Homilía Domingo XXII Ciclo A

 

Seguir al Señor

 

Introducción:

Con la fe en el Hijo único de Dios hecho hombre, somos verdaderos cristianos. Esta fe incluye un fiel y comprometido seguimiento del Señor. Por lo tanto, la vida de fe implica que Jesús sea el centro de nuestra existencia, a quien sigamos con libertad llevando nuestra cruz.

 

  1. Centralidad:

Ya que somos cristianos porque nos hemos encontrado con el Señor (Cf. DCE 1), “Cristo es el centro de toda vida cristiana. El vínculo con Él ocupa el primer lugar entre todos los demás vínculos, familiares o sociales” (CATIC 1618).

Esto mismo constituye la experiencia del salmista que se trasluce en su oración: “mi alma tiene sed de Ti, por Ti suspira mi carne como tierra sedienta, reseca y sin agua.

En una sociedad alejada de Dios, que pareciera cada vez más no necesitar de Él, debemos pedirle al Señor la gracia de estar totalmente orientados hacia Él, que lo busquemos verdaderamente, con ansias y fidelidad.

Nos podríamos preguntar: ¿Es Cristo el centro de la sociedad actual? Pero debemos hacernos una pregunta más importante: ¿es Cristo el centro de mi vida?

 

  1. Libertad:

Para que esto sea realidad, Dios no deja de buscarnos y llamarnos con su gracia. Sin embargo, es responsabilidad nuestra responder. Así, el gran profeta Jeremías lo expresaba diciendo: “Tú me has seducido, Señor, y yo me dejé seducir” (Jer 20,7). Dios nos seduce, nos invita por diversos modos a entrar en intimidad con Él; nosotros somos libres para responder.

Por tanto, debemos meditar en nuestra libertad… ¿cómo la usamos? ¿Somos realmente libres para seguir al Señor o somos esclavos de nosotros mismos, de nuestros miedos, caprichos, desórdenes? ¿Qué le mezquinamos a Él?

 

  1. Negación y seguimiento:

Todos podemos seguir al Señor con nuestra libre aceptación del llamado divino. Seguirlo implica, negarse a uno mismo y cargar la cruz. Negarse significa poder decir que no a todas las inclinaciones al pecado que tenemos en nuestro propio corazón. El mismo Jesús nos enseñó con claridad que “del corazón salen las malas intenciones, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los robos, los falsos testimonios, las difamaciones” (Mt 15,19). Es necesario morir a todo eso, luchar contra el pecado, corregir la dirección de nuestra vida.

A esto se une el cargar la cruz, que no es simplemente sufrir, sino sufrir como Cristo, quien, aceptando la cruz, la abrazó, la besó, la cargó sobre sus hombros y murió en ella para nuestra salvación. El sufrimiento aceptado y ofrecido colabora con la redención del mundo.

San Pablo lo dice claramente: “yo los exhorto por la misericordia de Dios a ofrecerse ustedes mismos como una víctima viva, santa y agradable a Dios: este es el culto espiritual que deben ofrecer. No tomen como modelo a este mundo. Por el contrario, transfórmense interiormente renovando su mentalidad, a fin de que puedan discernir cuál es la voluntad de Dios: lo que es bueno, lo que le agrada, lo perfecto” (Rm 12,1-2).

Conclusión:

Le suplicamos a la Virgen, Madre Nuestra, nos conceda la decisión de seguir al Señor de cerca.

Homilía Domingo XXI Ciclo A

 

Nuestra fe

 Introducción:

El Evangelio no sólo nutre nuestro corazón con el ejemplo de la vida de nuestro Señor, que es, sin duda, lo más importante, sino que además, nos ofrece diversos modelos de seguimiento de Cristo, al narrarnos la vida de sus primeros discípulos y amigos. En este caso nos presente el ejemplo del primer Papa.

 

  1. Lo central de la fe:

Mientras Jesús iba predicando por diversos lugares, se detuvo en la región de Cesarea de Filipo. Allí, en medio de un diálogo con los suyos, como habrá ocurrido a menudo, se nos ofrece un gran modelo para crecer en nuestra fe.

