La influencia de la fe
Introducción:
La fe es una luz capaz de iluminar toda la existencia humana. De ahí que sea tan importante esta virtud. Su influencia, entonces, es tan grande que llega a toda nuestra realidad, tanto en el plano individual como comunitario, más aún, está llamada a transmitirse a todos, incluso los más alejados.
- Una respuesta individual:
La mujer cananea del Evangelio, nos enseña con su ejemplo que, la fe, ante todo, es una respuesta propia, individual. El don de Dios es para cada uno, aunque en ciertas ocasiones pareciera que quiere pasar de largo. Cuando esto sucede, la verdadera fe nos impulsa a superar las dificultades y responder al Señor como Él espera de nosotros.
Esta hermosa virtud nos ayuda a insistir, a confiar y superar las aparentes negativas, a gritarle al Señor para ser atendidos. La fe siembra en el corazón la certeza de ser escuchados y, por eso, la insistencia y la perseverancia en recurrir al Señor, aunque parezca no oírnos o que sus tiempos no son los nuestros.
Al apoyarse en la bondad de Dios, al convencerse de su amor infinito, la fe nos hace superar los vaivenes de la vida, las oscilaciones de nuestros propósitos, las sacudidas de las tentaciones para afirmarnos en el seguimiento de Jesús. Sólo una fe robusta y madurada en la oración, los sacramentos y las buenas obras podrá vencer al mundo (Cf. 1 Jn 5,4).
- En la Iglesia:
La fe, como hemos visto, es “un acto personal en cuanto es respuesta libre del hombre a Dios que se revela. Pero, al mismo tiempo, es un acto eclesial, que se manifiesta en la expresión «creemos», porque, efectivamente, es la Iglesia quien cree, de tal modo que Ella, con la gracia del Espíritu Santo, precede, engendra y alimenta la fe de cada uno: por esto la Iglesia es Madre y Maestra. «Nadie puede tener a Dios por Padre si no tiene a la Iglesia por Madre» (San Cipriano)” (CATIC Compendio 30).
De ahí que en el crecimiento de nuestra propia fe sea muy importante la fe de la Iglesia. Para vivirla, para acrecentarla y para conocerla. Como no se pueda vivir lo que no se ama y no se pueda amar lo que no se conoce, es importantísimo conocer nuestra fe: “Las fórmulas de la fe son importantes porque nos permiten expresar, asimilar, celebrar y compartir con los demás las verdades de la fe, utilizando un lenguaje común” (CATIC Compendio 31).
“La Iglesia, aunque formada por personas diversas por razón de lengua, cultura y ritos, profesa con voz unánime la única fe, recibida de un solo Señor y transmitida por la única Tradición Apostólica. Profesa un solo Dios –Padre, Hijo y Espíritu Santo– e indica un solo camino de salvación. Por tanto, creemos, con un solo corazón y una sola alma, todo aquello que se contiene en la Palabra de Dios escrita o transmitida y es propuesto por la Iglesia para ser creído como divinamente revelado” (CATIC Compendio 32). Más aún en estos tiempos en que muchas realidades, tanto naturales como sobrenaturales, están puestas en duda, necesitamos recurrir constantemente, con un corazón humilde, a las enseñanzas de la Iglesia de siempre y dejarnos iluminar por su luz.
De
este modo, el cristiano, aunque viva en un mundo muy confundido, puede estar
seguro de encontrar la verdad que nos hace libres y que nos salva en la Palabra
de Dios y en las enseñanzas del Catecismo de la Iglesia.
- Para el mundo entero:
Finalmente, esta fe individual y, a la vez, comunitaria, como don del único Salvador, es también universal. Por esto, nos impulsa, por su propia naturaleza a transmitirla a los demás, sobre todo a los que están más alejados de Dios. Nuestra fe, es así, misionera.
Ya el profeta Isaías lo veía: “a los hijos de una tierra
extranjera… Yo los conduciré hasta mi santa Montaña”
(Is 56,6-7). “Porque Dios sometió a todos a la desobediencia, para tener
misericordia de todos” (Rm 11,32).
Como Dios quiere que todos los hombres se salven, la fe que pone en nuestro corazón nos impulsa a iluminar a los demás. Si somos pocos los que nos acercamos a Dios, misión nuestra es que otros, muchos otros, puedan ser iluminados, por la luz del Señor a través de nosotros.
Con nuestra oración incesante, con el ejemplo humilde de nuestra vida de fe, con nuestra alegría fruto de la confianza en Dios, con nuestros sacrificios ofrecidos en lo escondido al Padre que nos ve (Cf. Mt 6,18), con nuestra perseverancia hasta el final… somos una pequeña, pero potente, luz en este mundo a oscuras
Conclusión:
Le pedimos a la Virgen que nos de la valentía de darle al Señor el lugar que se merece en nuestra vida con una respuesta que, al menos, tienda a estar a la altura del don de Dios.