Domingo de la Divina Misericordia
Introducción:
Muchas veces, en el Evangelio aparece contrastante nuestra actitud con la de Jesús. Y esto es así porque Él es el Hombre Nuevo y nosotros, muchas
veces, vivimos de los restos del viejo Adán. Por un lado, este pasaje (Cf.
Jn 20,19ss) nos muestra la cobardía, el miedo, el ensimismamiento de los
Apóstoles, frente a la actitud de entera libertad y señorío de Jesús: ellos, encerrados; Él entra y sale cuando
quiere, sin abrir las puertas.
En este contexto, el
Señor resucitado se les aparece a ellos para transmitirles la fuerza de la Resurrección,
pues este milagroso suceso no debía quedar sólo en Jesús sino que los
cristianos debemos vivirlo en nuestra vida cotidiana. Para esto, tanto a los Apóstoles ayer, como a nosotros
hoy, el Señor Jesús nos da tres regalos:
- La Paz:
“Llegó Jesús, nos dice el Evangelista, y poniéndose en medio
de ellos, les dijo: «¡La paz esté con ustedes!»” (Jn 20,19). Es la paz de Dios
que nos viene por “su victoria sobre el mundo; por eso Jesús victorioso de la
muerte, da con su paz el Espíritu Santo y el poder sobre el pecado” (X.
León-Dufuor, Vocabulario de Teología Bíblica, página 659).
“Todo creyente justificado, está en paz por Jesucristo con
Dios, el Dios de amor y de paz, que lo santifica a fondo” (X. León-Dufuor,
Vocabulario de Teología Bíblica, página 659).
- La misericordia:
Luego, “sopló sobre
ellos y añadió «Reciban al Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los
que ustedes se los perdonen y serán retenidos a los que ustedes se los
retengan»” (Jn 20,22-23). Este Jesús resucitado, que murió para la
salvación de todos, derrama sobre su Iglesia el Espíritu Santificador y con Él,
el poder de perdonar los pecados, de quitar de nuestras vidas todo lo que nos
aleja de Dios.
Éste es el gran don
de la misericordia divina: la fuerza de su amor que perdona, que nos une
con Él, nos sana, purifica, eleva, fortalece, santifica… Ante su amor infinito
siempre tenemos la posibilidad de cambiar, siempre podemos esperar una nueva
vida en nosotros, si ante su misericordia nos acogemos humildemente en el
Sacramento de la Reconciliación.
Y este amor que nos promete, lo patentiza con un gesto de
bondad hacia su discípulo incrédulo: porque una semana después de la Pascua,
volvió a aparecerse para que el Apóstol Tomás pudiera creer y así tener vida
(Cf. Jn 20,26-29).
- La misión:
Finalmente, “como el Padre me envió a Mí, Yo también los
envío a ustedes»” (Jn 20,21) nos dice Jesús. El Señor, Resucitado, quiere que
todos tengamos vida, no sólo nosotros, sino que por medio de nosotros, llegue
ese torrente de gracia y amor a los demás. Por eso, Él nos envía, Él nos dice:
“vayan” (Mt 28,19).
Este querer de Jesús es algo que está en los cimientos de la
Iglesia. Toda ella y siempre es y será, misionera, evangelizadora, transmisora
de la Palabra de Vida al mundo que tanto la necesita. Y como cada bautizado es
parte de la Iglesia, todos somos
enviados por Jesús para continuar, aunque de diverso modo, su obra de
salvación.
Así, esta voluntad de Jesús está en bien del mundo entero,
para que, por medio de nosotros, se pueda encontrar con Dios. Pero también está
para nuestro bien: salir a misionar, evangelizar en nuestro metro cuadrado,
acercar a lo demás a Jesús… es algo que nos hace mejores cristianos, es algo
bueno para nosotros mismos. Evangelizar está dentro de nuestro camino
espiritual.
Conclusión:
Le pedimos a la Virgen, Madre nuestra, nos ayude a poder
recibir fielmente los dones del Resucitado para que nosotros podamos continuar
su Vida en nuestro mundo actual.