En primer lugar, es necesaria una gran cercanía con el Señor. La gente, en su respuesta sobre Cristo, veía algo de la grandeza del Señor pero no llegaba a adentrarse en el misterio: el Bautista, Jeremías, algún profeta. Es uno de sus íntimos, el que acierta: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16,16).

Esta cercanía, que es espiritual, se vive en la asiduidad de escuchar y leer la Palabra de Dios con un corazón atento, en acercarnos a los sacramentos con devoción y bien preparados, en el esfuerzo continuo en crecer en la oración, en las obras de misericordia para con el prójimo por Dios… De este modo permanecemos cercanos al Señor.

En ese contexto podemos escuchar su pregunta, la más importante y central: ¿Quién soy para ti? “El Mesías, el Hijo de Dios vivo”. Respuesta que no es sólo verbal sino operante. Porque si creemos que Él es Dios, tendrá el primer lugar, no sólo hoy, sino siempre, indiscutiblemente. La pregunta siempre sigue siendo importante: ¿Creo sinceramente que Jesús es Dios?

Esta es la fe, que no viene de la carne y la sangre, sino del Padre celestial, capaz de hacernos felices, incluso cuando nos visita la noche del dolor, porque nos permite experimentar la cercanía de Dios que tanto nos ama y nos cuida.

 

  1. La perenne misión de Pedro:

El Santo Apóstol Pedro, además de enseñarnos con su ejemplo, nos enseña con su doctrina, ya que por su fe, recibió una misión especial. En la figura que nos presenta Isaías, podemos ver algo del misterio petrino. El profeta anuncia a uno que será padre para el pueblo de Dios (Cf. Is 22,21) y que participará de tal modo en el poder de Dios que “lo que él abra, nadie lo cerrará; lo que él cierre, nadie lo abrirá” (Is 22,22).

Por esto, para comprender rectamente lo que la Palabra de Dios quiere decir en la Biblia, hemos de leerla a la luz de la enseñanza del Magisterio de la Iglesia: “La interpretación auténtica del depósito de la fe corresponde sólo al Magisterio vivo de la Iglesia, es decir, al Sucesor de Pedro, el Obispo de Roma, y a los obispos en comunión con él. Al Magisterio, el cual, en el servicio de la Palabra de Dios, goza del carisma cierto de la verdad, compete también definir los dogmas, que son formulaciones de las verdades contenidas en la divina Revelación; dicha autoridad se extiende también a las verdades necesariamente relacionadas con la Revelación” (CATIC Compendio 16).

En este sentido, “Escritura, Tradición y Magisterio están tan estrechamente unidos entre sí, que ninguno de ellos existe sin los otros. Juntos, bajo la acción del Espíritu Santo, contribuyen eficazmente, cada uno a su modo, a la salvación de los hombres” (CATIC Compendio 17).

 

  1. Nuestra fe:

La divina Palabra, con la figura del Santo Apóstol Pedro, nos enseña a imitarlo en su actitud de fe y en escuchar su voz que sigue resonando en el Papa, su sucesor, cuando, como Pastor de toda la Iglesia que es, nos enseña la fe y la moral cristianas, la verdad del Evangelio que no cambia.

Pero además, nuestra vida de fe, si quiere ir creciendo, “acoge la Revelación divina, la comprende cada vez mejor y la aplica a la vida” (CATIC Compendio 15). Decirle que sí, como San Pedro, a Jesús, esforzarse por conocer las realidades que esta fe nos muestra y llevarla a las obras, es el camino de nuestra madurez como creyentes.

 

Conclusión:

Nos encomendamos a la Virgen Santísima para que con una vida de profundo encuentro con el Señor, nuestra existencia se vaya transformando y testimoniando que somos verdaderos creyentes del Dios único.

