Homilía Domingo XXX del Tiempo Ordinario Ciclo A



El doble mandamiento


Introducción:
«Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley?».
Jesús le respondió: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu. Este es el más grande y el primer mandamiento. El segundo es semejante al primero: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas» (Mt 22,36-40).

  1. El amor a Dios:
En primer lugar Dios. Amar a Dios.
Hacemos nuestras las palabras del salmista, las hacemos nuestra oración: “Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza.” Nuestro amor a Dios es una respuesta, es exigido por un corazón agradecido, es una deuda… puesto que “Dios nos amó primero” (1Jn 4,19). Nuestro amor a Dios nos impulsa a buscar su gloria, a hacer su voluntad, a servirlo: “Viva el Señor […]. Sea ensalzado mi Dios y Salvador” (Salmo 17). Nuestro amor a Dios debe inspirarnos abandonar lo que contradice dicho amor.
Es necesario que nos preguntemos a nosotros mismos: ¿Cuánto amamos a Dios? ¿Hasta dónde? ¿Qué sacrificios somos capaces de soportar por Él? Sabiendo que “Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna” (Jn 3,16).

  1. El amor al prójimo:
Dicho amor a Dios se traduce en obras de amor al prójimo. De este modo, se cumplen los demás preceptos de la Ley, aparecen las obras de misericordia, se practican las virtudes en bien de todos.
El Catecismo de la Iglesia lo sintetiza con este principio: “que cada uno, sin ninguna excepción, debe considerar al prójimo como 'otro yo', cuidando, en primer lugar, de su vida y de los medios necesarios para vivirla dignamente" (GS 27,1)” (CATIC 1931).
Cuidar con amor de la vida de los demás nos llevará no sólo a procurarles los bienes materiales, sino también y principalmente, a ocuparnos de la salud espiritual de sus almas.

  1. Incluso en la vida social:
Finalmente, San Pablo afirma que la fe de los tesalonicenses no quedó encerrada en el Templo sino que llegó a todas partes (Cf. 1Tes 1,8). De modo semejante, nuestra espiritualidad, nuestra fe, nuestro amor a Dios y al prójimo deben influir en nuestra vida social: “La sociedad asegura la justicia social cuando respeta la dignidad y los derechos de la persona, finalidad propia de la misma sociedad. Ésta, además, procura alcanzar la justicia social, vinculada al bien común y al ejercicio de la autoridad, cuando garantiza las condiciones que permiten a las asociaciones y a los individuos conseguir aquello que les corresponde por derecho” (CATIC Compendio 411).
El cristiano, en la medida en que puede, debe colaborar “en la justa distribución de bienes, en la equitativa remuneración del trabajo y en el esfuerzo en favor de un orden social más justo […]. También en la comunicación de los bienes espirituales de la fe, aún más importantes que los materiales” (CATIC Compendio 414).

Conclusión:
Le pedimos a Nuestra Madre la gracia de la fidelidad al doble mandamiento de la caridad en todos los ámbitos de nuestra vida.

Homilía Domingo XXIX del Tiempo Ordinario Ciclo A



 Cumplir toda justicia


Introducción:
Jesús se hizo bautizar para cumplir toda justicia (Cf. Mt 3,15-16), es decir, todo lo que el Padre había dispuesto, ya que “la justicia consiste en la constante y firme voluntad de dar a los demás lo que les es debido. La justicia para con Dios se llama «virtud de la religión»” (CATIC Compendio 381).

  1. Al César y a Dios:
El Evangelio de este domingo nos narra un episodio dramático. Quieren poner una trampa al Señor para condenarlo. Sin embargo, con su respuesta, Jesús, no sólo se libra del engaño sino que, además, nos deja una gran enseñanza espiritual: “Den al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios” (Mt 22,21).
Con esta frase nos instruye sobre la muy importante virtud de la justicia. Con no muy buena prensa, la justicia sigue siendo fundamento de la sociedad. Sin esta virtud no puede haber orden, ni paz, ni seguridad, ni otras virtudes… La justicia consiste en dar a cada uno lo que le corresponde: al bueno premio, al malo castigo, a la autoridad legítima obediencia, a Dios adoración.
Es importante no olvidar el amplio espectro de esta virtud, para no ser “injustos” con nadie, ni con el César, ni menos con Dios.

