Profetas del Señor
Ez 2,2-5; Sal 122,
1-2-4; 2Cor 12,7b-10; Mc 6,1-6
Introducción:
Una de las cosas más importantes en nuestra vida se
relaciona con la luz, ya que ella nos es necesaria para poder ver lo que nos
rodea. Con la luz podemos conocer las demás cosas, y personas en su aspecto, en
su ubicación, podemos ver la cercanía del bien o del mal… Por esto, y por otras
muchas cosas, la luz nos es muy importante.
Jesucristo, Profeta:
San Marcos nos narra que Jesús, en uno de sus viajes, volvió
a su pueblo y allí, “comenzó a enseñar
en la sinagoga” (Mc 6,2). De hecho, eso era lo que hacía en todas partes,
como meditamos en el tercer misterio luminoso del santo Rosario: la predicación
del Reino invitando a la conversión.
Jesús, enseñaba la
verdad de Dios, nos transmitía el mensaje de Salvación, decía “palabras de Vida
eterna” (Jn 6,68). Con sus parábolas, palabras sencillas llenas de profundo
significado, les enseñó a los judíos de su época, pero también a nosotros hoy.
Él es el Profeta esperado por siglos; de hecho, debemos recordar cómo la gente
lo confundía con algún antiguo profeta, o con el contemporáneo Juan Bautista.
Por esto, sus
Palabras son para nosotros la luz que iluminan nuestra vida para
conducirnos al Cielo.
Lucha entre la luz y
las tinieblas:
Luz es la palabra de
Dios, luz son las palabras de Jesucristo para nosotros, y la luz es muy
buena y de mucha utilidad. Sin embargo, nosotros
debemos abrir los ojos para verla.
De
modo semejante, debemos dejarnos
iluminar por Jesús. ¿Cómo? Con la fe,
creyendo que lo que Él dice es verdadero. Por el contrario, si no creemos en
Él, nos parecemos a la oscuridad, a las tinieblas que no se dejan iluminar: “La luz brilla en las tinieblas,
y las tinieblas no la percibieron….Vino a los suyos, y los suyos no la recibieron” (Jn 1,5.11).
y las tinieblas no la percibieron….Vino a los suyos, y los suyos no la recibieron” (Jn 1,5.11).
Y
en la realidad, nos sucede que, cuando dejamos que la luz de Dios entre en
nuestra vida por la fe, aunque no se vayan nuestras cruces, sabemos que Jesús
está a nuestro lado, que nos acompaña… El
que abre sus ojos puede ver la Redención donde está la muerte.
Sus
palabras son ciertas y no fallan y nosotros, al creer en Él acogemos “su
Verdad, en cuanto garantizada por Él, que es la Verdad misma” (CATIC Compendio
25), Recibimos su Verdad que libera y nos dejamos transformar por ella.
Nuestro testimonio
profético:
Así, cuando creemos verdaderamente, Dios mismo nos envía a
iluminar a los demás: “Hijo de hombre, yo te envío” (Ez 2,3). Porque “el
discípulo de Cristo no debe sólo guardar la fe y vivir de ella, sino también
profesarla, testimoniarla con firmeza y difundirla” (CATIC 1816).
Así, debemos dar testimonio de que Dios nos ama, y de que
nosotros amamos a Dios con nuestra vida. De hecho, algunos pudieron dar
testimonio incluso con la muerte como Jesús, que nos amó “hasta el fin” (Jn
13,1). Por ejemplo San Agustín Pro, sacerdote mexicano que fue fiel a Cristo hasta
la muerte, en la primera mitad del siglo pasado.
Pero aunque no todos estemos llamados a eso, Jesús sí nos
invita a obrar como cristianos, a poder demostrar nuestra fe mediante nuestras
obras de todos los días (Cf. Sant 2,18).
Conclusión:
Por esto, para poder vivir así que no es
fácil, nosotros con el salmista, también levantamos nuestros ojos hacia Dios,
que habita en el Cielo (Cf. Sal 122/123,1), pidiéndole que nos auxilie, que nos
ilumine con su luz para poder nosotros iluminar a los demás.