Con la fuerza del Espíritu Santo
Introducción:
¿Cómo puede ser que el Señor nos mande a una misión que supera nuestras fuerzas?
Porque continuar la misión de salvación que Cristo realizó nos excede a todos,
entonces, ¿cómo es posible que Él nos envíe para eso?
- Enviados:
Porque también a nosotros, los cristianos de hoy, Jesucristo
nos da un encargo: evangelizar a
nuestros hermanos. A nosotros también nos llama de “detrás del rebaño” (Am
7,15), como lo hizo con el profeta Amós. Nos llama en nuestras circunstancias
concretas, en lo nuestro de todos los días, para que hagamos crecer su Reino
con los que nos rodean.
Nosotros, que hemos sido bendecidos “con toda clase de
bienes espirituales” (Ef 1,3), no estamos solos. Jesús, como lo hizo con los
Apóstoles, a nosotros también nos promete un “poder”, una fuerza de lo
alto (Cf. Hch 1,8): “Entonces llamó a los Doce y los envió de dos en dos,
dándoles poder” (Mc 6,7). Y para que confíen más en Dios que en ellos mismos
los manda sin nada: “Y les ordenó que no llevaran para el camino más que un
bastón; ni pan, ni alforja, ni dinero” (Mc 6,8).
- Fortalecidos:
Esta fuerza especial, celestial, que puede transformar nuestra
existencia, viene del Espíritu Santo. Por esto, el Papa Benedicto XVI nos decía: “Acoged en
vuestro corazón y en vuestra mente los siete dones del Espíritu Santo.
Reconoced y creed en el poder del Espíritu Santo en vuestra vida” (Discurso en la Vigilia con jóvenes de la JMJ de Sídney 2008).
Esta acción divina, nos fortalece con el poder del amor y de
la verdad:
- Fuerza del amor: “el Espíritu, continúa el Santo Padre, es el «dador de vida», que nos conduce al corazón mismo de Dios” (Ídem). Y desde el amor a Dios nos hace amar a los demás. Así, “el amor es el signo de la presencia del Espíritu Santo. Las ideas o las palabras que carecen de amor, aunque parezcan sofisticadas o sagaces, no pueden ser «del Espíritu»” (Ídem). En cambio, un corazón lleno de la caridad, que es amor que viene de Dios, puede superar toda dificultad, todo peligro, toda debilidad.
- Fuerza de la verdad: además, el Espíritu Santo nos fortalece “para difundir y defender la fe mediante la palabra y las obras como verdaderos testigos de Cristo, para confesar valientemente el nombre de Cristo y para no sentir jamás vergüenza de la cruz (cf DS 1319; LG 11,12)” (CATIC 1303). Ya que un corazón convencido de la verdad de Cristo, tiene la fortaleza del mártir, es decir, del testigo “hasta el fin” (Jn 13,1).
Y así, todo lo que nos una al Espíritu santificador, es
bueno, y no debemos dejarlo de lado: la oración continua, la lectura de la
Palabra de Dios, los sacramentos bien recibidos, la fidelidad a las virtudes y
a los dones… Pensemos en los Apóstoles
antes y después de Pentecostés: ellos son un signo del poder de lo Alto.
- Confirmados:
Pero, de un modo
muy particular, es importante el Sacramento de la Confirmación, ya que
recibimos de un modo especial el poder del Espíritu Santo y sus dones que nos
transforman. En general, “la Confirmación confiere crecimiento y profundidad a la gracia bautismal” (CATIC 1303). Por
lo cual, todo bautizado debe recibirla. Ya que Dios, nuestro Padre, quiere que la vida que Él mismo nos ha dado en el
bautismo crezca y se desarrolle.
“Recuerda,
pues, que has recibido el signo espiritual…. Dios Padre te ha marcado con su
signo, Cristo Señor te ha confirmado y ha puesto en tu corazón la prenda del
Espíritu (S. Ambrosio, Myst. 7,42)”
(CATIC 1303).
Conclusión:
Si somos del Espíritu Santo, vivamos de Él y según Él. Vivir
de Él es recibir sus dones y su Vida divina que quiere darnos; vivir según Él,
es vivir según Cristo.