Homilía Domingo II de Pascua Ciclo C


Domingo de la Divina Misericordia


Introducción:
Muchas veces, en el Evangelio aparece contrastante nuestra actitud con la de Jesús. Y esto es así porque Él es el Hombre Nuevo y nosotros, muchas veces, vivimos de los restos del viejo Adán. Por un lado, este pasaje (Cf. Jn 20,19ss) nos muestra la cobardía, el miedo, el ensimismamiento de los Apóstoles, frente a la actitud de entera libertad y señorío de Jesús: ellos, encerrados; Él entra y sale cuando quiere, sin abrir las puertas.
En este contexto, el Señor resucitado se les aparece a ellos para transmitirles la fuerza de la Resurrección, pues este milagroso suceso no debía quedar sólo en Jesús sino que los cristianos debemos vivirlo en nuestra vida cotidiana. Para esto, tanto a los Apóstoles ayer, como a nosotros hoy, el Señor Jesús nos da tres regalos:

  1. La Paz:
“Llegó Jesús, nos dice el Evangelista, y poniéndose en medio de ellos, les dijo: «¡La paz esté con ustedes!»” (Jn 20,19). Es la paz de Dios que nos viene por “su victoria sobre el mundo; por eso Jesús victorioso de la muerte, da con su paz el Espíritu Santo y el poder sobre el pecado” (X. León-Dufuor, Vocabulario de Teología Bíblica, página 659). 
“Todo creyente justificado, está en paz por Jesucristo con Dios, el Dios de amor y de  paz, que lo santifica a fondo” (X. León-Dufuor, Vocabulario de Teología Bíblica, página 659). 

  1. La misericordia:
Luego, “sopló sobre ellos y añadió «Reciban al Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen y serán retenidos a los que ustedes se los retengan»” (Jn 20,22-23). Este Jesús resucitado, que murió para la salvación de todos, derrama sobre su Iglesia el Espíritu Santificador y con Él, el poder de perdonar los pecados, de quitar de nuestras vidas todo lo que nos aleja de Dios.
Éste es el gran don de la misericordia divina: la fuerza de su amor que perdona, que nos une con Él, nos sana, purifica, eleva, fortalece, santifica… Ante su amor infinito siempre tenemos la posibilidad de cambiar, siempre podemos esperar una nueva vida en nosotros, si ante su misericordia nos acogemos humildemente en el Sacramento de la Reconciliación.
Y este amor que nos promete, lo patentiza con un gesto de bondad hacia su discípulo incrédulo: porque una semana después de la Pascua, volvió a aparecerse para que el Apóstol Tomás pudiera creer y así tener vida (Cf. Jn 20,26-29).

  1. La misión:
Finalmente, “como el Padre me envió a Mí, Yo también los envío a ustedes»” (Jn 20,21) nos dice Jesús. El Señor, Resucitado, quiere que todos tengamos vida, no sólo nosotros, sino que por medio de nosotros, llegue ese torrente de gracia y amor a los demás. Por eso, Él nos envía, Él nos dice: “vayan” (Mt 28,19).
Este querer de Jesús es algo que está en los cimientos de la Iglesia. Toda ella y siempre es y será, misionera, evangelizadora, transmisora de la Palabra de Vida al mundo que tanto la necesita. Y como cada bautizado es parte de la Iglesia, todos somos enviados por Jesús para continuar, aunque de diverso modo, su obra de salvación.
Así, esta voluntad de Jesús está en bien del mundo entero, para que, por medio de nosotros, se pueda encontrar con Dios. Pero también está para nuestro bien: salir a misionar, evangelizar en nuestro metro cuadrado, acercar a lo demás a Jesús… es algo que nos hace mejores cristianos, es algo bueno para nosotros mismos. Evangelizar está dentro de nuestro camino espiritual.

Conclusión:
Le pedimos a la Virgen, Madre nuestra, nos ayude a poder recibir fielmente los dones del Resucitado para que nosotros podamos continuar su Vida en nuestro mundo actual.

Vigilia Pascual Ciclo C


“Todo parte del amor y tiende al amor”


Introducción:
Es tan grande el amor de Dios, es tan infinita su misericordia, que no podemos dejar de esperar en Él, esperamos que, una y otra vez, transforme nuestras vidas en el amor, para poder nosotros vivir, de ahora en adelante, como resucitados.

