La virtud de la fe
Introducción:
La fe es la luz que puede “iluminar toda la existencia del hombre” (Papa Francisco, LF
n°4). Y, como esa luz es “tan potente, no
puede provenir de nosotros mismos; ha de venir de una fuente más
primordial, tiene que venir, en definitiva, de Dios” (Ídem). Es la lámpara encendida que Jesús quiere que
tengamos para estar en vela y preparados a su llegada (Cf. Lc 12,35).
- La fe:
Esta
virtud es un don de Dios, un hábito que Dios infunde en nuestra alma para que
aceptemos la Palabra que nos da la Vida Eterna y así, conozcamos el amor de
Dios que nos salva. Es el comienzo de Vida Eterna por la certeza de lo que esperamos:
“La
fe es la garantía de los bienes que se esperan, la plena certeza de las
realidades que no se ven. Por ella nuestros antepasados fueron considerados
dignos de aprobación” (Hbr 11,1-2).
“El apóstol Pablo nos ayuda a entrar dentro de esta realidad
cuando escribe: «con el corazón se cree
y con los labios se profesa» (cf. Rm 10, 10). El corazón indica que
el primer acto con el que se llega a la fe es don de Dios y acción de la gracia
que actúa y transforma a la persona hasta en lo más íntimo.
A este propósito, el ejemplo de Lidia es muy elocuente.
Cuenta san Lucas que Pablo, mientras se encontraba en Filipos, fue un sábado a
anunciar el Evangelio a algunas mujeres; entre estas estaba Lidia y el «Señor
le abrió el corazón para que aceptara lo que decía Pablo» (Hch 16, 14).
El sentido que encierra la expresión es importante. San Lucas enseña que el conocimiento de los contenidos que se
han de creer no es suficiente si después el corazón, auténtico sagrario de la persona, no está abierto por la gracia que permite tener
ojos para mirar en profundidad y comprender que lo que se
ha anunciado es la Palabra de Dios.
Profesar con la boca indica, a su vez, que la fe implica un testimonio y un compromiso público. El
cristiano no puede pensar nunca que creer es un hecho privado. La fe es
decidirse a estar con el Señor para vivir con él. Y este «estar con él» nos
lleva a comprender las razones por las que se cree. La fe, precisamente porque
es un acto de la libertad, exige también la responsabilidad social de lo que se cree. La Iglesia en el día de
Pentecostés muestra con toda evidencia esta dimensión pública del creer y del
anunciar a todos sin temor la propia fe. Es el don del Espíritu Santo el que capacita para la misión y fortalece
nuestro testimonio, haciéndolo franco y valeroso” (Papa Benedicto XVI, PF n°
10).
- Ejemplos de fe:
Un gran modelo de fe, en el Antiguo Testamento es el gran
Abraham. “Por la fe… obedeciendo al llamado de Dios, partió
hacia el lugar que iba a recibir en herencia,
sin saber a dónde iba…, vivió como extranjero en la Tierra prometida, habitando en carpas, lo mismo
que Isaac y Jacob, herederos con él de la misma promesa…, cuando fue puesto
a prueba, presentó a Isaac como
ofrenda… y lo ofreció, porque pensaba que Dios tenía poder, aun para resucitar a los
muertos. Por eso recuperó a su hijo, y esto fue como un símbolo” (Hbr
11,8-9.17.19).
- La fe en nuestra vida:
Nosotros también podemos tener un corazón verdaderamente
creyente. Es importante que nos preguntemos: ¿Qué lugar ocupa la fe en mi
vida? ¿Conozco a Dios, lo escucho, acepto su misterio? ¿Tengo esa mirada
profunda propia de la fe?
Más aún, sabiendo que la fe sin obras está muerta (Cf. Sant
2,17), ¿Quiero obedecer su voluntad? ¿Me fío de Él o confío más en mis fuerzas?
La fe, debe ser íntegra, completa, que inunde toda la vida
del cristiano. Para eso, es importante que la conozcamos (credo), que la
celebremos (liturgia, misa), que la vivamos (mandamientos) y que dialoguemos
con Dios (oración).
Conclusión:
Le pedimos al Señor nos ayude a tener nuestra lámpara
encendida (Cf. Lc 12,35) para que nos ilumine siempre el caminar hacia Él.