Homilía Domingo V de Cuaresma Ciclo C


Gracia y pecado

Is 43,16-21; Sal 125/126,1-6; Flp 3,8-14; Jn 8,1-11

Introducción:
Dios nos invita, continuamente, a crecer en la vida cristiana. Por un lado nos muestra la exigencia del seguimiento de Cristo, por otro, la fuerza de su perdón.

  1.  Cristiano auténtico:
San Pablo, en una breve frase nos hace gustar la grandeza de ser cristianos, la magnitud de la vocación a la que somos llamados: “Todo me parece una desventaja comparado con el inapreciable conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por Él he sacrificado todas las cosas, a las que considero como desperdicio, con tal de ganar a Cristo” (Flp 3,8).
El Apóstol se dio cuenta de la grandeza de Cristo y de su misterio. Nos enseña que Jesús, influye (o debe influir) de tal modo en nuestra vida que la transforme, incluso en nuestra forma de pensar y de decidir.
Al conocer la grandeza del amor al que Dios nos llama en Cristo, las demás cosas, la realidad pasajera de este mundo, no parece tan importante. El creyente de verdad sabe apreciar en su justa medida todo lo que le rodea, sin apegar su corazón a nada.
Al mirar al Cristo, muerto y resucitado, aprendemos a dejar lo que haya que dejar… para poseer lo que Dios quiere darnos: “he sacrificado todas las cosas… con tal de ganar a Cristo.”

  1. La realidad del pecado:
Pero, una mujer sorprendida en adulterio…
Aunque todos estamos llamados a la santidad, a ser auténticos cristianos, en muchas ocasiones irrumpe el pecado, en nuestra vida, con su probada intención de destruir lo más importante, nuestra unión con Dios.
Sea cual sea, el pecado grave o mortal (Cf. CATIC Compendio 395), destruye la vida de gracia, es decir, nuestra amistad con Dios. Preferimos seguir nuestros caminos en lugar de los de Dios, preferimos el placer de los bienes terrenos en contra de la voluntad de Aquel que nos ha dado esos bienes, traicionamos nuestra vocación a la verdadera felicidad buscando pequeñas “felicidades” que nos engañan. Como lo decía el mismo Dios por boca del gran Profeta Jeremías (2,13): “mi pueblo ha cometido dos maldades: me abandonaron a Mí, la fuente de agua viva, para cavarse cisternas, cisternas agrietadas, que no retienen el agua.”

  1. El poder de Dios:
Si el pecado es como un pozo profundo, al cual el hombre puede tirarse libremente, pero del cual ya no puede salir solo, con sus propias fuerzas, la misericordia divina hace posible una vida nueva. Es Dios quien puede sacarnos de ese pozo.
Nuestro Divino Salvador, en la cruz, nos alcanzó todas las gracias que necesitamos para la salvación. Nos alcanzó la gracia del perdón (Yo tampoco te condeno, dijo Jesús a la mujer), la gracia de cambiar de vida (no peques más), la gracia de alcanzar el Cielo con nuestra colaboración (“El mérito del hombre ante Dios en la vida cristiana proviene de que Dios ha dispuesto libremente asociar al hombre a la obra de su gracia”[1])…

Conclusión:
Le pedimos a la Virgen dejarnos conducir por Dios a la santidad a la que Él mismo nos ha llamado en Cristo.


[1] CATIC 2008.