  1. Sociedad justa:
Respecto al “César”, es decir, a la autoridad civil y, junto con ella a toda la sociedad, la Iglesia nos enseña que “toda sociedad humana tiene necesidad de una autoridad legítima, que asegure el orden y contribuya a la realización del bien común. Esta autoridad tiene su propio fundamento en la naturaleza humana, porque corresponde al orden establecido por Dios” (CATIC Compendio 405).
“Por bien común se entiende el conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible, a los grupos y a cada uno de sus miembros, el logro de la propia perfección” (CATIC Compendio 407).
“El bien común supone: el respeto y la promoción de los derechos fundamentales de la persona, el desarrollo de los bienes espirituales y temporales de la persona y la sociedad, y la paz y la seguridad de todos” (CATIC Compendio 408).
Entendido esto, “todo hombre, según el lugar que ocupa y el papel que desempeña, participa en la realización del bien común, respetando las leyes justas y haciéndose cargo de los sectores en los que tiene responsabilidad personal, como son el cuidado de la propia familia y el compromiso en el propio trabajo. Por otra parte, los ciudadanos deben tomar parte activa en la vida pública, en la medida en que les sea posible” (CATIC Compendio 410).

  1. Religión:
Además, debemos dar lo que corresponde a Dios. “La justicia para con Dios se llama «virtud de la religión».”
La religión nos inclina a darle a Dios le culto que merece. Por eso, para un buen cristiano, la misa dominical (domingo o sábado por la tarde) es intocable, innegociable… Primero Dios y lo que a Él le debemos. Además, es importante rezar frecuentemente, acercarnos a los sacramentos, tener momentos de adoración eucarística.
Relacionadas con la virtud de la religión, están las tres virtudes más grandes, llamadas teologales: fe, esperanza y caridad. El Apóstol San Pablo les reconoce a los Tesalonicenses las obras de fe, las fatigas de la caridad y la constancia de su esperanza (Cf. 1Tes 1,3).
El cristiano debe preguntarse a menudo si es un buen ciudadano. Más aún debe examinarse si le da a Dios lo que Él merece, si lo sirve con generosidad y alegría, si es fiel a su compromiso bautismal.

Conclusión:
Nos confiamos a la intercesión de la Virgen Inmaculada para que, con grandeza de alma sirvamos para el bien de nuestra patria y para la mayor gloria de Dios.

Homilía Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario Ciclo A



Apóstoles Católicos


Introducción:
Según del Código de Derecho Canónico, la ley suprema de la Iglesia debe ser siempre la salvación de las almas. De hecho, como dice la Sagrada Escritura, Dios quiere que todos los hombres se salven (1Tim 2,4). Ésta es la gran misión de la Iglesia y de cada bautizado.

  1. El deseo de Dios:
Ya lo decía el Antiguo Testamento, por ejemplo el profeta Isaías: “El Señor de los ejércitos ofrecerá a todos los pueblos sobre esta montaña un banquete de manjares suculentos” (Is 25,6). El mismo Señor Jesús, en su parábola dice: “Salgan a los cruces de los caminos e inviten a todos los que encuentren” (Mt 22,9).
Dios es el Buen Pastor que siempre nos acompaña con su bondad y misericordia, que no nos hace faltar nada de lo necesario para la salvación, que está a nuestro lado tanto en los días soleados como durante las negras tormentas…
Sin embargo, no siempre respetamos este deseo divino, no siempre el hombre lo acoge y deja fructificar: Algunos se excusan, otros maltratan a los que anuncian el llamado de Dios, otros, finalmente, aunque se acercan, no se preparan convenientemente (Cf. Mt 22, 1-14).

