Homilía Ascensión del Señor


Misión y Promesa


Introducción:
¿Se puede celebrar con alegría la partida del Señor? ¿Si Él se fue al Cielo, podemos estar alegres o, por el contrario, deberíamos tener tristeza de que nos haya abandonado?

  1. Se despidió:
A los cuarenta días de su Resurrección, Nuestro Divino Salvador volvió junto al Padre. Sin embargo, injusto sería decir que nos abandonó.
Después de dejarles unas últimas recomendaciones, “lo vieron levantarse, hasta que una nube se lo quitó de la vista” (Hch 1,9). Jesús subió al lugar que le corresponde, a la derecha del Padre, por encima de todos los Ángeles, por ser Dios, por ser Cabeza de la Iglesia, por humillarse hasta la muerte de cruz.
También subió al lugar donde nos espera: Me voy a prepararles un lugar (Cf. Jn 14,3). Por esto, en una de las misas del tiempo pascual rezábamos: “Dios todopoderoso y eterno, condúcenos hacia los gozos celestiales, para que tu rebaño, a pesar de su debilidad, llegue a la gloria que le alcanzó la fortaleza de Jesucristo, su Pastor.”
Jesús se fue pero no nos abandonó. Antes de subir al Cielo nos dijo que se quedaría con nosotros: “Yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo” (Mt 28,20).

  1. Nos dio una misión:
Él se ha quedado en la Eucaristía. Él está en todos los Sagrarios del mundo y, desde allí sostiene a sus servidores. Está a nuestro lado, recibe como hecho a Él la caridad hecha al pobre, está en nuestro corazón en gracia. Por eso, ha podido mandarnos algo que supera nuestras fuerzas: la misión.
Él lo expresó claramente: “Yo he recibido todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado” (Mt 28,18-20a).
Sacramentos y predicación serán siempre las armas para conquistar las almas. Hoy, incluso, de un muy especial, hace falta que los fieles conozcan mejor su fe, se esfuercen por estudiar el catecismo, conozcan y amen “todo lo que yo les he mandado.
Todos estamos llamados a llevar las almas a Dios, cada uno según sus circunstancias… pero todos tenemos esta misión desde el bautismo. Sin embargo, la misión supera nuestra capacidad…

  1. Nos hizo una promesa:
Así mismo nos prometió una ayuda celestial: “En una ocasión, mientras estaba comiendo con ellos, les recomendó que no se alejaran de Jerusalén y esperaran la promesa del Padre: «La promesa, les dijo, que Yo les he anunciado. Porque Juan bautizó con agua, pero ustedes serán bautizados en el Espíritu Santo, dentro de pocos días»” (Hch 1,4-5).
Ese Espíritu Divino es el que, no sólo mantiene la misión de la Iglesia, sino incluso, mantiene nuestra propia vida espiritual. Él nos fortalece y sostiene, Él nos conduce y auxilia. En medio de todas las tormentas, Él no deja de hablar al corazón fiel. En medio de tantas confusiones, Él no deja de enseñarnos la verdad que salva.

Conclusión:
Le pedimos a la Virgen nos ayude a recibir siempre el Don del Espíritu Santo y ser fieles a la misión encomendada.