Homilía de Pentecostés


La Promesa Cumplida


Introducción:
¡Las promesas se cumplen!
Cristo, había prometido enviarnos al Espíritu Santo. Hoy celebramos el cumplimiento de esa promesa, cumplimiento que, a lo largo de la historia no se ha agotado sino que, de algún modo, silencioso pero eficaz, se renueva continuamente.

  1. La Acción del Espíritu Santo:
Jesucristo nos prometió una Fuerza de lo Alto, un Abogado, el Espíritu de la Verdad… Dicho Espíritu Santo, Tercera Persona de la Santísima Trinidad, continúa la obra de Cristo en nuestros corazones: “nadie puede decir: «Jesús es el Señor», si no está impulsado por el Espíritu Santo” (1Cor 12,3).
San Pablo nos enseña que la múltiple acción de la Iglesia en orden al bien común, a la salvación, es obra del Espíritu Santo. Dicha misión excede la capacidad humana. Por esto mismo, Cristo dijo a sus Apóstoles, que esperaran la promesa del Padre (Cf. Hch 1,4).
Este Espíritu Divino derrama en nuestros corazones el don de la caridad, el amor de Dios, que es el primer don y que es el que contiene a todos los demás (Cf. CATIC 733).

  1. Verdadera libertad:
Para resumirlo de algún modo podríamos decir que el Espíritu Santo nos da la verdadera libertad de los hijos de Dios, la libertad que realmente nos hace crecer y ser felices, la libertad que nos conduce a la posesión de la Promesa Mayor…
El Espíritu Santo prometido nos da la libertad bajo dos aspectos. Por un lado nos purifica del pecado, por otro, llena nuestra vida de frutos de santidad.
Respecto a lo primero es importante recordar siempre que el pecado nos aleja de Dios, con él ofendemos a Dios, además de dañar a otros y a nosotros mismos. Por eso, “el primer efecto del don del Amor es la remisión de nuestros pecados. La Comunión con el Espíritu Santo (2 Co 13, 13) es la que, en la Iglesia, vuelve a dar a los bautizados la semejanza divina perdida por el pecado” (CATIC 734): “Reciban al Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan” (Jn 20,22-23).
Respecto a lo segundo, “gracias a este poder del Espíritu Santo los hijos de Dios pueden dar fruto. El que nos ha injertado en la Vid verdadera hará que demos “el fruto del Espíritu que es caridad, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, templanza” (Ga 5, 22-23)” (CATIC 736): “La paz esté con ustedes” dijo el Señor (Jn 20,19).
Con esta doble acción, en la medida en que lo dejamos actuar, el Espíritu Santo nos da la libertad verdadera, capaz de conducirnos a la Felicidad verdadera.

  1. La Vida Eterna:
La Gran Promesa, la más importante, el deseo de Dios más grande para nosotros y el que más debemos desear es… la Vida Eterna.
Para poder salvarnos, necesitamos de la acción del Espíritu Santo. Es importante dejarnos conducir por Él, tratar de ver en la fe todas las circunstancias de la vida, tener momentos de silenciosa y humilde escucha… También es necesaria la constante fidelidad a su acción.
Más aún, es necesario esforzarnos en vivir en gracia de Dios, luchando contra el pecado mortal, cumpliendo los mandamientos, convirtiéndonos continuamente…

Conclusión:
Le pedimos a la Virgen nos ayude a recibir los dones que el Señor nos ha prometido dar, tanto en esta vida como en la futura.

Homilía Ascensión del Señor


Misión y Promesa


Introducción:
¿Se puede celebrar con alegría la partida del Señor? ¿Si Él se fue al Cielo, podemos estar alegres o, por el contrario, deberíamos tener tristeza de que nos haya abandonado?