  1. Iglesia Católica:
Este deseo de Dios se refleja en la realidad de la Iglesia. Más aún, le ha dado su nombre: Católica, que significa “universal.”
Es Católica porque, como enseña el Catecismo, está enviada a todos los pueblos, buscando la salvación del mayor número de almas posible. También es Católica porque “anuncia la totalidad y la integridad de la fe; lleva en sí y administra la plenitud de los medios de salvación.” En definitiva, es universal puesto que Cristo está presente en Ella, actúa y salva por medio de Ella (Cf. CATIC Compendio 166).
Que esté enviada a todos no significa que le dé lo mismo una cosa que otra, puesto que, siguiendo la parábola evangélica, todos están llamados a un único banquete y tendrán que presentarse bien preparados y no de cualquier modo.
Por ser Católica, la Iglesia busca la salvación de todos… anunciando la totalidad de la fe y la exigencia de la caridad, ofrece a todos los medios de salvación.

  1. La misión evangelizadora:
En esta misma línea, cada bautizado, según sus circunstancias, comparte la misión de acercar a Dios a los demás, de hacer “algo” por la salvación de sus hermanos. Así, el buen cristiano, no se conforma con su vida cristiana. Reza y suplica para que Dios toque el corazón de los más alejados; testimonia con su vida y sus obras el Evangelio de Jesucristo; une sus sufrimientos a los del Señor, por la conversión y salvación de los pecadores…
De este modo, todos podemos (y debemos) participar en ese gran deseo de Dios de intentar, todo lo que podamos, para que “todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1Tim 2,3-4).

Conclusión:
Le pedimos a la Virgen nos ayude a ser fieles a nuestro bautismo, no sólo acercándonos nosotros a Dios cada vez más sino también procurando que otros se acerquen a Él y se salven.

Homilía del Domingo XXVII del Tiempo Ordinario Ciclo A



Viña, viñador y colaboradores


Introducción:
La Palabra de Dios, con un lenguaje propio del campo, nos enseña verdades sobrenaturales. En este caso, con el ejemplo de la vid, nos revela la relación vital que hay entre la obra de Dios en nosotros y nuestra respuesta a ella.

  1. El misterio de la viña:
Dios, hace su obra en la historia de la humanidad. Siembra sus dones, los protege, da el agua como signo de vida… En el mundo nos ha dejado su Palabra, sus Sacramentos, su presencia… En nuestras vidas ha sembrado la fe, la esperanza, la caridad y las demás virtudes. Nos ilumina con su sabiduría, nos acompaña siempre, nos auxilia… Pero, a su vez, Dios espera buenos frutos de nuestra parte (Cf. Is 5,2).

  1. La misión de la Iglesia, nueva Viña del Señor:
En el diálogo de Jesús y los fariseos, ellos mismos ven claro que Dios dará su Viña, su Reino de salvación a otro pueblo. Este pueblo es la Iglesia fundada por Jesús: “La Iglesia tiene su origen y realización en el designio eterno de Dios. Fue preparada en la Antigua Alianza con la elección de Israel, signo de la reunión futura de todas las naciones. Fundada por las palabras y las acciones de Jesucristo, fue realizada, sobre todo, mediante su muerte redentora y su Resurrección. Más tarde, se manifestó como misterio de salvación mediante la efusión del Espíritu Santo en Pentecostés. Al final de los tiempos, alcanzará su consumación como asamblea celestial de todos los redimidos” (CATIC Compendio 149).
Esta Iglesia, tiene, por lo tanto una importante misión, “la de anunciar e instaurar entre todos los pueblos el Reino de Dios inaugurado por Jesucristo. La Iglesia es el germen e inicio sobre la tierra de este Reino de salvación” (CATIC Compendio 150).
Acogiendo a Cristo siempre de nuevo y transformándose en relación a Él, la Iglesia cumple la misión de dar frutos buenos en medio del mundo, frutos de conversión, santidad, Vida Eterna.