  1. Dios nos da una vida nueva:
Dios es principio y fin de todas las cosas. Por eso, al marcar el Cirio Pascua, se trazan dos letras griegas, Alfa y Omega, la primera y la última, simbolizando que Dios es principio y fin de la vida nueva.
Como “toda la iniciativa salvífica viene de Dios, de su gracia” al hombre le toca acogerla en la fe”. “Esta iniciativa, lejos de limitar nuestra libertad y nuestra responsabilidad, más bien hace que sean auténticas y las orienta hacia las obras de la caridad. Éstas no son principalmente fruto del esfuerzo humano, del cual gloriarse, sino que nacen de la fe, brotan de la gracia que Dios concede abundantemente” (Benedicto XVI, Mensaje para la Cuaresma 2013 n° 3). Dios nos da su amor y nos da la capacidad de amar como Él.

  1. Signos de esta vida:
Esta Vigilia, con sus signos nos llena de esperanza, porque siempre podemos ser transformados por Dios con la vida nueva de su Hijo Jesucristo, que nos amó hasta el extremo. Estos signos son:
  • Fuego y luz: nos alumbra por la fe y nos enciende en la esperanza y por la caridad.
  • Palabra: nos acompaña, nos enseña, alienta, corrige…
  • Agua: nos da su fecundidad.
  • Cuerpo: está cerca de nosotros y quiere entrar en nosotros, en nuestra vida.

  1. Recibir y dar esta vida:
El Evangelio, nos dice que las mujeres, al escuchar la noticia de la resurrección, “regresando del sepulcro, anunciaron todas estas cosas a los Once y a todos los demás” (Lc 24,9).
Y esto tiene que ver con que recibir y dar esta amorosa vida de Dios van juntos: “Cuando dejamos espacio al amor de Dios, nos hace semejantes a Él, partícipes de su misma caridad. Abrirnos a su amor significa dejar que Él viva en nosotros y nos lleve a amar con Él, en Él y como Él; sólo entonces nuestra fe llega verdaderamente «a actuar por la caridad» (Ga 5,6) y Él mora en nosotros (cf. 1 Jn 4,12)” (Benedicto XVI, Mensaje para la Cuaresma 2013 n° 2).

Conclusión:
Que la Pascua sea un tiempo de caridad renovada. Que podamos crecer en una fe caritativamente activa.

Viernes Santo Ciclo C


Viernes Santo


Introducción:
El momento más impresionante, el último momento de la etapa mortal de la vida de Jesús, no puede carecer de esa actitud tan divina como es el amor. Todo lo contrario, la pasión y muerte de Jesús es la muestra de cuánto nos ama, de que no se conformó con darnos sus dones sino que Él mismo es el gran Don que quiere entregarnos.

1.       Los dones de Jesús en la Cruz:
Pero a su vez, esta entrega total de amor infinito se ve reflejada en diversos aspectos que conviene meditar:
  • Su Madre: “Aquí tienes a tu Madre” (Jn 19,27).
  • El Espíritu Santo: “Inclinando la cabeza, entregó su Espíritu” (Jn 19,30)
  • Su Sangre: Jesús nos entregó su Sangre, en el sentido en que murió por nosotros, nos dio su Vida. “La fe, que hace tomar conciencia del amor de Dios revelado en el corazón traspasado de Jesús en la cruz, suscita a su vez el amor” (Benedicto XVI, Mensaje para la Cuaresma 2013 n° 1).
  • La Iglesia: “Cuando dormía Cristo sobre la cruz, representaba, o mejor dicho realizaba lo que había sido figurado en Adán. En efecto, cuando dormía Adán, le fue quitada una costilla y de ella quedó formada Eva; de la misma manera cuando dormía el Señor sobre la cruz, fue traspasado su costado por una lanza y brotaron de él los sacramentos por los que queda constituida la Iglesia” (San Agustín citado por: SAYES José Antonio, La Iglesia de Cristo, Curso de Eclesiología, Palabra, Madrid, 1999, página 134).

2.      Nos llega por los Sacramentos:
El don de Sí mismo, de Cristo en la cruz, se patentiza en la herida del costado. El agua y la Sangre que brotaron de él, son los signos de su amor y su entrega ya que representan a los dos sacramentos más importantes: el Bautismo y la Eucaristía.
“Con mucha precaución se abstuvo el Evangelista de usar las palabras hirió su costado, o lo rasgó, sino abrió, a fin de que en cierto modo se franqueara la puerta por donde brotaron los sacramentos de la Iglesia, sin los cuales no se entra en la verdadera vida” (Catena Aurea).
“La Iglesia antigua ha visto aquí un símbolo del Bautismo y la Eucaristía, que provienen del corazón traspasado de Jesús. En la muerte, Jesús se ha convertido Él mismo en el manantial. El profeta Ezequiel percibió en una visión el Templo nuevo del que brota un manantial que se transforma en un gran río que da la vida (cf. Ez 47,1-12): en una Tierra que siempre sufría la sequía y la falta de agua, ésta era una gran visión de esperanza” (Benedicto XVI, homilía del 11/04/09).
Podemos agregarle el gran sacramento de la Reconciliación que nos perdona los pecados con el poder misericordioso de la Sangre redentora.

