Nuestra fe
El Evangelio no sólo nutre nuestro corazón con el ejemplo de la vida de nuestro Señor, que es, sin duda, lo más importante, sino que además, nos ofrece diversos modelos de seguimiento de Cristo, al narrarnos la vida de sus primeros discípulos y amigos. En este caso nos presente el ejemplo del primer Papa.
- Lo central de la fe:
Mientras Jesús iba predicando por diversos lugares, se detuvo en la región de Cesarea de Filipo. Allí, en medio de un diálogo con los suyos, como habrá ocurrido a menudo, se nos ofrece un gran modelo para crecer en nuestra fe.
En primer lugar, es necesaria una gran cercanía con el Señor. La gente, en su respuesta sobre Cristo, veía algo de la grandeza del Señor pero no llegaba a adentrarse en el misterio: el Bautista, Jeremías, algún profeta. Es uno de sus íntimos, el que acierta: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16,16).
Esta cercanía, que es espiritual, se vive en la asiduidad de escuchar y leer la Palabra de Dios con un corazón atento, en acercarnos a los sacramentos con devoción y bien preparados, en el esfuerzo continuo en crecer en la oración, en las obras de misericordia para con el prójimo por Dios… De este modo permanecemos cercanos al Señor.
En ese contexto podemos escuchar su
pregunta, la más importante y central: ¿Quién
soy para ti? “El Mesías, el Hijo de Dios vivo”. Respuesta que no es sólo
verbal sino operante. Porque si creemos que Él es Dios, tendrá el primer lugar,
no sólo hoy, sino siempre, indiscutiblemente. La pregunta siempre sigue siendo
importante: ¿Creo sinceramente que Jesús
es Dios?
Esta es la fe, que no viene de la carne y la sangre, sino del Padre celestial, capaz de hacernos felices, incluso cuando nos visita la noche del dolor, porque nos permite experimentar la cercanía de Dios que tanto nos ama y nos cuida.
- La perenne misión de Pedro:
El Santo Apóstol Pedro, además de enseñarnos con su ejemplo, nos enseña con su doctrina, ya que por su fe, recibió una misión especial. En la figura que nos presenta Isaías, podemos ver algo del misterio petrino. El profeta anuncia a uno que será padre para el pueblo de Dios (Cf. Is 22,21) y que participará de tal modo en el poder de Dios que “lo que él abra, nadie lo cerrará; lo que él cierre, nadie lo abrirá” (Is 22,22).
Por esto, para comprender rectamente lo que la Palabra de Dios quiere decir en la Biblia, hemos de leerla a la luz de la enseñanza del Magisterio de la Iglesia: “La interpretación auténtica del depósito de la fe corresponde sólo al Magisterio vivo de la Iglesia, es decir, al Sucesor de Pedro, el Obispo de Roma, y a los obispos en comunión con él. Al Magisterio, el cual, en el servicio de la Palabra de Dios, goza del carisma cierto de la verdad, compete también definir los dogmas, que son formulaciones de las verdades contenidas en la divina Revelación; dicha autoridad se extiende también a las verdades necesariamente relacionadas con la Revelación” (CATIC Compendio 16).
En este sentido, “Escritura, Tradición y Magisterio están tan estrechamente unidos entre sí, que ninguno de ellos existe sin los otros. Juntos, bajo la acción del Espíritu Santo, contribuyen eficazmente, cada uno a su modo, a la salvación de los hombres” (CATIC Compendio 17).
- Nuestra fe:
La divina Palabra, con la figura del Santo Apóstol Pedro, nos enseña a imitarlo en su actitud de fe y en escuchar su voz que sigue resonando en el Papa, su sucesor, cuando, como Pastor de toda la Iglesia que es, nos enseña la fe y la moral cristianas, la verdad del Evangelio que no cambia.
Pero además, nuestra vida de fe, si quiere ir creciendo, “acoge la Revelación divina, la comprende cada vez mejor y la aplica a la vida” (CATIC Compendio 15). Decirle que sí, como San Pedro, a Jesús, esforzarse por conocer las realidades que esta fe nos muestra y llevarla a las obras, es el camino de nuestra madurez como creyentes.
Conclusión:
Nos encomendamos a la Virgen Santísima para que con una vida de profundo encuentro con el Señor, nuestra existencia se vaya transformando y testimoniando que somos verdaderos creyentes del Dios único.