  1. Nuestra parte en su misión:
En medio de la Iglesia y como parte de ella, estamos cada uno de nosotros. Por eso, la llamada a dar frutos buenos de las lecturas de este domingo, es personal, para cada uno: “arrendará la viña a otros, que le entregarán el fruto a su debido tiempo” (Mt 21,41). ¿Estamos dispuestos a dar ese fruto?
San Pablo, en su epístola a lo Filipenses nos enseña un programa sencillo para conseguir una vida realmente fructuosa:
No se angustien por nada, y en cualquier circunstancia, recurran a la oración y a la súplica, acompañadas de acción de gracias, para presentar sus peticiones a Dios… En fin, mis hermanos, todo lo que es verdadero y noble, todo lo que es justo y puro, todo lo que es amable y digno de honra, todo lo que haya de virtuoso y merecedor de alabanza, debe ser el objeto de sus pensamientos. Pongan en práctica lo que han aprendido y recibido” (Fil 4,6.8-9).
Siempre, en primer lugar está la vida interior: oración, entendida como diálogo íntimo con Dios, escuchar y responder, compartir y recibir, reír y llorar con Dios… A lo que se le suma la súplica, por los demás y por uno mismo y el agradecimiento por la bondad divina.
A eso, se le agregan las obras buenas y justas, lo verdadero y noble, en fin, todas las virtudes que brillan en el Corazón sagrado del Señor y que, en la oración aprendemos a imitar.

Conclusión:
Le pedimos a la Virgen que, reconociendo el gran amor de Dios, podamos nosotros responderle como conviene.

Santo Rosario



Una peregrinación al Corazón de Cristo
desde el Corazón de su Madre

Importancia
El 23 de septiembre de 1968, cercano a las 2:30 de la madrugada[1], moría uno de los Santos más conocidos del siglo XX, el Padre Pío. De sus manos cayó un rosario… No fue casualidad. Fue ese uno de sus grandes secretos. Uno de sus grandes amores.
El padre Pío se nutre de la oración para conseguir la fuerza sobrenatural que le ayuda a combatir el mal. A pesar de los dolores que le causan sus cinco llagas, reza mucho, dedicando todos los días cuatro horas a la meditación. Reza con gemidos del corazón, con oraciones jaculatorias (pequeñas oraciones lanzadas como flechas hacia el Cielo), pero sobre todo con el Rosario. A menudo se le oye decir: «¡Acudid a la Virgen, haced que sea amada! Rezad siempre el Rosario, pero rezadlo bien. ¡Rezadlo lo más que podáis!... Tenéis que ser almas en oración. No os canséis nunca de rezar. Es lo más importante. La oración conturba el corazón de Dios, obteniendo gracias necesarias».[2]
De hecho, fue él un gran promotor de los grupos de oración, los cuales, se dedican a rezar el Santo Rosario. En una ocasión, un día de 1940, “mientras estaba en conversación con algunos de sus fieles, sacó del bolsillo un manojo de rosarios y entregó uno a cada uno de los presentes. Recen, hagan oración conmigo al Señor, porque el mundo todo necesita oraciones.”[3]
De a poco, fueron surgiendo los grupos de oración que, hacia el año de su muerte, eran más de mil en todo el mundo. Pero… ¿por qué tanta insistencia con esa forma de oración? ¿No existen otras? ¿Qué tiene de especial el santo rosario?

¿Qué es?
Una oración importante:
Como nos lo enseñara San Juan Pablo II, el rosario de la Virgen María, es una oración que puede producir frutos de santidad puesto que nos une íntimamente con Nuestro Señor y con la Santísima Virgen María. Concentra en sí la profundidad de todo el mensaje evangélico, del cual es como un compendio[4].
Podríamos decir perfectamente que es volver a encontrar al Señor Jesús con María, su Madre, como hace más de dos mil años lo hicieron los magos orientales[5].
Cada día gracias al rezo de esta preciosa oración, podemos peregrinar hacia el Corazón Santísimo de Jesús, desde el Corazón de su Madre y encontrarnos con ambos. Tal como les sucedió a los Magos, nosotros también gracias a este encuentro personal, podemos volver a nuestra vida cotidiana por otro camino, con un corazón distinto.