3.      Un encuentro con su amor:
Casi dos mil años después, nosotros podemos acercarnos al Corazón tan rico en misericordia. Recibir los Sacramentos es estar al pie de la Cruz recibiendo los dones de ese Jesús crucificado que se ha entrega por nosotros y a nosotros.
Lo importante es recibirlos en la fe, esperanza y caridad. “El «sí» de la fe marca el comienzo de una luminosa historia de amistad con el Señor, que llena toda nuestra existencia y le da pleno sentido”  (Benedicto XVI, Mensaje para la Cuaresma 2013 n° 2). Fe que nos hace ver el Don en medio del sufrimiento, nos hace ver a Dios en el hombre agonizante del Calvario.
Esta fe implica desear ese encuentro con el Señor por medio de los Sacramentos y prepararnos convenientemente, según nuestra Madre la Iglesia nos enseña.

Conclusión:
Le pedimos a la Virgen, dolorosa y fiel, nos ayude a descubrir el amor de Jesús, encerrado en los sacramentos, para que podamos acudir a ellos con un corazón sinceramente convertido.

Jueves Santo Ciclo C

Misa de la Cena del Señor


Introducción:
Un amor anticipado. La última Cena, podríamos decir, que es el amor de Jesús crucificado que se nos ha anticipado de modo simbólico en el lavatorio y de modo sacramental en la Eucaristía.
1.      El Don de Jesús:
Jesús, habiéndonos amado hasta el extremo (Cf. Jn 13,1), antes de su pasión realizó un gesto muy significativo: “se levantó de la mesa, se sacó el manto y tomando una toalla se la ató a la cintura. Luego echó agua en un recipiente y empezó a lavar los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que tenía en la cintura” (Jn 13,4-5). Este gesto patentiza lo que Él mismo había afirmado: que no había “venido a ser servido sino a servir” (Mt 20,28). Y este servicio consistió en cumplir “la voluntad del Padre hasta la muerte en la cruz” (Biblia de Navarra, nota a Jn 13,5), en entregarse por amor.
Jesús ofreció libremente su vida en sacrificio expiatorio, es decir, ha reparado nuestras culpas con la plena obediencia de su amor hasta la muerte. Este amor hasta el extremo (cf. Jn Jn 13,1) del Hijo de Dios reconcilia a la humanidad entera con el Padre. El sacrificio pascual de Cristo rescata, por tanto, a los hombres de modo único, perfecto y definitivo, y les abre a la comunión con Dios” (CATIC Compendio 122).
Con el lavatorio de los pies se repite el gesto con el que Él, habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo (cf. Jn 13,1) y dejó a los discípulos, como su distintivo, este acto de humildad, el amor hasta la muerte” (Benedicto XVI, Audiencia del 04/04/07). Este mismo amor es el que hizo posible el milagro de la Eucaristía.
2.      San Pedro: Creer en la caridad suscita caridad:
Cuando se acercó a Simón Pedro, continúa el Evangelio, este le dijo: «¿Tú, Señor, me vas a lavar los pies a mí?».  Jesús le respondió: «No puedes comprender ahora lo que estoy haciendo, pero después lo comprenderás». «No, le dijo Pedro, ¡tú jamás me lavarás los pies a mí!». Jesús le respondió: «Si yo no te lavo, no podrás compartir mi suerte». «Entonces, Señor, le dijo Simón Pedro, ¡no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza!»” (Jn 13,6-9).