  1. Se despidió:
A los cuarenta días de su Resurrección, Nuestro Divino Salvador volvió junto al Padre. Sin embargo, injusto sería decir que nos abandonó.
Después de dejarles unas últimas recomendaciones, “lo vieron levantarse, hasta que una nube se lo quitó de la vista” (Hch 1,9). Jesús subió al lugar que le corresponde, a la derecha del Padre, por encima de todos los Ángeles, por ser Dios, por ser Cabeza de la Iglesia, por humillarse hasta la muerte de cruz.
También subió al lugar donde nos espera: Me voy a prepararles un lugar (Cf. Jn 14,3). Por esto, en una de las misas del tiempo pascual rezábamos: “Dios todopoderoso y eterno, condúcenos hacia los gozos celestiales, para que tu rebaño, a pesar de su debilidad, llegue a la gloria que le alcanzó la fortaleza de Jesucristo, su Pastor.”
Jesús se fue pero no nos abandonó. Antes de subir al Cielo nos dijo que se quedaría con nosotros: “Yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo” (Mt 28,20).

  1. Nos dio una misión:
Él se ha quedado en la Eucaristía. Él está en todos los Sagrarios del mundo y, desde allí sostiene a sus servidores. Está a nuestro lado, recibe como hecho a Él la caridad hecha al pobre, está en nuestro corazón en gracia. Por eso, ha podido mandarnos algo que supera nuestras fuerzas: la misión.
Él lo expresó claramente: “Yo he recibido todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado” (Mt 28,18-20a).
Sacramentos y predicación serán siempre las armas para conquistar las almas. Hoy, incluso, de un muy especial, hace falta que los fieles conozcan mejor su fe, se esfuercen por estudiar el catecismo, conozcan y amen “todo lo que yo les he mandado.
Todos estamos llamados a llevar las almas a Dios, cada uno según sus circunstancias… pero todos tenemos esta misión desde el bautismo. Sin embargo, la misión supera nuestra capacidad…

  1. Nos hizo una promesa:
Así mismo nos prometió una ayuda celestial: “En una ocasión, mientras estaba comiendo con ellos, les recomendó que no se alejaran de Jerusalén y esperaran la promesa del Padre: «La promesa, les dijo, que Yo les he anunciado. Porque Juan bautizó con agua, pero ustedes serán bautizados en el Espíritu Santo, dentro de pocos días»” (Hch 1,4-5).
Ese Espíritu Divino es el que, no sólo mantiene la misión de la Iglesia, sino incluso, mantiene nuestra propia vida espiritual. Él nos fortalece y sostiene, Él nos conduce y auxilia. En medio de todas las tormentas, Él no deja de hablar al corazón fiel. En medio de tantas confusiones, Él no deja de enseñarnos la verdad que salva.

Conclusión:
Le pedimos a la Virgen nos ayude a recibir siempre el Don del Espíritu Santo y ser fieles a la misión encomendada.

Homilía Domingo VI de Pascua, Ciclo A


El otro Paráclito


Introducción:
La Iglesia, aunque formada por hombres y, por lo tanto, llena de imperfecciones, está sostenida por el poder de Dios.

  1. La promesa:
Nuestro Señor Jesús, durante la Última Cena, prometió enviarnos el Espíritu Santo. Dios sabe que sin su ayuda no podemos llevar a cabo su obra. Por eso, siempre estará socorriéndonos.
El mismo Señor nos dejó, como signo de esa presencia, la gran virtud de la caridad: “Si ustedes me aman, cumplirán mis mandamientos. Y Yo rogaré al Padre, y Él les dará otro Paráclito para que esté siempre con ustedes” (Jn 14,15-16). Caridad, mandamientos y acción del Espíritu Santo estarán siempre relacionados.

  1. El Espíritu Santo actúa en la Iglesia:
Por esto, en toda la historia, no sólo en Pentecostés, la Iglesia necesitó la fuerza de lo Alto: “Cuando los Apóstoles que estaban en Jerusalén oyeron que los samaritanos habían recibido la Palabra de Dios, les enviaron a Pedro y a Juan. Estos, al llegar, oraron por ellos para que recibieran el Espíritu Santo… Entonces les impusieron las manos y recibieron el Espíritu Santo” (Hch 8,14-15.17).
Aunque no sea de modo maravilloso, el mismo Espíritu Divino sigue haciendo su obra: “En la liturgia se realiza la más estrecha cooperación entre el Espíritu Santo y la Iglesia. El Espíritu Santo prepara a la Iglesia para el encuentro con su Señor, recuerda y manifiesta a Cristo a la fe de la asamblea de creyentes, hace presente y actualiza el Misterio de Cristo, une la Iglesia a la vida y misión de Cristo y hace fructificar en ella el don de la comunión” (CATIC Compendio 223).

