Seguir al Señor
Introducción:
Con la fe en el Hijo único de Dios hecho hombre, somos verdaderos cristianos. Esta fe incluye un fiel y comprometido seguimiento del Señor. Por lo tanto, la vida de fe implica que Jesús sea el centro de nuestra existencia, a quien sigamos con libertad llevando nuestra cruz.
- Centralidad:
Ya que somos cristianos porque nos hemos encontrado con el Señor (Cf. DCE 1), “Cristo es el centro de toda vida cristiana. El vínculo con Él ocupa el primer lugar entre todos los demás vínculos, familiares o sociales” (CATIC 1618).
Esto mismo constituye la experiencia del salmista que se trasluce en su oración: “mi alma tiene sed de Ti, por Ti suspira mi carne como tierra sedienta, reseca y sin agua.”
En una sociedad alejada de Dios, que pareciera cada vez más no necesitar de Él, debemos pedirle al Señor la gracia de estar totalmente orientados hacia Él, que lo busquemos verdaderamente, con ansias y fidelidad.
Nos podríamos preguntar: ¿Es Cristo el
centro de la sociedad actual? Pero debemos hacernos una pregunta más importante:
¿es Cristo el centro de mi vida?
- Libertad:
Para que esto sea realidad, Dios no deja de buscarnos y llamarnos con su gracia. Sin embargo, es responsabilidad nuestra responder. Así, el gran profeta Jeremías lo expresaba diciendo: “Tú me has seducido, Señor, y yo me dejé seducir” (Jer 20,7). Dios nos seduce, nos invita por diversos modos a entrar en intimidad con Él; nosotros somos libres para responder.
Por tanto, debemos meditar en nuestra libertad… ¿cómo la usamos? ¿Somos realmente libres para seguir al Señor o somos esclavos de nosotros mismos, de nuestros miedos, caprichos, desórdenes? ¿Qué le mezquinamos a Él?
- Negación y seguimiento:
Todos podemos seguir al Señor con nuestra libre aceptación del llamado divino. Seguirlo implica, negarse a uno mismo y cargar la cruz. Negarse significa poder decir que no a todas las inclinaciones al pecado que tenemos en nuestro propio corazón. El mismo Jesús nos enseñó con claridad que “del corazón salen las malas intenciones, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los robos, los falsos testimonios, las difamaciones” (Mt 15,19). Es necesario morir a todo eso, luchar contra el pecado, corregir la dirección de nuestra vida.
A esto se une el cargar la cruz, que no es simplemente sufrir, sino sufrir como Cristo, quien, aceptando la cruz, la abrazó, la besó, la cargó sobre sus hombros y murió en ella para nuestra salvación. El sufrimiento aceptado y ofrecido colabora con la redención del mundo.
San Pablo lo dice claramente: “yo los exhorto por la misericordia de Dios a
ofrecerse ustedes mismos como una víctima viva, santa y agradable a Dios: este
es el culto espiritual que deben ofrecer. No tomen como modelo a este mundo.
Por el contrario, transfórmense interiormente renovando su mentalidad, a fin de
que puedan discernir cuál es la voluntad de Dios: lo que es bueno, lo que le
agrada, lo perfecto” (Rm 12,1-2).
Conclusión:
Le suplicamos a la Virgen, Madre Nuestra, nos conceda la decisión de seguir al Señor de cerca.