteró de que este Señor también la conocía, que la había creado también a ella; más aún, que la quería. También ella era amada, y precisamente por el «Paron» supremo, ante el cual todos los demás no son más que míseros siervos. Ella era conocida y amada, y era esperada. Incluso más: este Dueño había afrontado personalmente el destino de ser maltratado y ahora la esperaba «a la derecha de Dios Padre». En este momento tuvo «esperanza»; no sólo la pequeña esperanza de encontrar dueños menos crueles, sino la gran esperanza: yo soy definitivamente amada, suceda lo que suceda; este gran Amor me espera. Por eso mi vida es hermosa” (Benedicto XVI, Spe Salvi n° 3).

  1. El camino de la esperanza:
Movido por la esperanza, el cristiano pone los medios para crecer en la vida de gracia y en la santidad, a la que todos estamos llamados. El Libro de Los Hechos de los Apóstoles nos describe estos medios que forman parte del obrar cristiano: “Todos se reunían asiduamente para escuchar la enseñanza de los Apóstoles y participar en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones” (Hch 2,42).
Con estas cuatro armas venceremos nuestro combate, el combate de nuestra fe, para alcanzar la corona de la Gloria: fe, sacramentos, mandamientos, oración. Allí está sintetizada la vida cristiana, su crecimiento, su perseverancia.
En definitiva lo que cuenta es el encuentro con Dios: conocido en la fe, recibido en los sacramentos, imitado en los mandamientos y escuchado en la oración.

Conclusión:
Le pedimos a la Virgen que la misericordia de Dios sea, para nosotros, un continuo estímulo para convertirnos y crecer en santidad.