Homilía Domingo XIV Tiempo Ordinario Ciclo B



  Profetas del Señor

Ez 2,2-5; Sal 122, 1-2-4; 2Cor 12,7b-10; Mc 6,1-6
Introducción:
Una de las cosas más importantes en nuestra vida se relaciona con la luz, ya que ella nos es necesaria para poder ver lo que nos rodea. Con la luz podemos conocer las demás cosas, y personas en su aspecto, en su ubicación, podemos ver la cercanía del bien o del mal… Por esto, y por otras muchas cosas, la luz nos es muy importante.

 Jesucristo, Profeta:
San Marcos nos narra que Jesús, en uno de sus viajes, volvió a su pueblo y allí, “comenzó a enseñar en la sinagoga” (Mc 6,2). De hecho, eso era lo que hacía en todas partes, como meditamos en el tercer misterio luminoso del santo Rosario: la predicación del Reino invitando a la conversión.
Jesús, enseñaba la verdad de Dios, nos transmitía el mensaje de Salvación, decía “palabras de Vida eterna” (Jn 6,68). Con sus parábolas, palabras sencillas llenas de profundo significado, les enseñó a los judíos de su época, pero también a nosotros hoy. Él es el Profeta esperado por siglos; de hecho, debemos recordar cómo la gente lo confundía con algún antiguo profeta, o con el contemporáneo Juan Bautista.
Por esto, sus Palabras son para nosotros la luz que iluminan nuestra vida para conducirnos al Cielo.

Lucha entre la luz y las tinieblas:
Luz es la palabra de Dios, luz son las palabras de Jesucristo para nosotros, y la luz es muy buena y de mucha utilidad. Sin embargo, nosotros debemos abrir los ojos para verla.
De modo semejante, debemos dejarnos iluminar por Jesús. ¿Cómo? Con la fe, creyendo que lo que Él dice es verdadero. Por el contrario, si no creemos en Él, nos parecemos a la oscuridad, a las tinieblas que no se dejan iluminar: “La luz brilla en las tinieblas,
y las tinieblas no la percibieron
….Vino a los suyos, y los suyos no la recibieron” (Jn 1,5.11).
Y en la realidad, nos sucede que, cuando dejamos que la luz de Dios entre en nuestra vida por la fe, aunque no se vayan nuestras cruces, sabemos que Jesús está a nuestro lado, que nos acompaña… El que abre sus ojos puede ver la Redención donde está la muerte.
Sus palabras son ciertas y no fallan y nosotros, al creer en Él acogemos “su Verdad, en cuanto garantizada por Él, que es la Verdad misma” (CATIC Compendio 25), Recibimos su Verdad que libera y nos dejamos transformar por ella.

Nuestro testimonio profético:
Así, cuando creemos verdaderamente, Dios mismo nos envía a iluminar a los demás: “Hijo de hombre, yo te envío” (Ez 2,3). Porque “el discípulo de Cristo no debe sólo guardar la fe y vivir de ella, sino también profesarla, testimoniarla con firmeza y difundirla” (CATIC 1816).
Así, debemos dar testimonio de que Dios nos ama, y de que nosotros amamos a Dios con nuestra vida. De hecho, algunos pudieron dar testimonio incluso con la muerte como Jesús, que nos amó “hasta el fin” (Jn 13,1). Por ejemplo San Agustín Pro, sacerdote mexicano que fue fiel a Cristo hasta la muerte, en la primera mitad del siglo pasado.
Pero aunque no todos estemos llamados a eso, Jesús sí nos invita a obrar como cristianos, a poder demostrar nuestra fe mediante nuestras obras de todos los días (Cf. Sant 2,18).

Conclusión:
Por esto, para poder vivir así que no es fácil, nosotros con el salmista, también levantamos nuestros ojos hacia Dios, que habita en el Cielo (Cf. Sal 122/123,1), pidiéndole que nos auxilie, que nos ilumine con su luz para poder nosotros iluminar a los demás.