Alma y cuerpo:
El santo rosario consta de una parte más corporal o externa, llamada oración vocal y otra más interior, referida a la meditación y contemplación: “el santo rosario constituye un conjunto sagrado de oración mental y vocal para honrar e imitar los misterios y virtudes de la vida, muerte, pasión y gloria de Jesucristo y de María.”[6]
Por un lado tenemos la recitación del padrenuestro, las diez avemarías y el gloria que constituyen su parte vocal. Cada vez que las rezamos, experimentamos que, gracias a esas palabras, aprendemos a dialogar con Dios, a manifestarle los deseos profundos de nuestro corazón, aprendemos también a que Dios quiere ser servido no sólo internamente sino también con actos externos. Debemos continuamente esforzarnos en asociar nuestro corazón a las palabras que repetimos una y otra vez.
Por otro lado, debemos tener presente su aspecto de meditación y contemplación. Rezar el rosario es mirar la vida de Cristo con los ojos de su Madre. Este elemento es como el alma de la oración, lo que le da vida y fecundidad.
El Santo Padre Juan Pablo II lo proclamaba: “el motivo más importante para volver a proponer con determinación la práctica del Rosario es por ser un medio sumamente válido para favorecer en los fieles la exigencia de contemplación del misterio cristiano.[7] Y continúa: “es necesario un cristianismo que se distinga ante todo en el arte de la oración.”
“La meditación es una reflexión orante, que parte sobre todo de la Palabra de Dios en la Biblia; hace intervenir a la inteligencia, la imaginación, la emoción, el deseo, para profundizar nuestra fe, convertir el corazón y fortalecer la voluntad de seguir a Cristo.”[8]
La contemplación, más profunda y sencilla, consiste en “una mirada de fe, fijada en Jesús, una escucha de la Palabra de Dios, un silencioso amor.[9]
Para facilitar este aspecto contemplativo del rosario, San Juan Pablo II[10] propone que, en cada uno de los misterios, recordemos y comprendamos a Jesús, tratemos de ir configurando nuestra vida con la suya, le supliquemos incansablemente poder imitarlo y, finalmente, tengamos la gracia de anunciarlo a los demás.
De este modo, nuestro rosario diario se convierte en un momento importante de encuentro con Dios que transforma nuestra vida. De hecho, algunos al finalizar el rezo, recitan esta preciosa oración:
“Oh Dios, cuyo Hijo unigénito nos obtuvo la salvación eterna por medio de su vida, muerte y resurrección, concédenos a quienes meditamos estos misterios en el rosario de la Bienaventurada Virgen María, imitar lo que enseñan y alcanzar lo que prometen.”

Compendio del Evangelio:
San Luis María dice que el rosario es “un compendio maravilloso de los misterios de la vida, pasión, muerte y resurrección de Jesús y María.”[11] En él encontramos resumida la vida de Nuestro Señor y de su Madre. Cada misterio nos permite recordar algún pasaje importante del Santo Evangelio. Los llamamos misterios ya que “las obras de Jesucristo son todas sagradas y divinas, porque Él es Dios y hombre al mismo tiempo. Las de la Virgen María son santísimas, por ser Ella la más perfecta de las creaturas.”[12]
Cada uno de ellos está colmado “de maravillas, perfecciones e instrucciones profundas y sublimes, que el Espíritu Santo revela a los humildes y sencillos que los honran.”[13]
Al meditarlos frecuentemente, aprendemos a orientar nuestras vidas según las acciones y virtudes de Nuestro Divino Salvador. San Luis María los llama antorchas, espejos luminosos, hogueras encendidas.[14]
“Es un error, continúa el Santo, imaginar que la meditación de las verdades de la fe y de los misterios de la vida de Jesucristo es sólo para los sacerdotes, religiosos y cuantos se han alejado de los estorbos del mundo. Si los religiosos y eclesiásticos están obligados a meditar las grandes verdades de nuestra sacrosanta religión a fin de responder dignamente a su vocación, los laicos lo están igualmente, por lo menos a causa de los peligros en medio de los cuales se encuentran diariamente. Deben armarse, por tanto, con el recuerdo frecuente de la vida, virtudes y sufrimientos del Salvador.[15]

