Viernes Santo
Introducción:
El momento más impresionante, el último momento de la etapa
mortal de la vida de Jesús, no puede carecer de esa actitud tan divina como es
el amor. Todo lo contrario, la pasión y muerte de Jesús es la muestra de cuánto nos ama, de que no se conformó
con darnos sus dones sino que Él mismo es el gran Don que quiere entregarnos.
1. Los
dones de Jesús en la Cruz:
Pero a su vez, esta entrega total de amor infinito se ve
reflejada en diversos aspectos que conviene meditar:
- Su Madre: “Aquí tienes a tu Madre” (Jn 19,27).
- El Espíritu Santo: “Inclinando la cabeza, entregó su Espíritu” (Jn 19,30)
- Su Sangre: Jesús nos entregó su Sangre, en el sentido en que murió por nosotros, nos dio su Vida. “La fe, que hace tomar conciencia del amor de Dios revelado en el corazón traspasado de Jesús en la cruz, suscita a su vez el amor” (Benedicto XVI, Mensaje para la Cuaresma 2013 n° 1).
- La Iglesia: “Cuando dormía Cristo sobre la cruz, representaba, o mejor dicho realizaba lo que había sido figurado en Adán. En efecto, cuando dormía Adán, le fue quitada una costilla y de ella quedó formada Eva; de la misma manera cuando dormía el Señor sobre la cruz, fue traspasado su costado por una lanza y brotaron de él los sacramentos por los que queda constituida la Iglesia” (San Agustín citado por: SAYES José Antonio, La Iglesia de Cristo, Curso de Eclesiología, Palabra, Madrid, 1999, página 134).
2. Nos llega por los Sacramentos:
El don de Sí mismo, de Cristo en la cruz, se patentiza en la
herida del costado. El agua y la Sangre que brotaron de él, son los signos de
su amor y su entrega ya que representan a los dos sacramentos más importantes:
el Bautismo y la Eucaristía.
“Con mucha precaución se abstuvo el Evangelista de usar las
palabras hirió su costado, o lo rasgó, sino abrió, a fin de que en cierto modo
se franqueara la puerta por donde brotaron los sacramentos de la Iglesia, sin
los cuales no se entra en la verdadera vida” (Catena Aurea).
“La Iglesia antigua ha visto aquí un símbolo del Bautismo y
la Eucaristía, que provienen del corazón traspasado de Jesús. En la muerte,
Jesús se ha convertido Él mismo en el manantial. El profeta Ezequiel percibió
en una visión el Templo nuevo del que brota un manantial que se transforma en
un gran río que da la vida (cf. Ez 47,1-12):
en una Tierra que siempre sufría la sequía y la falta de agua, ésta era una
gran visión de esperanza” (Benedicto XVI, homilía del 11/04/09).
Podemos agregarle el gran sacramento de la Reconciliación
que nos perdona los pecados con el poder misericordioso de la Sangre redentora.
3. Un encuentro con su amor:
Casi dos mil años después, nosotros podemos acercarnos al
Corazón tan rico en misericordia. Recibir los Sacramentos es estar al pie de la
Cruz recibiendo los dones de ese Jesús crucificado que se ha entrega por
nosotros y a nosotros.
Lo importante es recibirlos en la fe, esperanza y caridad. “El
«sí» de la fe marca el comienzo de una luminosa historia de amistad con el
Señor, que llena toda nuestra existencia y le da pleno sentido” (Benedicto XVI, Mensaje para la Cuaresma 2013
n° 2). Fe que nos hace ver el Don en medio del sufrimiento, nos hace ver a Dios
en el hombre agonizante del Calvario.
Esta fe implica desear ese encuentro con el Señor por medio
de los Sacramentos y prepararnos convenientemente, según nuestra Madre la
Iglesia nos enseña.
Conclusión:
Le pedimos a la Virgen, dolorosa y fiel, nos ayude a
descubrir el amor de Jesús, encerrado en los sacramentos, para que podamos
acudir a ellos con un corazón sinceramente convertido.