  1. El Espíritu Santo actúa en nosotros:
De ahí la importancia de meditar en la acción que el Espíritu Santo quiere hacer en mi vida personal, en la de cada uno de nosotros… Jesús nos enseña que el Espíritu Santo siempre está, siempre nos acompaña y guía, en la medida en que nos dejamos conducir. Nos dice que es el Espíritu de la Verdad, por lo que quiere enseñarnos, iluminarnos, hacernos conocer el misterio de Dios…
Un gran Santo como San Agustín, al darse cuenta de esto escribió una bella oración, de la cual podemos ir entresacando lo que el Espíritu Divino puede hacer en nosotros:
Respira en mi
Oh Espíritu Santo
Para que mis pensamientos
Puedan ser todos santos.
Actúa en mí
Oh Espíritu Santo
Para que mi trabajo, también
Pueda ser santo.
Atrae mi corazón
Oh Espíritu Santo
Para que sólo ame
Lo que es santo.
Fortaléceme
Oh Espíritu Santo
Para que defienda
Todo lo que es Santo.
Guárdame pues
Oh Espíritu Santo
Para que yo siempre
Pueda ser santo
.

Conclusión:
Le pedimos a la Virgen nos ayude en el camino de la santidad, siendo dóciles al Santo Espíritu de Dios.

Homilía Domingo V de Pascua, Ciclo A


Un Cuerpo con diversos miembros


Introducción:
No es justo que descuidemos el ministerio de la Palabra de Dios para ocuparnos de servir las mesas” dijeron los Apóstoles en una ocasión.
Es cierto que cada uno tiene su misión de parte de Dios. Es cierto que hay oficios que son tan necesarios que nunca podrán descuidarse, sin gran perjuicio para las almas…

  1. Sacerdocio común:
San Pedro dice a todos los bautizados que “al acercarse a Él (a Cristo), la piedra viva, rechazada por los hombres pero elegida y preciosa a los ojos de Dios, también ustedes, a manera de piedras vivas, son edificados como una casa espiritual, para ejercer un sacerdocio santo y ofrecer sacrificios espirituales, agradables a Dios por Jesucristo” (1Pd 2,4-5).
En efecto, como nos enseña el Catecismo, “los fieles ejercen su sacerdocio bautismal a través de su participación, cada uno según su vocación propia, en la misión de Cristo, Sacerdote, Profeta y Rey. Por los sacramentos del Bautismo y de la Confirmación los fieles son “consagrados para ser…un sacerdocio santo” (LG 10)” (CATIC 1546). Dicho sacerdocio, llamado “sacerdocio común de los fieles” se realiza “en el desarrollo de la gracia bautismal (vida de fe, de esperanza y de caridad, vida según el Espíritu)” (CATIC 1547).

  1. Sacerdocio ministerial:
Otra realidad muy distinta es la que se origina gracias al sacramento del Orden: “En el servicio eclesial del ministro ordenado es Cristo mismo quien está presente a su Iglesia como Cabeza de su cuerpo, Pastor de su rebaño, sumo sacerdote del sacrificio redentor, Maestro de la Verdad” (CATIC 1548).
Sin embargo, “esta presencia de Cristo en el ministro no debe ser entendida como si éste estuviese exento de todas las flaquezas humanas, del afán de poder, de errores, es decir del pecado. No todos los actos del ministro son garantizados de la misma manera por la fuerza del Espíritu Santo. Mientras que en los sacramentos esta garantía es dada de modo que ni siquiera el pecado del ministro puede impedir el fruto de la gracia, existen muchos otros actos en que la condición humana del ministro deja huellas que no son siempre el signo de la fidelidad al Evangelio y que pueden dañar por consiguiente a la fecundidad apostólica de la Iglesia” (CATIC 1550).
Como decía San Agustín, los sacerdotes no sólo están llamados a ser santos por sí mismos sino además, para conducir al pueblo de Dios al Cielo[1]

