Intentando un regreso

 Después de mucho tiempo queremos volver a publicar algunas reflexiones sobre lo más importante en nuestra vida, que es Dios. 

 En este blog ofrecemos diversos temas de interés para nuestra vida interior, por ejemplo:

Un Taller Bíblico, que ofrece algunos artículos sobre la Sagrada Escritura y cómo leerla con fruto para  nuestra vida.

Una sección con Lectio Divina, que contiene esquemas de oración con la Biblia.

Catequesis Permanente, con temas de catequesis para adultos, para poder profundizar en nuestra vida de fe.

Una catequesis para niños en forma de cuento.

Etc.

Además, junto a este blog, tenemos otro nuevo con esquemas de oración con las lecturas de la misa del domingo: https://oraciondominical.blogspot.com/

Dios los bendiga a todos.

P. Leandro 


 

 

Homilía Domingo XXVIII Ciclo A

 

Apóstoles Católicos

 

Introducción:

Según del Código de Derecho Canónico, la ley suprema de la Iglesia debe ser siempre la salvación de las almas (Cf. CIC 1752). De hecho, como dice la Sagrada Escritura, Dios quiere que todos los hombres se salven (Cf. 1Tim 2,4). Ésta es la gran misión de la Iglesia y de cada bautizado.

 

  1. El deseo de Dios:

Ya lo decía el Antiguo Testamento, por ejemplo el profeta Isaías: “El Señor de los ejércitos ofrecerá a todos los pueblos sobre esta montaña un banquete de manjares suculentos” (Is 25,6). El mismo Señor Jesús, en su parábola dice: “Salgan a los cruces de los caminos e inviten a todos los que encuentren” (Mt 22,9).

Dios es el Buen Pastor que siempre nos acompaña con su bondad y misericordia, que no nos hace faltar nada de lo necesario para la salvación, que está a nuestro lado tanto en los días soleados como durante las negras tormentas…

Sin embargo, no siempre respetamos este deseo divino, no siempre el hombre lo acoge y deja fructificar: Algunos se excusan, otros maltratan a los que anuncian el llamado de Dios, otros, finalmente, aunque se acercan, no se preparan convenientemente (Cf. Mt 22, 1-14).

 

  1. Iglesia Católica:

Este deseo de Dios se refleja en la realidad de la Iglesia. Más aún, le ha dado su nombre: Católica significa “universal.”

Es Católica porque, como enseña el Catecismo, está enviada a todos los pueblos, buscando la salvación del mayor número de almas posible. También es Católica porque “anuncia la totalidad y la integridad de la fe; lleva en sí y administra la plenitud de los medios de salvación.” En definitiva, es universal puesto que Cristo está presente en Ella, actúa y salva por medio de Ella (Cf. CATIC Compendio 166).

Que esté enviada a todos no significa que le dé lo mismo una cosa que otra, puesto que, siguiendo la parábola evangélica, todos están llamados a un único banquete y tendrán que presentarse bien preparados y no de cualquier modo.

Por ser Católica, la Iglesia busca la salvación de todos… Anunciando la totalidad de la fe y la exigencia de la caridad, ofrece a todos los medios de salvación.

 

  1. La misión evangelizadora:

En esta misma línea, cada bautizado, según sus circunstancias, comparte la misión de acercar a Dios a los demás, de hacer “algo” por la salvación de sus hermanos. Así, el buen cristiano, no se conforma con su vida cristiana. Reza y suplica para que Dios toque el corazón de los más alejados; testimonia con su vida y sus obras el Evangelio de Jesucristo; une sus sufrimientos a los del Señor, por la conversión y salvación de los pecadores…

De este modo, todos podemos (y debemos) participar en ese gran deseo de Dios de que “todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1Tim 2,3-4).

 

Conclusión:

Le pedimos a la Virgen nos ayude a ser fieles a nuestro bautismo, no sólo acercándonos nosotros a Dios cada vez más, sino también procurando que otros se acerquen a Él y se salven.

Homilía Domingo XXVII Ciclo A

 

Consejos espirituales

Introducción:

En la segunda lectura de este domingo, el Apóstol San Pablo (Cf. Flp 4,6-9) nos habla directamente al corazón, como un sabio padre espiritual. En realidad -como sucede en toda la Biblia-, es el mismo Dios quien nos habla. En este caso, dándonos una serie de importantísimos consejos de vida cristiana.