Homilía Domingo XX Ciclo A

 

La influencia de la fe

 

Introducción:

La fe es una luz capaz de iluminar toda la existencia humana. De ahí que sea tan importante esta virtud. Su influencia, entonces, es tan grande que llega a toda nuestra realidad, tanto en el plano individual como comunitario, más aún, está llamada a transmitirse a todos, incluso los más alejados.

 

  1. Una respuesta individual:

La mujer cananea del Evangelio, nos enseña con su ejemplo que, la fe, ante todo, es una respuesta propia, individual. El don de Dios es para cada uno, aunque en ciertas ocasiones pareciera que quiere pasar de largo. Cuando esto sucede, la verdadera fe nos impulsa a superar las dificultades y responder al Señor como Él espera de nosotros.

Esta hermosa virtud nos ayuda a insistir, a confiar y superar las aparentes negativas, a gritarle al Señor para ser atendidos. La fe siembra en el corazón la certeza de ser escuchados y, por eso, la insistencia y la perseverancia en recurrir al Señor, aunque parezca no oírnos o que sus tiempos no son los nuestros.

Al apoyarse en la bondad de Dios, al convencerse de su amor infinito, la fe nos hace superar los vaivenes de la vida, las oscilaciones de nuestros propósitos, las sacudidas de las tentaciones para afirmarnos en el seguimiento de Jesús. Sólo una fe robusta y madurada en la oración, los sacramentos y las buenas obras podrá vencer al mundo (Cf. 1 Jn 5,4).

 

  1. En la Iglesia:

La fe, como hemos visto, es “un acto personal en cuanto es respuesta libre del hombre a Dios que se revela. Pero, al mismo tiempo, es un acto eclesial, que se manifiesta en la expresión «creemos», porque, efectivamente, es la Iglesia quien cree, de tal modo que Ella, con la gracia del Espíritu Santo, precede, engendra y alimenta la fe de cada uno: por esto la Iglesia es Madre y Maestra. «Nadie puede tener a Dios por Padre si no tiene a la Iglesia por Madre» (San Cipriano)” (CATIC Compendio 30).

De ahí que en el crecimiento de nuestra propia fe sea muy importante la fe de la Iglesia. Para vivirla, para acrecentarla y para conocerla. Como no se pueda vivir lo que no se ama y no se pueda amar lo que no se conoce, es importantísimo conocer nuestra fe: “Las fórmulas de la fe son importantes porque nos permiten expresar, asimilar, celebrar y compartir con los demás las verdades de la fe, utilizando un lenguaje común” (CATIC Compendio 31).

“La Iglesia, aunque formada por personas diversas por razón de lengua, cultura y ritos, profesa con voz unánime la única fe, recibida de un solo Señor y transmitida por la única Tradición Apostólica. Profesa un solo Dios –Padre, Hijo y Espíritu Santo– e indica un solo camino de salvación. Por tanto, creemos, con un solo corazón y una sola alma, todo aquello que se contiene en la Palabra de Dios escrita o transmitida y es propuesto por la Iglesia para ser creído como divinamente revelado” (CATIC Compendio 32). Más aún en estos tiempos en que muchas realidades, tanto naturales como sobrenaturales, están puestas en duda, necesitamos recurrir constantemente, con un corazón humilde, a las enseñanzas de la Iglesia de siempre y dejarnos iluminar por su luz.

De este modo, el cristiano, aunque viva en un mundo muy confundido, puede estar seguro de encontrar la verdad que nos hace libres y que nos salva en la Palabra de Dios y en las enseñanzas del Catecismo de la Iglesia.

 

  1. Para el mundo entero:

Finalmente, esta fe individual y, a la vez, comunitaria, como don del único Salvador, es también universal. Por esto, nos impulsa, por su propia naturaleza a transmitirla a los demás, sobre todo a los que están más alejados de Dios. Nuestra fe, es así, misionera.

Ya el profeta Isaías lo veía: “a los hijos de una tierra extranjera… Yo los conduciré hasta mi santa Montaña” (Is 56,6-7). “Porque Dios sometió a todos a la desobediencia, para tener misericordia de todos” (Rm 11,32).

