Homilía Domingo XVIII Tiempo Ordinario Ciclo A

Conocer y amar a Cristo

 Introducción:

“¿Quién podrá apartarnos del amor de Cristo?” Esa es la pregunta de un cristiano verdadero. Pensemos que, San Pablo, quien la escribió, antes fue un perseguidor de Cristo, hasta que se encontró real y profundamente con Él. Desde aquel momento, su vida cambió.

“¿Quién podrá apartarnos del amor de Cristo?” nos queremos preguntar, hoy, nosotros. Para eso hay que amar entrañablemente al Señor, para lo cual hay que conocerlo.

 

  1. Los misterios de la vida de Cristo

El Evangelio nos narra diversos aspectos de la vida de nuestro Señor. De allí que para conocerlo, sea tan importante el trato íntimo con Dios mediante la lectura y meditación de su Palabra. El fragmento de San Mateo que meditamos este domingo, nos describe diversas actitudes de Jesús. Ante la muerte del Bautista toma la decisión de alejarse de allí; buscó estar tranquilo; al ver la multitud se compadeció de ella; hizo el milagro de curar a varios enfermos; finalmente realizó la multiplicación del pan y los pescados.

A través de sus gestos, sus milagros y sus palabras, se ha revelado que “en Él reside toda la plenitud de la Divinidad corporalmente” (Col 2, 9). Su humanidad aparece así como el “sacramento”, es decir, el signo y el instrumento de su Divinidad y de la salvación que trae consigo: lo que había de visible en su vida terrena conduce al misterio invisible de su filiación divina y de su misión redentora” (CATIC 515).

 

  1. Conocer a Cristo:

Al leer profundamente el Evangelio, con un espíritu de fe, vemos en cada gesto del Señor, sea grande o pequeño, la inmensidad del amor divino: ““Todo lo que Jesús hizo y enseñó desde el principio hasta el día en que… fue llevado al cielo” (Hch 1, 1-2) hay que verlo a la luz de los misterios de Navidad y de Pascua” (CATIC 512). Hay que verlo como signos de su Divinidad y de su misión de salvación.

En cada gesto, cada hecho y dicho del Señor, vemos a Dios, que nos salva. Justamente esto significa el nombre de Jesús (“Yahveh es salvación”). Al conocer a Jesús, conocemos al Padre y su voluntad de hacernos eternamente felices. En este sentido, cabe recordar entre otros, a uno de los grandes apóstoles del Santo Rosario, Santo Domingo de Guzmán, quien se dedicó a hacer conocer la vida de Cristo mediante esta bella e importantísima oración. Conocer a Cristo es conocer todo lo que Dios quiso revelarnos. También San Ignacio de Loyola nos alienta, en sus Ejercicios Espirituales, a tener una íntima experiencia del Señor, un encuentro tan profundo en la fe que nada nos pueda apartar de Él.

 

  1. Amar a Cristo:

De ahí la pregunta de San Pablo: “¿Quién podrá apartarnos del amor de Cristo?” (Rm 8,35). Si conocemos profundamente al Señor, podremos amarlo intensamente. Ese es el amor que Dios quiere darnos: con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas (Cf. Mc 12,29-30), “amar a Dios sobre todas las cosas y a las criaturas por Él y a causa de Él” (CATIC 2093). Un amor que sea capaz de vencer todo obstáculo, toda dificultad, que pueda permanecer fiel, no gastarse, por el contrario crecer, no guardarse, por el contrario contagiar.

San Pablo continúa la pregunta enumerando algunas dificultades que podrían apartarnos del amor del Señor. Sin embargo, él con su vida, muestra que este grito es verdadero: “en todo esto obtenemos una amplia victoria, gracias a Aquel que nos amó” (Rm 8,37).

 

Conclusión:

Le pedimos a la Virgen la gracia de esforzarnos por conocer de tal modo a Jesús que cambie nuestra vida para siempre.