Se nos habla de evitar la angustia, de practicar la oración, de vivir en paz, de buscar el bien, de ser coherentes y de vivir en la presencia de Dios. Consejos que nos sirven a todos, siempre, para crecer en nuestra relación con Cristo Jesús.

 

La alegría del corazón:

En primer lugar, como adivinando las muchas angustias que nos aquejan, la divina palabra nos dice: “No se angustien por nada”. Aunque humanamente podamos pensar que tenemos sobrados motivos para angustiarnos, San Pablo es firme: “No se angustien por nada”. En este sentido, conviene recordar algunos de los motivos que tenemos para no dejarnos vencer por la tristeza, el desaliento y la angustia.

En primer lugar, la Divina Providencia. Dios tiene un plan de salvación. Dios quiere nuestra eterna felicidad. En dicho plan, aunque nosotros lo desconocemos, todo tiene su lugar, su sentido, su importancia. San Pablo, en otro lugar, decía: “Todo sucede para el bien de los aman a Dios” (Rm 8,28).

Además, en toda circunstancia podemos recurrir al Señor, Él siempre está presente y su presencia nos alienta, nos ilumina, nos sostiene, nos guía: “Yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo” (Mt 28,20).

Finalmente, el mismo Señor ha prometido que aquellos que buscan primero su Reino encontrarán todo lo necesario para la vida. De allí que inútilmente se angustia el creyente:Busquen primero el Reino y su justicia, y todo lo demás se les dará por añadidura” (Mt 6,33).

 

Recurran a la oración:

 En segundo lugar, se nos recuerda la importancia capital que tiene la oración: “Y en cualquier circunstancia, recurran a la oración y a la súplica, acompañadas de acción de gracias, para presentar sus peticiones a Dios.”

Dios quiere que compartamos con él nuestra vida mediante la oración. En ella, conocemos a Dios y su voluntad, aprendemos a vivir según Dios, crecemos en la virtud. En cuanto a la acción de gracias, un de los Santos Padres enseñaba que dar gracias por lo adverso es signo de un alma generosa (Cf. San Juan Crisóstomo).

 

La paz verdadera:

En tercer lugar se nos habla de la paz: “La paz de Dios, que supera todo lo que podemos pensar, tomará bajo su cuidado los corazones y los pensamientos de ustedes en Cristo Jesús.”

A diferencia de la falsa paz de este mundo, la paz de Dios es hija de la gracia y de la caridad. Es un don divino que reciben aquellos que viven unidos a Dios, aquellos que tienen su corazón en las manos divinas. Dicha gracia nos sobrepasa, nos transforma, nos eleva. Más aún,  nos ilumina y nos impulsa. Nos ilumina la mente con la fe y nos impulsa mediante la caridad. De este modo, aprendemos a pensar como Dios y a amar como Él.


Buscar el bien:

En cuarto término, se nos invita a reflexionar y practicar toda obra buena: “Todo lo que es verdadero y noble, todo lo que es justo y puro, todo lo que es amable y digno de honra, todo lo que haya de virtuoso y merecedor de alabanza, debe ser el objeto de sus pensamientos.”

Siempre será importante recordar la necesidad de la meditación. Esa meditación que nos lleva a ponernos en la presencia de Dios y pensar en sus cosas, en sus enseñanzas, en todo aquello que necesitamos para ser buenos cristianos. Es necesario meditar cada día, por ejemplo, en el amor de Dios, en las virtudes, en los sacramentos, en los mandamientos… También debemos meditar en nuestra vida cotidiana a la luz de Dios: ¿Qué quiere Dios de mi trabaja, de mi familia, de mi descanso? ¿Cómo puedo evangelizar el deporte, la política, el ambiente donde me muevo habitualmente?

Esta meditación continua nos ayudará a conseguir la unidad de Dios, es decir, a vivir todo de cara a Dios, tanto lo más sagrado como lo trivial, cotidiano, rutinario de nuestra existencia.

 

Coherencia de vida:

Luego, “pongan en práctica lo que han aprendido y recibido, lo que han oído y visto en mí.”