Como Dios quiere que todos los hombres se salven, la fe que pone en nuestro corazón nos impulsa a iluminar a los demás. Si somos pocos los que nos acercamos a Dios, misión nuestra es que otros, muchos otros, puedan ser iluminados, por la luz del Señor a través de nosotros.

Con nuestra oración incesante, con el ejemplo humilde de nuestra vida de fe, con nuestra alegría fruto de la confianza en Dios, con nuestros sacrificios ofrecidos en lo escondido al Padre que nos ve (Cf. Mt 6,18), con nuestra perseverancia hasta el final… somos una pequeña, pero potente, luz en este mundo a oscuras

 

Conclusión:

Le pedimos a la Virgen que nos de la valentía de darle al Señor el lugar que se merece en nuestra vida con una respuesta que, al menos, tienda a estar a la altura del don de Dios.

Homilía en la Solemnidad de la Asunción de María

 

Asunción de María

 

Introducción:

En la Pascua decimos, llenos de alegría: “Aleluya, Cristo ha resucitado.”

Nos alegramos por Él. También por nosotros. Ya que, si estamos unidos a Él, su victoria es nuestra victoria.

 

  1. La victoria de Cristo:

San Pablo decía: “¡Demos gracias a Dios, que nos ha dado la victoria por nuestro Señor Jesucristo!” (1 Cor 15,57). Nuestro Señor ha vencido a la muerte y al pecado. Ha vencido las tentaciones, ha resucitado, ha salido del sepulcro.

Desde el Cielo, no sólo nos espera, sino que también nos ayuda a luchar y a vencer. Es importante que meditemos en la obra que Él quiere hacer en nosotros y en el modo cómo, en medio de las luchas de este mundo, nosotros podemos comunicarnos con el Cielo para recibir la fuerza de lo Alto.

 

  1. Gloria de María:

“"La Virgen Inmaculada, preservada inmune de toda mancha de pecado original, terminado el curso de su vida en la tierra, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria del cielo y enaltecida por Dios como Reina del universo, para ser conformada más plenamente a su Hijo, Señor de los señores y vencedor del pecado y de la muerte" (LG 59; cf. Pío XII, Const. apo. Munificentissimus Deus, 1 noviembre 1950: DS 3903).

La Asunción de la Santísima Virgen constituye una participación singular en la Resurrección de su Hijo y una anticipación de la resurrección de los demás cristianos” (CATIC 966). En Ella, vemos un anticipo de nuestra propia resurrección. Nos ayuda a no olvidar, por un lado, que nuestra vida no se acaba sino que se transforma. Por otro, que nuestra alma no vaga de un lado a otro, de un cuerpo a otro, sino que después de una vida sola aquí en la tierra, deberá comparecer ante el tribunal de Dios.

También nos enseña cómo debemos prepararnos para que, después de ese tribunal, podamos evitar el infierno y llegar al Cielo. El camino es la voluntad de Dios: “Felices más bien los que escuchan la Palabra de Dios y la practican” (Lc 11,28). Estar en diálogo con Dios, escucharlo y obedecerlo será el camino seguro para nuestra salvación.

 

  1. Unidos al Cielo:

En este gran desafío de cumplir la voluntad de Dios, necesitamos la fuerza de lo Alto. Gracia a la Liturgia, sobre todo en la misa, nos unimos al Cielo: “Toda la asamblea se une entonces a la alabanza incesante que la Iglesia celestial, los ángeles y todos los santos, cantan al Dios tres veces santo” (CATIC 1352).

La santa misa es el acto de adoración más importante que tributamos a Dios y el que más nos santifica a nosotros, por lo cual “es la cumbre hacia la que tiende la acción de la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente de la que emana su fuerza vital. A través de la liturgia, Cristo continúa en su Iglesia, con ella y por medio de ella, la obra de nuestra redención” (CATIC Compendio 219).