Con este relato, la Palabra de Dios nos enseña que debemos dejarnos amar por Dios, ya que cuando nos damos cuenta de que Dios “nos ama, nos perdona, incluso nos sirve” (Benedicto XVI, Mensaje para la Cuaresma 2013 n° 1), se enciende en nuestro corazón un amor semejante.
“La fe nos muestra a Dios que nos ha dado a su Hijo y así suscita en nosotros la firme certeza de que realmente es verdad que Dios es amor” (Benedicto XVI, Mensaje para la Cuaresma 2013 n° 1). Y “puesto que es Dios quien nos ha amado primero (cf. 1 Jn 4, 10), ahora el amor ya no es sólo un « mandamiento », sino la respuesta al don del amor, con el cual viene a nuestro encuentro” (DCE 1). Por esto, “la fe constituye la adhesión personal ―que incluye todas nuestras facultades― a la revelación del amor gratuito y «apasionado» que Dios tiene por nosotros” (Benedicto XVI, Mensaje para la Cuaresma 2013 n° 1).
3.      La caridad reina de las virtudes:
Por este motivo, Jesús no olvida en decir: “ustedes también deben lavarse los pies unos a otros” (Jn 13,14). Él mismo quiere transformar nuestras vidas por la caridad. De hecho: “Dios no se contenta con que nosotros aceptemos su amor gratuito. No se limita a amarnos, quiere atraernos hacia sí, transformarnos de un modo tan profundo que podamos decir con San Pablo: ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí (cf. Ga 2,20)” (Benedicto XVI, Mensaje para la Cuaresma 2013 n° 2), ya no amo yo, es Cristo quien ama en mí.
Y este amor es tan totalizante que nos va transformando por entero: “el sí de nuestra voluntad a la suya abarca entendimiento, voluntad y sentimiento en el acto único del amor” (Benedicto XVI, Mensaje para la Cuaresma 2013 n° 1). Por eso, esta caridad que Dios nos regala con su Gracia se traduce en una vida de obras buenas: paciencia, justicia, poder elegir lo mejor en cada momento, puntualidad, corrección fraterna, ayuda disponible, desapego de los bienes… en fin, vencimiento del egoísmo en todas sus formas.
Conclusión:
De este modo, pedimos a la Virgen santísima que el lavatorio de los pies, el Sacramento de la caridad y el mandamiento nuevo del amor (todo esto relacionado con la cruz) se traduzca en nuestras vidas. Que podamos vivir este misterio que celebramos.

Homilía Domingo de Ramos Ciclo C

Domingo de Ramos

Introducción:
La Semana Santa, comienza con un relato muy conocido por nosotros: cuando Jesús, estando fuera, se aproxima a Jerusalén, la ciudad donde lo condenarán a muerte.

1.      Jesús se aproxima a Jerusalén:
Jesús siguió adelante, subiendo a Jerusalén” (Lc 19,28). Pero, “la última meta de su subida es la cruz. Es la subida que la carta a los Hebreos describe como la subida hacia una tienda no fabricada por mano de hombre, hasta la presencia de Dios. La subida hasta la presencia de Dios pasa por la cruz. Es la subida hacia «el amor hasta el extremo» (cf. Jn 13, 1), que es el verdadero monte de Dios, el lugar definitivo del contacto entre Dios y el hombre” (Benedicto XVI, Homilía 16 de Marzo de 2008).
Este amor divino está en movimiento, se nos acerca, viene a nuestro encuentro para salvarnos. De Él es la iniciativa, a nosotros nos toca la respuesta. La Palabra viene a nosotros para que nosotros podamos aceptarla libremente.

2.      Lo reciben de distinta manera:
Sin embargo, tanto en aquel tiempo como hoy y siempre, la respuesta es diversa, pues no todos aceptan el don de Dios.
Por un lado, “la gente extendía sus mantos sobre el camino” (Lc 19,36). “Todo el pueblo lo escuchaba y estaba pendiente de sus palabras” (Lc 19,48).
Por otro, “los sumos sacerdotes, los escribas y los más importantes del pueblo, buscaban la forma de matarlo” (Lc 19,47). Y el mismo Jesús, al ver el corazón de Jerusalén, llora por ella: “no has sabido reconocer el tiempo en que fuiste visitada por Dios” (Lc 19,44).
Y si diversa es la respuesta, diversa es la vida de los hombres, puesto que los que aceptan el don de Dios quedan llenos de una vida verdadera, que pierden los que la rechazan.

3.      La Fe es nuestra primera respuesta a Dios:
Por esto, conviene reflexionar cómo podemos aceptar y recibir el don que nuestro Padre nos quiere dar. En primer lugar, hemos de recordar que “toda la vida cristiana consiste en responder al amor de Dios. La primera respuesta es precisamente la fe, acoger llenos de estupor y gratitud una inaudita iniciativa divina que nos precede y nos reclama. Y el «sí» de la fe marca el comienzo de una luminosa historia de amistad con el Señor, que llena toda nuestra existencia y le da pleno sentido” (Benedicto XVI, Mensaje para la Cuaresma 2013 nº 2).
Así pues, con la fe, nuestro corazón queda abierto a la acción de Dios, a ese don que el Señor quiere darnos para cambiar nuestra existencia. Sólo viviendo estos misterios en la fe, somos transformados por ellos. De lo contrario, pasará una Semana Santa más en nuestra vida, sin dejar su huella en nuestra alma.

Conclusión:
Pidamos, en este comienzo de la Semana Santa, poder empezarla creyentemente, con una fe en aumento que no se escandalice con la cruz, sino por el contrario, que podamos descubrir en ella el amor que Dios nos tiene y que nos transforma.