Es importante, primero, conocer y vivir según las Escrituras. Tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento tenemos abundante alimento para nuestro crecimiento espiritual.

En segundo lugar, para nuestra coherencia de fe, nos es de gran utilidad conocer la vida de los Santos. El mismo San Pablo se pone como ejemplo. Son ellos los que nos alientan, los que nos animan, los que nos han marcado el camino que nosotros, a nuestro modo, debemos recorrer.

 

La presencia de Dios:

Finalmente, lo más importante: “Y el Dios de la paz estará con ustedes.”

La presencia de Dios en el alma es lo que nos transforma profunda y verdaderamente. Por la gracia, Dios habita de un modo especial en el corazón creyente. Esta presencia es la fuente de toda vida cristiana.

Dios, presente en nuestro corazón, es el que nos da alegría, luz, fortaleza… Esa presencia es, en definitiva, un preludio de la Vida Eterna. En el Cielo, estaremos con Dios sin la oscuridad de la fe.

A nuestra Madre le pedimos esta gracia.

Homilía Domingo XXVI Ciclo A

 

Un llamado para todos

 

Introducción:

Nuestra vida cristiana, en todo su desarrollo, tiene algunas características constantes. Siempre, el cristiano, por ejemplo, deberá renovar en su interior, el deseo profundo y eficaz de conversión.

 

  1. La conversión, obra de Dios:

Dios quiere que el malvado se aparte del mal que ha cometido, para practicar el derecho y la justicia, de tal modo que así preserve su vida (Cf. Eze 18,27). Versículos más arriba, decía Dios por medio del mismo profeta: “¿Acaso deseo Yo la muerte del pecador –oráculo del Señor– y no que se convierta de su mala conducta y viva?” (Eze 18,23).

Dios quiere siempre nuestra vida y salvación. Por esto, quiere nuestra continua conversión, como el primero de los hijos del Evangelio que, aunque le dice que no, rechazando la voluntad paterna, luego se arrepiente y actúa conforme a las palabras de su Padre. Esta actitud de conversión no se agota sólo en cuanto a las obras exteriores, sino que “es el movimiento del "corazón contrito" (Sal 51,19), atraído y movido por la gracia (cf Jn 6,44; 12,32) a responder al amor misericordioso de Dios que nos ha amado primero (cf 1 Jn 4,10)” (CATIC 1428).

Conversión es metanoia, es decir, un cambio de mente, un cambio interior, cuando el corazón humano ya no quiere darle la espalda al Señor y se encamina hacia Él.

 

  1. Primera conversión:

Jesús, desde el comienzo de su misión, dirige esta llamada apremiante, que es parte esencial de su anuncio: “"El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva" (Mc 1,15). En la predicación de la Iglesia, esta llamada se dirige primeramente a los que no conocen todavía a Cristo y su Evangelio” (CATIC 1427).

Los más alejados, los que no creen en Dios o viven como si Dios no existiera, son los primeros destinatarios de este mensaje. La llamada a la fe es, a su vez, una invitación a convertir corazón y vida al Señor.

 

  1. Conversión continua:

Pero también nosotros, los discípulos del Señor, necesitamos escuchar constantemente este llamado. La conversión es, según la Iglesia, una “tarea ininterrumpida” (CATIC 1428). Siempre necesitamos revisar nuestra vida, examinar nuestras intenciones, para rectificar el camino.

De ahí que con el salmista, cada uno de nosotros puede hacer propia su oración: “Muéstrame, Señor, tus caminos, enséñame tus senderos. Guíame por el camino de tu fidelidad” (Sal 24/25,4-5).

La continua conversión, también es necesaria porque nuestro fin es tremendamente elevado. Dios quiere que lo imitemos, lo cual se realiza cuando imitamos a Jesús, como lo desea el Apóstol: “Tengan los mismos sentimientos de Cristo Jesús” (Fil 2,5).

Así nos damos cuenta que este camino de conversión no sólo es algo permanente, sino que además, es una propuesta fascinante.

 

Conclusión:

Le pedimos a la Virgen nos ayude en este proceso de la vida cristiana para que, también nosotros podamos ayudar a los que están más lejos de Dios a acercarse a Él.