Para poder caminar con paso firme en la tierra, necesitamos continuamente acercarnos a esta ventana abierta al Cielo, que es la santa misa.

 

Conclusión:

Le pedimos a Nuestra Madre nos ayude a caminar, con paso firma, hacia donde Ella misma nos espera junto a Dios.

Homilía Domingo XIX Tiempo Ordinario Ciclo A

 

La fe que escucha, confía y obra

 

Introducción:

“Creer en Dios significa para el hombre adherirse a Dios mismo, confiando plenamente en Él y dando pleno asentimiento a todas las verdades por Él reveladas, porque Dios es la Verdad” (CATIC Compendio 27).

 

  1. Escuchar:

En primer lugar, “voy a escuchar lo que dice el Señor” (Sal 84/85,9), exclaman, con el salmista, todos los que creen.

“Vino un huracán tan violento que descuajaba los montes y hacía trizas las peñas delante del Señor; pero el Señor no estaba en el viento. Después del viento, vino un terremoto; pero el Señor no estaba en el terremoto. Después del terremoto, vino un fuego; pero el Señor no estaba en el fuego.

Después del fuego, se oyó una brisa tenue; al sentirla, Elías se tapó el rostro con el manto, salió afuera y se puso en pie a la entrada de la cueva” (1Rey 19,11-13).

La fe es una escucha suave, una escucha silenciosa. Porque Dios nos habla, muchas veces, sin manifestaciones extraordinarias. Nos habla mediante la Sagrada Escritura, mediante la Iglesia, nos habla en la oración, en las circunstancias de nuestra vida.

Tenemos que aprender, siempre, a escuchar a Dios, incluso cuando nos dice algo que nos cuesta, cuando nos enseña algo contrario a lo que pensamos nosotros o los demás, a lo que está de moda.

Actualmente, en el mundo se escuchan muchas voces contrarias a lo que enseña Dios. La fe nos hace posible aceptar esa luz que viene de lo Alto, para que no equivoquemos el camino. No podemos permitir que lastimen nuestra fe, porque “cuando su llama se apaga, todas las otras luces acaban languideciendo. Y es que la característica propia de la luz de la fe es la capacidad de iluminar toda la existencia del hombre” (PAPA FRANCISCO, LF 4)

 

  1. Confiar:

Gracias a la fe, podemos escuchar a Dios con confianza. Tanto San Pedro como Elías, al conocer la bondad de Dios, confiaban en Él. El antiguo profeta, al escuchar que debía salir de la cueva, se preparó para salir apenas llegara el mensaje de Dios. El apóstol, se animó a caminar sobre las aguas porque Cristo se lo mandó.

Ambos, con su ejemplo, nos muestran esta característica de la fe: la confianza. Al saber que Dios es infinitamente bueno, admirablemente sabio y todopoderoso, confiamos en que sus palabras siempre son buenas, verdaderas y posibles para nosotros.

De este modo, nos confiamos en Él incluso cuando no entendemos, no vemos, no sentimos, ya que creemos que Él no puede engañarnos.

 

  1. Obrar:

Finalmente, el que cree verdaderamente, vive lo que cree, lo que escucha confiado en Dios. Toda la existencia humana queda transformada por la voz divina. El primer Papa escuchó a Jesús y se adentró en el mar. Tuvo fe y obedeció. Pero también nos enseña que no es fácil, que podemos experimentar nuestra debilidad y necesitar suplicarle al Señor que nos ayude.

San Pedro, al ver la fuerza de las olas, comenzó a hundirse. También a nosotros nos sucede que, por la fuerza de las dificultades, la violencia del mal, nuestra fe se hunde. Ahí entonces tendremos que volver nuestra mirada al Señor Jesús, reafirmar nuestra fe rezando y pidiendo su auxilio.

Aunque nos cueste vivir la fe, no podemos hundirnos, sino que, con la ayuda divina, volviendo a confiar en Él y escuchar su voz, debemos volver a la seguridad de la barca.

