Homilía Domingo XVII Tiempo Ordinario Ciclo B



  El Pan de Dios


Introducción:
Abres tu mano, Señor y nos colmas con tus bienes” (Cf. Sal 144/145,16). Así, le rezamos a Dios en el salmo, porque sabemos que Él es muy generoso con nosotros. Y si es generoso en los bienes materiales, en todo lo que se refiere a la creación, ¡cuánto más en los bienes espirituales!, que nos son necesarios para la salvación.
Y para que recordemos cuánta es la generosidad de Dios, Jesús hace este milagro: da de comer a una multitud con unos pocos panes.

  1. El Pan de Dios:
Jesús, después de curar a un enfermo en la piscina de Betsata y de predicar (Cf. Jn 5,1ss), “atravesó el mar de Galilea” (Jn 6,1). Al desembarcar, aunque lo esperaba una gran multitud, no se quedó en la orilla, sino que “subió a la montaña y se sentó allí con sus discípulos” (Jn 6,3).
Y ¿qué más hizo? Levantando sus ojos vio a la multitud que se acercaba, y pensó  en ellos, pensó en que sus fuerzas se estarían debilitando y en que necesitarían alimentarse. Y había pensado también en cómo los iba a ayudar: Él mismo les iba a dar un alimento poderoso. Y por esto, para mostrarnos no sólo su poder sino también su generosidad, con unos pocos pedazos de pan, le dio de comer a toda esa gente.
Él conoce lo que nos cuesta caminar en la vida como verdaderos cristianos, y por esto, ha preparado un alimento que nos fortalece: el Pan de Dios, que no son aquellos 5 pancitos de cebada, sino uno que se multiplica con mayor generosidad, del cual nosotros mismos también podemos comer: “Yo soy el Pan de Vida” (Jn 6,35), dice el Señor. Y por esto se quedó en la forma de pan, en la Eucaristía.

  1. Un Pan que nos transforma:
Así, con una generosidad que dura siglos enteros, y que no se acabará hasta el fin de los tiempos, Jesús se queda en cada sagrario de la tierra como Pan divino, para que, los que nos reconocemos necesitados de Dios, podamos acudir a Él.
Así, en la Eucaristía tenemos muy cerca de nosotros todo el poder del amor de Dios que quiere dar un sentido profundo a nuestras vidas. Es el Pan de Dios, Jesús en la Eucaristía, quien nos hace capaces de comportarnos “de una manera digna de la vocación que han recibido” (Ef 1,1), como dice el Apóstol.
De hecho, las virtudes que nos señala San Pablo, las podemos encontrar si las buscamos en Jesús, si venimos a buscarlas en cada Misa, pero también en esos silenciosos momentos de adoración eucarística, donde Jesús siempre nos espera. Así, en el Corazón eucarístico de Jesús podemos encontrar la humildad, la mansedumbre, la paciencia y, sobre todo, el amor verdadero (Cf. Ef 1,2).
En la Eucaristía, podemos encontrar la paz que todos necesitamos, la luz que oriente nuestro caminar, el entusiasmo para no bajar los brazos… ¡Qué importante que es esto! Porque “es el Señor” (Jn 21,7). Pero aquí nos preguntamos: ¿por qué los cristianos no frecuentan tanto este Sacramento admirable?  Aunque las respuestas puedan ser varias, hagamos nosotros el propósito de creer en el Señor y de venir a buscarlo en la Eucaristía.

  1. “Danos hoy nuestro Pan de cada día”: 
Por esto, el Señor nos enseñó a pedirlo, a pedir este Pan de Dios todos los días con la oración del Padre Nuestro: “Puesto que «no sólo de pan vive el hombre, sino de todo lo que sale de la boca de Dios» (Mt 4, 4), la petición sobre el pan cotidiano se refiere igualmente al hambre de la Palabra de Dios y del Cuerpo de Cristo, recibido en la Eucaristía, así como al hambre del Espíritu Santo… Y esto se nos concede, sobre todo, en la Eucaristía, que anticipa el banquete del Reino venidero” (CATIC Compendio 593).

Conclusión:
Y terminamos esta reflexión con una petición a la Virgen, Mujer eucarística: “Madre, que nos demos cuenta de lo grande que es este regalo que Dios nos da, a Jesús Pan de vida, presente en la Eucaristía”.