Homilía Domingo XXV Ciclo A

 

Jornaleros del Reino en el mundo

 

Introducción:

Todos los bautizados somos hijos de Dios, hermanos de Cristo, templos del Espíritu Santo. Pero también, todos los bautizados somos “jornaleros”, todos, cada uno según su vocación, somos servidores del Reino. A cada uno de nosotros el Señor nos llama a colaborar en su obra de amor y salvación.

 

  1. Llama a todos:

Con el bautismo y la confirmación, todos los cristianos estamos llamados a colaborar en el Reino de Dios, a trabajar en la viña de Nuestro Señor Jesucristo. Todos tenemos, en la Iglesia, no sólo un lugar importante, sino también una misión particular que realizar.

En la medida en que la hacemos por Dios y en nombre de la Iglesia, nuestra Madre, nos hacemos sus ojos, manos o pies, para que ella actúe en el mundo. En este sentido, no sólo los sacerdotes y consagrados colaboran con la obra del Señor, sino también los laicos, tienen un cometido específico.

 

  1. La misión de los laicos:

En este sentido, bien nos podemos preguntar cuál es la obra que Dios quiere para los cristianos laicos. Así, nos lo enseña el Catecismo: “Los fieles laicos tienen como vocación propia la de buscar el Reino de Dios, iluminando y ordenando las realidades temporales según Dios. Responden así a la llamada a la santidad y al apostolado, que se dirige a todos los bautizados” (CATIC Compendio 188).

Dicho de forma sencilla, Dios quiere llegar, con su sabiduría salvadora y con su amor que todo lo transforma, a todos los rincones de la sociedad. Quiere llegar a las escuelas, a los hospitales, a los estudios jurídicos, universidades, al ámbito de la política, el arte, el deporte… Para ello cuenta con los católicos que allí desarrollan sus vidas. ¡Ésta es la misión del laico! Como la levadura que, en medio de la masa, la transforma y hace elevar.

Para esto, el fiel laico, necesita una profunda vida de fe, en la cual, oración y acción se conjuguen armoniosamente para que, lo que recibe de Dios mediante sus momentos de oración, lo transmita a los demás con su acción y testimonio.

 

  1. El triple oficio:

En esta misión, el laico tiene una especial participación en el triple oficio (munus) de Cristo Salvador. A su modo, cada cristiano, colabora con la obra de Cristo, Sacerdote, Profeta y Rey.

“Los laicos participan en la misión sacerdotal de Cristo cuando ofrecen como sacrificio espiritual «agradable a Dios por mediación de Jesucristo» (1 P 2, 5), sobre todo en la Eucaristía, la propia vida con todas las obras, oraciones e iniciativas apostólicas, la vida familiar y el trabajo diario, las molestias de la vida sobrellevadas con paciencia, así como los descansos físicos y consuelos espirituales. De esta manera, también los laicos, dedicados a Cristo y consagrados por el Espíritu Santo, ofrecen a Dios el mundo mismo” (CATIC Compendio 189).

“Los laicos participan en la misión profética de Cristo cuando acogen cada vez mejor en la fe la Palabra de Cristo y la anuncian al mundo con el testimonio de la vida y de la palabra, mediante la evangelización y la catequesis. Este apostolado «adquiere una eficacia particular porque se realiza en las condiciones generales de nuestro mundo» (Lumen Gentium 35)” (CATIC Compendio 190).

“Los laicos participan en la misión regia de Cristo porque reciben de Él el poder de vencer el pecado en sí mismos y en el mundo, por medio de la abnegación y la santidad de la propia vida. Los laicos ejercen diversos ministerios al servicio de la comunidad, e impregnan de valores morales las actividades temporales del hombre y las instituciones de la sociedad” (CATIC Compendio 191).

 

Conclusión:

Pidamos a la Virgen Inmaculada, colaboradora de la Palabra encarnada, nos dé a cada uno de nosotros, la fortaleza y el entusiasmo para trabajar en la viña de nuestro amado Padre Dios, según la misión propia que el Señor ha pensado para cada uno de nosotros.

Homilía Domingo XXIV Ciclo A

 

Perdonar y ser perdonados

 

Introducción:

La misericordia vence en el juicio (Cf. Sant. 2,13). Es un llamado más a que procuremos hacer el bien, sobre todo, practicando la misericordia a imitación de Nuestro Señor.

