Homilía Domingo XIX Tiempo Ordinario Ciclo C

La virtud de la fe


Introducción:
La fe es la luz que puede “iluminar toda la existencia del hombre” (Papa Francisco, LF n°4). Y, como esa luz es “tan potente, no puede provenir de nosotros mismos; ha de venir de una fuente más primordial, tiene que venir, en definitiva, de Dios” (Ídem). Es la lámpara encendida que Jesús quiere que tengamos para estar en vela y preparados a su llegada (Cf. Lc 12,35).

  1. La fe:
Esta virtud es un don de Dios, un hábito que Dios infunde en nuestra alma para que aceptemos la Palabra que nos da la Vida Eterna y así, conozcamos el amor de Dios que nos salva. Es el comienzo de Vida Eterna por la certeza de lo que esperamos: “La fe es la garantía de los bienes que se esperan, la plena certeza de las realidades que no se ven. Por ella nuestros antepasados fueron considerados dignos de aprobación” (Hbr 11,1-2).
“El apóstol Pablo nos ayuda a entrar dentro de esta realidad cuando escribe: «con el corazón se cree y con los labios se profesa» (cf. Rm 10, 10). El corazón indica que el primer acto con el que se llega a la fe es don de Dios y acción de la gracia que actúa y transforma a la persona hasta en lo más íntimo.
A este propósito, el ejemplo de Lidia es muy elocuente. Cuenta san Lucas que Pablo, mientras se encontraba en Filipos, fue un sábado a anunciar el Evangelio a algunas mujeres; entre estas estaba Lidia y el «Señor le abrió el corazón para que aceptara lo que decía Pablo» (Hch 16, 14). El sentido que encierra la expresión es importante. San Lucas enseña que el conocimiento de los contenidos que se han de creer no es suficiente si después el corazón, auténtico sagrario de la persona, no está abierto por la gracia que permite tener ojos para mirar en profundidad y comprender que lo que se ha anunciado es la Palabra de Dios.
Profesar con la boca indica, a su vez, que la fe implica un testimonio y un compromiso público. El cristiano no puede pensar nunca que creer es un hecho privado. La fe es decidirse a estar con el Señor para vivir con él. Y este «estar con él» nos lleva a comprender las razones por las que se cree. La fe, precisamente porque es un acto de la libertad, exige también la responsabilidad social de lo que se cree. La Iglesia en el día de Pentecostés muestra con toda evidencia esta dimensión pública del creer y del anunciar a todos sin temor la propia fe. Es el don del Espíritu Santo el que capacita para la misión y fortalece nuestro testimonio, haciéndolo franco y valeroso” (Papa Benedicto XVI, PF n° 10).
                                                                                             
  1. Ejemplos de fe:
Un gran modelo de fe, en el Antiguo Testamento es el gran Abraham. “Por la fe… obedeciendo al llamado de Dios, partió hacia el lugar que iba a recibir en herencia, sin saber a dónde iba…, vivió como extranjero en la Tierra prometida, habitando en carpas, lo mismo que Isaac y Jacob, herederos con él de la misma promesa…, cuando fue puesto a prueba, presentó a Isaac como ofrenda… y lo ofreció, porque pensaba que Dios tenía poder, aun para resucitar a los muertos. Por eso recuperó a su hijo, y esto fue como un símbolo” (Hbr 11,8-9.17.19).

  1. La fe en nuestra vida:
Nosotros también podemos tener un corazón verdaderamente creyente. Es importante que nos preguntemos: ¿Qué lugar ocupa la fe en mi vida? ¿Conozco a Dios, lo escucho, acepto su misterio? ¿Tengo esa mirada profunda propia de la fe?
Más aún, sabiendo que la fe sin obras está muerta (Cf. Sant 2,17), ¿Quiero obedecer su voluntad? ¿Me fío de Él o confío más en mis fuerzas?
La fe, debe ser íntegra, completa, que inunde toda la vida del cristiano. Para eso, es importante que la conozcamos (credo), que la celebremos (liturgia, misa), que la vivamos (mandamientos) y que dialoguemos con Dios (oración).

Conclusión:
Le pedimos al Señor nos ayude a tener nuestra lámpara encendida (Cf. Lc 12,35) para que nos ilumine siempre el caminar hacia Él.