 

Conclusión:

Le pedimos a la Virgen fiel, interceda para que al confiar en Dios podamos escuchar siempre su voz amante, aunque nos cueste poder vivirla.

Homilía Domingo XVIII Tiempo Ordinario Ciclo A

Conocer y amar a Cristo

 Introducción:

“¿Quién podrá apartarnos del amor de Cristo?” Esa es la pregunta de un cristiano verdadero. Pensemos que, San Pablo, quien la escribió, antes fue un perseguidor de Cristo, hasta que se encontró real y profundamente con Él. Desde aquel momento, su vida cambió.

“¿Quién podrá apartarnos del amor de Cristo?” nos queremos preguntar, hoy, nosotros. Para eso hay que amar entrañablemente al Señor, para lo cual hay que conocerlo.

 

  1. Los misterios de la vida de Cristo

El Evangelio nos narra diversos aspectos de la vida de nuestro Señor. De allí que para conocerlo, sea tan importante el trato íntimo con Dios mediante la lectura y meditación de su Palabra. El fragmento de San Mateo que meditamos este domingo, nos describe diversas actitudes de Jesús. Ante la muerte del Bautista toma la decisión de alejarse de allí; buscó estar tranquilo; al ver la multitud se compadeció de ella; hizo el milagro de curar a varios enfermos; finalmente realizó la multiplicación del pan y los pescados.

A través de sus gestos, sus milagros y sus palabras, se ha revelado que “en Él reside toda la plenitud de la Divinidad corporalmente” (Col 2, 9). Su humanidad aparece así como el “sacramento”, es decir, el signo y el instrumento de su Divinidad y de la salvación que trae consigo: lo que había de visible en su vida terrena conduce al misterio invisible de su filiación divina y de su misión redentora” (CATIC 515).

 

  1. Conocer a Cristo:

Al leer profundamente el Evangelio, con un espíritu de fe, vemos en cada gesto del Señor, sea grande o pequeño, la inmensidad del amor divino: ““Todo lo que Jesús hizo y enseñó desde el principio hasta el día en que… fue llevado al cielo” (Hch 1, 1-2) hay que verlo a la luz de los misterios de Navidad y de Pascua” (CATIC 512). Hay que verlo como signos de su Divinidad y de su misión de salvación.

En cada gesto, cada hecho y dicho del Señor, vemos a Dios, que nos salva. Justamente esto significa el nombre de Jesús (“Yahveh es salvación”). Al conocer a Jesús, conocemos al Padre y su voluntad de hacernos eternamente felices. En este sentido, cabe recordar entre otros, a uno de los grandes apóstoles del Santo Rosario, Santo Domingo de Guzmán, quien se dedicó a hacer conocer la vida de Cristo mediante esta bella e importantísima oración. Conocer a Cristo es conocer todo lo que Dios quiso revelarnos. También San Ignacio de Loyola nos alienta, en sus Ejercicios Espirituales, a tener una íntima experiencia del Señor, un encuentro tan profundo en la fe que nada nos pueda apartar de Él.

 

  1. Amar a Cristo:

De ahí la pregunta de San Pablo: “¿Quién podrá apartarnos del amor de Cristo?” (Rm 8,35). Si conocemos profundamente al Señor, podremos amarlo intensamente. Ese es el amor que Dios quiere darnos: con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas (Cf. Mc 12,29-30), “amar a Dios sobre todas las cosas y a las criaturas por Él y a causa de Él” (CATIC 2093). Un amor que sea capaz de vencer todo obstáculo, toda dificultad, que pueda permanecer fiel, no gastarse, por el contrario crecer, no guardarse, por el contrario contagiar.

San Pablo continúa la pregunta enumerando algunas dificultades que podrían apartarnos del amor del Señor. Sin embargo, él con su vida, muestra que este grito es verdadero: “en todo esto obtenemos una amplia victoria, gracias a Aquel que nos amó” (Rm 8,37).

 

Conclusión:

Le pedimos a la Virgen la gracia de esforzarnos por conocer de tal modo a Jesús que cambie nuestra vida para siempre.