  1. Un solo Cuerpo:
Cada uno a su modo está llamado a contribuir con el Reino de Dios y con la salvación de los demás. Por esto, “todo el cuerpo, caput et membra, ora y se ofrece” (CATIC 1553). Justamente éste es el centro del mensaje espiritual de Fátima: oración y sacrificio por la salvación de los hombres y para reparar el Corazón de Dios.
Cristo nos salvó desde la cruz, con su sufrimiento y con su oración de perdón… ambos movidos por su infinito amor. De modo semejante, nosotros también debemos realizar esa obra de amor a Dios y a los demás en la oración y en el ofrecimiento de los propios sufrimientos, sufrimientos que muchas veces vienen sin esperarlos, sufrimientos que muchas veces están unidos a la misión que debemos realizar…
No podemos dejar pasar que cada misa nos recuerda la importancia de ambas cosas: con el diálogo de las Lecturas y nuestra oración, con el ofrecer el mismo sacrificio de la cruz, la santa misa nos enseña constantemente a orar y ofrecer nuestra vida a Dios en favor  de nosotros y del mundo entero.”

Conclusión:
Le pedimos a nuestra Madre celestial nos ayude a ser fieles al Señor en la misión a la que cada uno es llamado.


[1] “Soy obispo para vosotros, soy cristiano con vosotros. La condición de obispo connota una obligación, la de cristiano un don; la primera comporta un peligro, la segunda una salvación” (Sermón 340,1).

Homilía Domingo IV de Pascua, Ciclo A


El Buen Pastor que siempre nos bendice


Introducción:
¡Sus ovejas conocen su voz!
Este domingo celebramos a nuestro Buen Pastor. También reflexionamos en nosotros como ovejas suyas. Si tenemos un corazón dócil de oveja, Dios siempre será nuestro Buen Pastor, sean cuales sean las circunstancias.

  1. El Buen Pastor:
Rezando el salmo 22, el creyente aprende lo que significa dejarnos guiar por Dios. Esta hermosa oración nos enseña cómo Dios nos pastorea y cómo quiere que nosotros seamos sus ovejas.
Dios no nos hace faltar nada de lo necesario, nos conduce y protege, nos corrige, conforta y alimenta… Nosotros debemos confiar en Él, ser dóciles a su cayado de pastor.
También aprendemos que, aunque Él nos guíe no podremos evitar todas las “oscuras quebradas.” Aunque no las queremos, debemos pasar por ellas, porque el Pastor nos acompaña. Él es realmente el Buen Pastor que siempre nos bendice.

  1. Una palabra importante:
Bendecir es una acción divina que da la vida y cuya fuente es el Padre. Su bendición es a la vez palabra y don” (CATIC 1078), de tal modo que cuando Dios bien dice, Dios bien hace.
Bendecirnos es así, uno de los aspectos del pastoreo divino. “Desde el comienzo y hasta la consumación de los tiempos, toda la obra de Dios es bendición” (1079), sobre todo “en su Verbo, encarnado, muerto y resucitado por nosotros, nos colma de sus bendiciones y por Él derrama en nuestros corazones el Don que contiene todos los dones: el Espíritu Santo” (CATIC 1082).

  1. Recibir y dar:
La bendición de Dios es un don, pero, de algún modo, también una tarea. Cada uno de nosotros estamos llamados a ser bendición para los demás, ser un don para los demás procurando su bien verdadero…
San Pedro en la primera lectura (Hch 2,37-38) menciona el bautismo como primer forma de recibir la bendición de Dios, el primer gran regalo espiritual que es ser hijos suyos. En la segunda lectura (1Pd 2,20b) habla de hacer el bien, incluso en medio del sufrimiento. Recibir el amor de Dios y transmitirlo a los demás son dos aspectos de la vida cristiano que no se pueden separar.

Conclusión:
Le pedimos a la Virgen nos conduzca al Sagrado Corazón de Nuestro Buen Pastor Resucitado.