Asunción de María
Introducción:
En la Pascua decimos, llenos de alegría: “Aleluya, Cristo ha resucitado.”
Nos alegramos por Él. También por nosotros. Ya que, si estamos unidos a Él, su victoria es nuestra victoria.
- La victoria de Cristo:
San Pablo decía: “¡Demos gracias a Dios, que nos ha dado la victoria por nuestro Señor Jesucristo!” (1 Cor 15,57). Nuestro Señor ha vencido a la muerte y al pecado. Ha vencido las tentaciones, ha resucitado, ha salido del sepulcro.
Desde el Cielo, no sólo nos espera, sino que también nos ayuda a luchar y a vencer. Es importante que meditemos en la obra que Él quiere hacer en nosotros y en el modo cómo, en medio de las luchas de este mundo, nosotros podemos comunicarnos con el Cielo para recibir la fuerza de lo Alto.
- Gloria de María:
“"La Virgen Inmaculada, preservada inmune de toda mancha de pecado original, terminado el curso de su vida en la tierra, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria del cielo y enaltecida por Dios como Reina del universo, para ser conformada más plenamente a su Hijo, Señor de los señores y vencedor del pecado y de la muerte" (LG 59; cf. Pío XII, Const. apo. Munificentissimus Deus, 1 noviembre 1950: DS 3903).
La Asunción de la Santísima Virgen constituye una participación singular en la Resurrección de su Hijo y una anticipación de la resurrección de los demás cristianos” (CATIC 966). En Ella, vemos un anticipo de nuestra propia resurrección. Nos ayuda a no olvidar, por un lado, que nuestra vida no se acaba sino que se transforma. Por otro, que nuestra alma no vaga de un lado a otro, de un cuerpo a otro, sino que después de una vida sola aquí en la tierra, deberá comparecer ante el tribunal de Dios.
También nos enseña cómo debemos prepararnos para que, después de ese tribunal, podamos evitar el infierno y llegar al Cielo. El camino es la voluntad de Dios: “Felices más bien los que escuchan la Palabra de Dios y la practican” (Lc 11,28). Estar en diálogo con Dios, escucharlo y obedecerlo será el camino seguro para nuestra salvación.
- Unidos al Cielo:
En este gran desafío de cumplir la voluntad de Dios, necesitamos la fuerza de lo Alto. Gracia a la Liturgia, sobre todo en la misa, nos unimos al Cielo: “Toda la asamblea se une entonces a la alabanza incesante que la Iglesia celestial, los ángeles y todos los santos, cantan al Dios tres veces santo” (CATIC 1352).
La santa misa es el acto de adoración más importante que tributamos a Dios y el que más nos santifica a nosotros, por lo cual “es la cumbre hacia la que tiende la acción de la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente de la que emana su fuerza vital. A través de la liturgia, Cristo continúa en su Iglesia, con ella y por medio de ella, la obra de nuestra redención” (CATIC Compendio 219).
Para poder caminar con paso firme en la tierra, necesitamos continuamente acercarnos a esta ventana abierta al Cielo, que es la santa misa.
Conclusión:
Le pedimos a Nuestra Madre nos ayude a caminar,
con paso firma, hacia donde Ella misma nos espera junto a Dios.