Homilía Domingo VI de Pascua, Ciclo A


El otro Paráclito


Introducción:
La Iglesia, aunque formada por hombres y, por lo tanto, llena de imperfecciones, está sostenida por el poder de Dios.

  1. La promesa:
Nuestro Señor Jesús, durante la Última Cena, prometió enviarnos el Espíritu Santo. Dios sabe que sin su ayuda no podemos llevar a cabo su obra. Por eso, siempre estará socorriéndonos.
El mismo Señor nos dejó, como signo de esa presencia, la gran virtud de la caridad: “Si ustedes me aman, cumplirán mis mandamientos. Y Yo rogaré al Padre, y Él les dará otro Paráclito para que esté siempre con ustedes” (Jn 14,15-16). Caridad, mandamientos y acción del Espíritu Santo estarán siempre relacionados.

  1. El Espíritu Santo actúa en la Iglesia:
Por esto, en toda la historia, no sólo en Pentecostés, la Iglesia necesitó la fuerza de lo Alto: “Cuando los Apóstoles que estaban en Jerusalén oyeron que los samaritanos habían recibido la Palabra de Dios, les enviaron a Pedro y a Juan. Estos, al llegar, oraron por ellos para que recibieran el Espíritu Santo… Entonces les impusieron las manos y recibieron el Espíritu Santo” (Hch 8,14-15.17).
Aunque no sea de modo maravilloso, el mismo Espíritu Divino sigue haciendo su obra: “En la liturgia se realiza la más estrecha cooperación entre el Espíritu Santo y la Iglesia. El Espíritu Santo prepara a la Iglesia para el encuentro con su Señor, recuerda y manifiesta a Cristo a la fe de la asamblea de creyentes, hace presente y actualiza el Misterio de Cristo, une la Iglesia a la vida y misión de Cristo y hace fructificar en ella el don de la comunión” (CATIC Compendio 223).

  1. El Espíritu Santo actúa en nosotros:
De ahí la importancia de meditar en la acción que el Espíritu Santo quiere hacer en mi vida personal, en la de cada uno de nosotros… Jesús nos enseña que el Espíritu Santo siempre está, siempre nos acompaña y guía, en la medida en que nos dejamos conducir. Nos dice que es el Espíritu de la Verdad, por lo que quiere enseñarnos, iluminarnos, hacernos conocer el misterio de Dios…
Un gran Santo como San Agustín, al darse cuenta de esto escribió una bella oración, de la cual podemos ir entresacando lo que el Espíritu Divino puede hacer en nosotros:
Respira en mi
Oh Espíritu Santo
Para que mis pensamientos
Puedan ser todos santos.
Actúa en mí
Oh Espíritu Santo
Para que mi trabajo, también
Pueda ser santo.
Atrae mi corazón
Oh Espíritu Santo
Para que sólo ame
Lo que es santo.
Fortaléceme
Oh Espíritu Santo
Para que defienda
Todo lo que es Santo.
Guárdame pues
Oh Espíritu Santo
Para que yo siempre
Pueda ser santo
.

Conclusión:
Le pedimos a la Virgen nos ayude en el camino de la santidad, siendo dóciles al Santo Espíritu de Dios.