 

  1. El perdón del Señor:

Ante todo, dirigimos nuestra mirada a Dios y vemos su Corazón misericordioso, que sabe perdonar: “El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia” (Responsorio del salmo); “Él perdona todas tus culpas y cura todas tus dolencias; rescata tu vida del sepulcro, te corona de amor y de ternura” (Sal 102/103,3-4).

Dios es como ese Rey que, con justicia, quiere arreglar las deudas con sus servidores. Pero que escucha los ruegos, atiende el corazón arrepentido y perdona. Tan grande es su amor misericordioso que, a su vez, quiere que su perdón engendre perdón.

Así, innumerables Santos -entre ellos los mártires-, han sido capaces de perdonar muchísimo mal hecho contra ellos. Recordemos al cardenal Van Thuan, obispo vietnamita, prisionero de los comunistas durante muchos años. Con su entrega, convertía a sus propios carceleros. Incluso uno, arriesgándose, le dejó tener una cruz de madera escondida. Recordemos a la mártir Santa María Goretti muriendo con el perdón en sus labios. Pensemos en el acto de perdón realizado por San Juan Pablo II a su propio agresor.

 

  1. Perdón y venganza:

Dios perdona, Dios quiere nuestro perdón: “Perdona, dice el Eclesiástico, el agravio a tu prójimo” (Eclo 28,2), “acuérdate de los mandamientos, y no guardes rencor a tu prójimo; piensa en la Alianza del Altísimo y pasa por alto la ofensa” (Eclo 28,7).

Finalmente, como sabia maestra espiritual, la Escritura nos da un atinado consejo: “Evita los altercados y pecarás mucho menos” (Eclo 28,8).

También nos recuerda: “El hombre vengativo sufrirá la venganza del Señor, que llevará cuenta exacta de todos sus pecados” (Eclo 28,1).  Y como anticipando la parábola del Evangelio, nos enseña: “Si un hombre mantiene su enojo contra otro, ¿cómo pretende que el Señor lo sane? No tiene piedad de un hombre semejante a él ¡y se atreve a implorar por sus pecados!” (Eclo 28,3-4).

 

  1. Un camino posible para todos: El perdón hecho oración:

Queda claro entonces que, para recibir el perdón de Dios, nosotros mismos debemos perdonar a nuestros hermanos:

Al pedir a Dios Padre que nos perdone, nos reconocemos ante Él pecadores; pero confesamos, al mismo tiempo, su misericordia, porque, en su Hijo y mediante los sacramentos, «obtenemos la redención, la remisión de nuestros pecados» (Col 1, 14). Ahora bien, nuestra petición será atendida a condición de que nosotros, antes, hayamos, por nuestra parte, perdonado” (CATIC Compendio 594).

La misericordia penetra en nuestros corazones solamente si también nosotros sabemos perdonar, incluso a nuestros enemigos. Aunque para el hombre parece imposible cumplir con esta exigencia, el corazón que se entrega al Espíritu Santo puede, a ejemplo de Cristo, amar hasta el extremo de la caridad, cambiar la herida en compasión, transformar la ofensa en intercesión. El perdón participa de la misericordia divina y es una cumbre de la oración cristiana” (CATIC Compendio 595).

En este camino de la misericordia que perdona, en el cual, pueden suceder acontecimientos muy difíciles, sin embargo, siempre se podrá recurrir a la oración. Esta es una herramienta siempre a mano. Quizás no siempre sean posible otros gestos de perdón más expresivos, pero siempre podrá estar la oración. No sólo la meditación del amor de Dios para que nos ayude a perdonar, sino también la intercesión por aquellos que nos han hecho sufrir; ésta oración ya es una forma de perdón: “Amen a sus enemigos, rueguen por sus perseguidores” dice Nuestro Señor (Mt 5,44).

 

Conclusión:

Suplicamos a Nuestra Madre del Cielo nos ayude a tener los mismos sentimientos que tiene el Sagrado Corazón de su Hijo.