Corona de rosas:
Finalmente, meditemos en su nombre: Rosario significa “corona de rosas.”[16] “La Santísima Virgen aprobó y confirmó el nombre de rosario, revelando a varias personas que le ofrecían tantas rosas agradables cuantas avemarías recitaban y tantas coronas de rosas como rosarios.”[17]
Bien sabemos que regalarle una rosa a una mujer es un obsequio importante, es una forma de alagarla. De hecho, damos gloria a Dios y a Ella, al meditar “con amor y devoción los sacrosantos misterios del rosario, que constituyen los más visibles efectos de su amor hacia nosotros y los más ricos presentes que pudo hacernos.”[18]

¿Cómo se reza?
En lo concreto:
Nos ponemos en la presencia de Dios con la señal de la cruz (Por la señal de la Santa Cruz…) y le pedimos perdón a Dios.
Pensamos en las intenciones por las cuales rezamos este Rosario.
Luego nombramos cada misterio, rezando un Padrenuestro, diez Avemarías y un Gloria, mientras meditamos en alguno de los pasajes de la vida de Jesús. No es obligatorio, pero de vez en cuando nos puede ayudar buscar en la Sagrada Escritura el texto propuesto.
Misterios gozosos (lunes y sábado):
Primer misterio: La Encarnación del Hijo de Dios, Lc. 1,26-38.
Segundo misterio: La Visita de María a Isabel, Lc. 1,39-45.
Tercer misterio: El nacimiento de Jesús, Lc. 2,1-7.
Cuarto misterio: La Presentación del niño Jesús, Lc. 2,22-34.
Quinto misterio: Perdido y hallado en el templo, Lc. 2,41ss.

Misterios luminosos (jueves):
Primer Misterio: Su Bautismo en el Jordán, Mc. 1,9-10.
Segundo Misterio: La autorrevelación en las bodas de Caná, Jn. 2,1-11.
Tercer Misterio: El anuncio del Reino de Dios invitando a la conversión, Mc. 1,15.
Cuarto Misterio: La Transfiguración, Mc. 9,2-8.
Quinto Misterio: La Institución de la Eucaristía, Lc. 22, 19.
Misterios dolorosos (martes y viernes):
Primer misterio: La oración de Jesús en el Huerto, Mc. 14,32-38.
Segundo misterio: La Flagelación de Jesús, Mc. 15,15.
Tercer misterio: La Coronación de espinas, Mc. 15,16-19.
Cuarto misterio: Jesús con la Cruz a cuestas, Mc. 15,21-22.
Quinto misterio: Crucifixión y muerte de Jesús, Jn. 19,18-30.

Misterios gloriosos (miércoles y domingos):
Primer misterio: La resurrección de Jesucristo, Mt. 28,1-6.
Segundo misterio: La Ascensión de Jesús, Mc. 16,19-20.
Tercer misterio: La Venida del Espíritu Santo, Hch. 2,1-4.
Cuarto misterio: La Asunción de María, Apoc 12,1-6.
Quinto misterio: La Coronación de María, Lc 1,46-49.

Terminamos rezando por el Papa y sus intenciones un Padrenuestro, tres Avemarías y un Gloria.

Actitudes:
También es importante tener en cuenta algunos consejos más interiores.
  • Fervor: es importante rezarlo con fe, esperanza y caridad: “El fervor de nuestra plegaria y no precisamente la longitud de ella es lo que agrada a Dios y le gana el corazón.”[19]
  • Crecimiento: quizás sea bueno comenzar con poco (un misterio) pero todos los días, e ir creciendo hasta rezarlo completo diariamente.
  • Coherencia: aunque no seamos santos, es importante tratar siempre de luchar contra el pecado que nos aleja de Dios, para poder vivir como Dios quiere. Para que no se pueda decir de nosotros: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí.”[20]
  • Atención: “Es preciso también hacerlo con gran atención. Porque Dios oye más la oración del corazón que la de los labios.”[21] En este sentido es importante luchar contra las distracciones, en la medida en que podemos, sin desanimarnos nunca.
  • Intención: “Ten, pues, siempre ante la vista una gracia a pedir, una virtud que imitar o un pecado a evitar.”[22]
  • Pausa: la prisa mata la piedad.
  • Perseverancia: “Decídete, sin pérdida de tiempo, a rezar con frecuencia el santo rosario con fe, humildad y perseverancia.”[23] “No omitas nunca la menor parte del rosario en las sequedades, desalientos y decaimientos interiores.”[24]
  • Confianza: “Ora con total confianza. Con una confianza fundad en la bondad y generosidad infinitas de Dios y en las promesas de Jesucristo. Dios es fuente de agua viva que corre incesantemente en el corazón de los que oran.”[25]

