Homilía Domingo V de Pascua, Ciclo A


Un Cuerpo con diversos miembros


Introducción:
No es justo que descuidemos el ministerio de la Palabra de Dios para ocuparnos de servir las mesas” dijeron los Apóstoles en una ocasión.
Es cierto que cada uno tiene su misión de parte de Dios. Es cierto que hay oficios que son tan necesarios que nunca podrán descuidarse, sin gran perjuicio para las almas…

  1. Sacerdocio común:
San Pedro dice a todos los bautizados que “al acercarse a Él (a Cristo), la piedra viva, rechazada por los hombres pero elegida y preciosa a los ojos de Dios, también ustedes, a manera de piedras vivas, son edificados como una casa espiritual, para ejercer un sacerdocio santo y ofrecer sacrificios espirituales, agradables a Dios por Jesucristo” (1Pd 2,4-5).
En efecto, como nos enseña el Catecismo, “los fieles ejercen su sacerdocio bautismal a través de su participación, cada uno según su vocación propia, en la misión de Cristo, Sacerdote, Profeta y Rey. Por los sacramentos del Bautismo y de la Confirmación los fieles son “consagrados para ser…un sacerdocio santo” (LG 10)” (CATIC 1546). Dicho sacerdocio, llamado “sacerdocio común de los fieles” se realiza “en el desarrollo de la gracia bautismal (vida de fe, de esperanza y de caridad, vida según el Espíritu)” (CATIC 1547).

  1. Sacerdocio ministerial:
Otra realidad muy distinta es la que se origina gracias al sacramento del Orden: “En el servicio eclesial del ministro ordenado es Cristo mismo quien está presente a su Iglesia como Cabeza de su cuerpo, Pastor de su rebaño, sumo sacerdote del sacrificio redentor, Maestro de la Verdad” (CATIC 1548).
Sin embargo, “esta presencia de Cristo en el ministro no debe ser entendida como si éste estuviese exento de todas las flaquezas humanas, del afán de poder, de errores, es decir del pecado. No todos los actos del ministro son garantizados de la misma manera por la fuerza del Espíritu Santo. Mientras que en los sacramentos esta garantía es dada de modo que ni siquiera el pecado del ministro puede impedir el fruto de la gracia, existen muchos otros actos en que la condición humana del ministro deja huellas que no son siempre el signo de la fidelidad al Evangelio y que pueden dañar por consiguiente a la fecundidad apostólica de la Iglesia” (CATIC 1550).
Como decía San Agustín, los sacerdotes no sólo están llamados a ser santos por sí mismos sino además, para conducir al pueblo de Dios al Cielo[1]

  1. Un solo Cuerpo:
Cada uno a su modo está llamado a contribuir con el Reino de Dios y con la salvación de los demás. Por esto, “todo el cuerpo, caput et membra, ora y se ofrece” (CATIC 1553). Justamente éste es el centro del mensaje espiritual de Fátima: oración y sacrificio por la salvación de los hombres y para reparar el Corazón de Dios.
Cristo nos salvó desde la cruz, con su sufrimiento y con su oración de perdón… ambos movidos por su infinito amor. De modo semejante, nosotros también debemos realizar esa obra de amor a Dios y a los demás en la oración y en el ofrecimiento de los propios sufrimientos, sufrimientos que muchas veces vienen sin esperarlos, sufrimientos que muchas veces están unidos a la misión que debemos realizar…
No podemos dejar pasar que cada misa nos recuerda la importancia de ambas cosas: con el diálogo de las Lecturas y nuestra oración, con el ofrecer el mismo sacrificio de la cruz, la santa misa nos enseña constantemente a orar y ofrecer nuestra vida a Dios en favor  de nosotros y del mundo entero.”

Conclusión:
Le pedimos a nuestra Madre celestial nos ayude a ser fieles al Señor en la misión a la que cada uno es llamado.


[1] “Soy obispo para vosotros, soy cristiano con vosotros. La condición de obispo connota una obligación, la de cristiano un don; la primera comporta un peligro, la segunda una salvación” (Sermón 340,1).