Homilía Domingo XXIII Ciclo A

 

Misericordia y verdad

 

Introducción:

En la vida de un verdadero cristiano, van creciendo todas las virtudes juntas, porque se relacionan, porque la obra de Dios en nuestro corazón es ordenada. Por esto, en un auténtico cristiano, se unen características que, para un no creyente, pueden parecer difícilmente reconciliables. El seguidor de Cristo es justo y misericordioso, exigente y paciente, prudente y fuerte, magnánimo y humilde… también une en su vida el amor y la verdad.

 

  1. Lo más grande es el amor:

Las obras de misericordia son acciones caritativas mediante las cuales ayudamos a nuestro prójimo en sus necesidades corporales y espirituales (cf. Is 58,6-7; Hb 13,3). Instruir, aconsejar, consolar, confortar, son obras de misericordia espiritual, como perdonar y sufrir con paciencia. Las obras de misericordia corporal consisten especialmente en dar de comer al hambriento, dar techo a quien no lo tiene, vestir al desnudo, visitar a los enfermos y a los presos, enterrar a los muertos (cf Mt 25,31-46). Entre estas obras, la limosna hecha a los pobres (cf Tb 4, 5-11; Si 17,22) es uno de los principales testimonios de la caridad fraterna; es también una práctica de justicia que agrada a Dios (cf Mt 6,2-4)” (CATIC 2447).

En algunas ocasiones, la misericordia se ejercita diciendo la verdad aunque no sea tan agradable escucharla…

 

  1. La corrección fraterna:

Es el caso de la corrección del hermano. Dentro de las diversas obras de misericordia, “la corrección es un bien y un servicio que se hace al prójimo. Pero aquí también hay reglas del juego, y hemos de tenerlas muy en cuenta para practicar cristianamente estos consejos de nuestro Señor. Veamos algunas de ellas.

La primera es que, antes de corregir…, debemos estar muy atentos nosotros para no faltar o equivocarnos en aquello mismo que corregimos a los demás; y, por tanto, el que corrige -ya se trate de un maestro, de un educador y, con mayor razón, de un padre o madre de familia- debe hacerlo primero con el propio testimonio de vida y ejemplo de virtud y después también podrá hacerlo con la palabra y el consejo. Nunca mejor que en estas circunstancias hemos de tener presente el sabio proverbio popular de que "las palabras mueven, pero el ejemplo arrastra". Las personas –sobre todo los niños, los adolescentes y los jóvenes– se dejan persuadir con mayor facilidad cuando ven un buen ejemplo que cuando escuchan una palabra de corrección o una llamada al orden.

La segunda regla es que, al corregir, hemos de ser muy benévolos y respetuosos con las personas, sin humillarlas ni abochornarlas jamás, y mucho menos en público…” (Autor: P. Sergio A. Cordova LC | Fuente: Catholic.net).

Nuestro ejercicio de amor comenzará, ante todo, con la oración, que nos hace elegir los mejores caminos para hacer el mayor bien a nuestros hermanos. También le pedimos a Dios la gracia para ser escuchados. Requiere luego, mucha paciencia.

 

  1. Profeta de los caminos:

Otra forma de misericordia, parecida a la corrección fraterna es la misión del profeta. Principalmente, éste tiene el cometido de mostrar el buen camino, de alentar y animar a transitarlo. Pero también, cuando sus hermanos se equivocan de senda, tendrá que advertir, pues el silencio de quien ve aproximarse un peligro es culpable: “si tú no hablas para advertir al malvado que abandone su mala conducta, el malvado morirá por su culpa, pero a ti te pediré cuenta de su sangre” (Eze 33,8).

Por eso, la Iglesia anuncia el camino de salvación, el poder infinito de la misericordia divina que siempre está dispuesta a perdonar y transformar el corazón arrepentido. Con la misma claridad, también anuncia los peligros, los errores, los caminos que nos alejan de Dios…

El mismo San Pablo ya lo enseñaba: el camino del amor es el de los mandamientos: “los mandamientos: No cometerás adulterio, no matarás, no robarás, no codiciarás, y cualquier otro, se resumen en este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Rm 13,9). Todos los mandamientos constituyen el camino del amor, inclusive aquellos que más nos cuestan, que no entendemos del todo o que están muy alejados a los modos de pensar del mundo: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo.”

 

Conclusión:

Le pedimos a Nuestra Madre la gracia de que “viviendo en la verdad y en el amor, crezcamos plenamente, unidos a Cristo” (Ef 4,15).