Sus efectos
Si el rosario es importante en sí mismo, por lo que ya hemos meditado, no menos importantes son los efectos que produce en quien lo reza. El mismo San Luis María no se olvida de ello:
“Para animarte aún más a abrazar esta devoción de las grandes almas, añado que el rosario, recitado con la meditación de los misterios: 1.º, nos eleva insensiblemente al perfecto conocimiento de Jesucristo; 2.º, nos purifica del pecado; 3.º, nos da la victoria sobre todos nuestros enemigos; 4.º, nos facilita la práctica de las virtudes; 5.º, nos inflama en el amor a Jesucristo; 6.º, nos enriquece con gracias y méritos; 7.º, nos proporciona los medios para cancelar a Dios y a los hombres todas nuestras deudas y, finalmente, nos obtiene toda clase de gracias.”[26]
Por esto, “podemos recitarlo por nosotros mismos, por quienes se han encomendado a nosotros y por toda la Iglesia. Recurramos, pues, a la devoción del santo rosario en todas nuestras necesidades y obtendremos infaliblemente cuanto pidamos a Dios para nuestra salvación.”[27]
Así, San Luis María exclamaba: “El Cielo nos lo ha dado para convertir a los pecadores más endurecidos y a los herejes más obstinados”[28] convirtiéndose de este modo en un importante instrumento pastoral.
El mismo Santo lo atestigua gracias a su experiencia de misionero: “He encontrado personas a quienes no conmovía la predicación de las verdades más tremendas realizada durante la misión. Por consejo mío adquirieron la costumbre de rezar diariamente el santo rosario, y así se convirtieron y consagraron totalmente a Dios.
He podido, además, constatar una enorme diferencia de costumbres entre las poblaciones donde di misiones: unas, por haber abandonado la práctica del rosario, volvieron a caer en las malas costumbres; otras, por haber perseverado en rezarlo, se mantuvieron en gracia de Dios y progresaron día a día en la virtud.”[29]




Exhortación final
Hacemos nuestro el deseo de San Juan Pablo II: “Una oración tan fácil, y al mismo tiempo tan rica, merece de veras ser recuperada por la comunidad cristiana.”[30]
“Hoy, dice San Luis María, se quieren cosas que impresionen, conmuevan y produzcan en el alma impresiones profundas. Ahora bien, ¿habrá en el mundo algo más conmovedor que la historia maravillosa del Redentor?”[31]
Por tanto, todos podemos rezarlo, desde niños pequeños, como los Santos Jacinta y Francisco de Fátima hasta ancianos como el Padre Pío. Sabios como Santo Domingo de Guzmán junto a la gente sencilla. Para todos es una fuente de santidad y virtudes.
La meditación de los misterios y oraciones del rosario es la más fácil de todas las oraciones. Porque la diversidad de las virtudes y estados de Jesucristo –sobre los cuales se reflexiona– recrea y fortifica maravillosamente el espíritu e impide las distracciones. Los sabios encuentran en estas fórmulas la doctrina más profunda, y los ignorantes, las instrucciones más sencillas.”[32]
“Así, pues, que sabios e ignorantes, justos y pecadores, grandes y pequeños, alaben y saluden noche y día a Jesús y María con el santo rosario.”[33] “Os salvaréis, siempre que –lo repito, y notad bien las palabras y términos de mi consejo– recéis devotamente, todos los días hasta la muerte, el santo rosario con el fin de conocer la verdad y alcanzar la contrición y el perdón de vuestros pecados.”[34]


