Homilía Domingo XVI Tiempo Ordinario Ciclo B



Pastor y pastores


Introducción:
Una imagen muy querida, en toda la Sagrada Escritura y en las culturas antiguas en general, es la del pastor. Y aunque para nosotros no sea tan familiar, podemos sin embargo, tenerle simpatía, ya que tiene unos rasgos de paternidad muy importantes: el pastor es el que cuida, defiende, conduce, alimenta, sana -entre otras muchas cosas- a sus ovejas.

  1. Dios nuestro Pastor:
Por esto, Dios mismo se compara con el pastor, Él es el Pastor del pueblo de Israel: “Yo mismo, dice el Señor, reuniré el resto de mis ovejas” (Jer 23,3). Dios actúa sobre los hombres como un Pastor bueno y misericordioso, que los defiende de los malvados y los quiere conducir por el camino del bien, en la medida en que libremente el hombre se deja.
Pensemos en San Agustín, cuya vida no carece de idas y vueltas, pensemos en cómo buscó la verdad por un lado, luego por otro; probó una cosa luego otra, hasta que se encontró con Cristo. Y Él, como buen Pastor, lo encaminó por una vida de santidad que duró hasta la muerte, hasta el Cielo, mejor dicho. Y los vicios que solo no pudo vencer, los superó junto al Señor bueno, que siempre está cerca de los que lo buscan.
Así también, Dios quiere ser Pastor de mi vida y me quiere guiar por las “verdes praderas” (Sal 22,1) de una vida feliz; me quiere saciar con las “aguas tranquilas” de su gracia. Él está a mi lado, incluso cuando tengo que pasar en mi vida “por cañadas oscuras”.
Sin embargo,  sólo un corazón creyente puede darse cuenta de esto: “Tú vas conmigo” (Sal 22). Y aunque con la fe las lágrimas no se borran, ni se acaban las dificultades, sabemos que no es lo mismo llorar solo que acompañado por Dios.

  1. Un solo Pastor:
Así, en Cristo, todos podemos encontrar al buen Pastor, al único Pastor que puede conducirnos a la Vida verdadera, la Vida eterna. Un solo Pastor que, mediante la Cruz, dio a todos la posibilidad de salvación en su único rebaño, la Iglesia católica (Cf. CATIC Compendio 162).
Por esto, al buen Pastor le pedimos nos conceda a todos la paz de un corazón convertido. Y se la pedimos por todos: por los de cerca, y por los que están lejos (Cf. Ef 2,18), para que todos nos dejemos conducir por Él.

  1. Muchos pastores:
 Por esto, este Jesús que nos ve, que se compadece y que nos transmite sus palabras de vida eterna (Cf. Mc 6,34), antes de subir al Cielo, quiso que su misión pudiera continuarse hasta el fin de los tiempos. Por esto, instituyó a los Doce, los Apóstoles con san Pedro a la cabeza, para que con sus sucesores, hicieran visible en el mundo su pastoreo por medio de la Palabra y los Sacramentos, que nos dan la vida eterna y nos conducen al Cielo.
Les pondré pastores que las pastoreen nos dice el profeta Jeremías (Cf. 3,15). Pero como sabemos que la misión no es para nada fácil, muy por el contrario, supera por todos lados la capacidad del hombre, pedimos a Jesús por los que Él ha elegido para que sean fieles. Y para nosotros pedimos la fe de ver, más allá de las limitaciones de las creaturas, la obra que el  buen Pastor hace en su Iglesia para nuestro bien.

Conclusión:
Así, le pedimos a la Virgen, nos conceda la fe para ser dóciles ovejas del Señor y a San Agustín, que en su camino de conversión al Señor le fue de gran ayuda encontrarse con el obispo San Ambrosio, le pedimos que interceda por las vocaciones, que sean muchas y santas.