[1] Cf. Padiscia A. (2010), Padre Pío, San Pablo, Quilmes, página 140.
[3] Padiscia A. (2010), Padre Pío, San Pablo, Quilmes, página 93.
[4] Cf. Juan Pablo II, Rosarium VIrginis Mariae, n° 1.
[5] Cf. Mt 2,11.
[6] Grignon de Montfort, Luis María, Santo (2000), El Secreto Admirable del Santísimo Rosario, Lumen, Bs As, página 18.
[7] Juan Pablo II, Rosarium Virginis Mariae n° 5.
[8] CATIC Compendio 570.
[9] CATIC 2724.
[10] Cf. Rosarium Virginis Mariae n° 12-17.
[11] Grignon de Montfort, Luis María, Santo (2000), El Secreto Admirable del Santísimo Rosario, Lumen, Bs As, página 9.
[12] Grignon de Montfort, Luis María, Santo (2000), El Secreto Admirable del Santísimo Rosario, Lumen, Bs As, página 83.
[13] Grignon de Montfort, Luis María, Santo (2000), El Secreto Admirable del Santísimo Rosario, Lumen, Bs As, página 83.
[14] Cf. Grignon de Montfort, Luis María, Santo (2000), El Secreto Admirable del Santísimo Rosario, Lumen, Bs As, página 84.
[15] Grignon de Montfort, Luis María, Santo (2000), El Secreto Admirable del Santísimo Rosario, Lumen, Bs As, página 96.
[16] Grignon de Montfort, Luis María, Santo (2000), El Secreto Admirable del Santísimo Rosario, Lumen, Bs As, página 35.
[17] Grignon de Montfort, Luis María, Santo (2000), El Secreto Admirable del Santísimo Rosario, Lumen, Bs As, página 35.
[18] Grignon de Montfort, Luis María, Santo (2000), El Secreto Admirable del Santísimo Rosario, Lumen, Bs As, página 90.
[19] Grignon de Montfort, Luis María, Santo (2000), El Secreto Admirable del Santísimo Rosario, Lumen, Bs As, página 144.
[20] Mc 7,6.
[21] Grignon de Montfort, Luis María, Santo (2000), El Secreto Admirable del Santísimo Rosario, Lumen, Bs As, página 147-148.
[22] Grignon de Montfort, Luis María, Santo (2000), El Secreto Admirable del Santísimo Rosario, Lumen, Bs As, página 154.
[23] Grignon de Montfort, Luis María, Santo (2000), El Secreto Admirable del Santísimo Rosario, Lumen, Bs As, página 167.
[24] Grignon de Montfort, Luis María, Santo (2000), El Secreto Admirable del Santísimo Rosario, Lumen, Bs As, página 174.
[25] Grignon de Montfort, Luis María, Santo (2000), El Secreto Admirable del Santísimo Rosario, Lumen, Bs As, página 175.
[26] Grignon de Montfort, Luis María, Santo (2000), El Secreto Admirable del Santísimo Rosario, Lumen, Bs As, página 104-105.
[27] Abad Blosio, citado en: Grignon de Montfort, Luis María, Santo (2000), El Secreto Admirable del Santísimo Rosario, Lumen, Bs As, página 113.
[28] Grignon de Montfort, Luis María, Santo (2000), El Secreto Admirable del Santísimo Rosario, Lumen, Bs As, página 8.
[29] Grignon de Montfort, Luis María, Santo (2000), El Secreto Admirable del Santísimo Rosario, Lumen, Bs As, página 141.
[30] Juan Pablo II, Rosarium Virginis Mariae n° 43.
[31] Grignon de Montfort, Luis María, Santo (2000), El Secreto Admirable del Santísimo Rosario, Lumen, Bs As, página 97.
[32] Grignon de Montfort, Luis María, Santo (2000), El Secreto Admirable del Santísimo Rosario, Lumen, Bs As, página 97-98.
[33] Grignon de Montfort, Luis María, Santo (2000), El Secreto Admirable del Santísimo Rosario, Lumen, Bs As, página 16-17.
[34] Grignon de Montfort, Luis María, Santo (2000), El Secreto Admirable del Santísimo Rosario, Lumen, Bs As, página 12.