Homilía Domingo XXII Tiempo Ordinario Ciclo C


La humildad


Introducción:
La Palabra de Dios, en muchas ocasiones nos enseña el gran desafío de seguir al Señor Jesús de cerca. Para ello hay que practicar las virtudes. Las lecturas de hoy nos hablan de una muy especial: la humildad.

  1. ¿Una virtud importante?:
En el Antiguo Testamento, el Libro del Eclesiástico nos dice: “Cuanto más grande seas, más humilde debes ser, y así obtendrás el favor del Señor” (Eclo 3,18). Es otra versión de las Palabras de Jesús: “El que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado” (Lc 14,11).
¿Grandeza y favor del Señor se relacionan con la humildad? Sí, ya que Dios que es infinito en su misericordia, quiere llenar de bienes a los pequeños, es decir a los humildes, porque éstos reconocen su pequeñez mientras que los soberbios la esconden.
El humilde “recibe luces para entender su pequeñez y su miseria, principalmente con relación a Dios. Por eso para santa Teresa "la humildad es andar en verdad; que lo es muy grande no tener cosa buena de nosotros, sino la miseria y ser nada; y quien esto no entiende anda en mentira"” (Jesús Martí Ballester). El humilde se da cuenta de que “la gloria de todo lo bueno que tiene el hombre, pertenece a Dios.” (Jesús Martí Ballester).
“El edificio de la vida espiritual, todo ha de ir fundado en humildad. Por eso mientras más cercanos a Dios por la oración, más perfecta ha de ser esta virtud, y si no, va todo perdido. Todo el cimiento de la oración va fundado en humildad, y mientras más se abaja un alma y se empequeñece en la oración, más la ensalza Dios” (Santa Teresa, «Moradas Séptimas», 4, 9.).

  1. Para ser humilde:
Ante todo, hay que recordar que, la virtud no es imposible. También es importante saber que “aparecer ante los demás como humildes es relativamente fácil. Serlo de veras, matar el amor propio, enterrarlo bien enterrado muchos metros bajo la tierra, sobrepuja las humanas posibilidades” (Jesús Martí Ballester). Por eso habrá que pedirle a Dios esta virtud con insistencia y hacer todo lo posible por crecer en ella.
Algunos consejos[1]:
- Para ser humilde es necesario, mirarme a mí mismo, de cara a Dios y no de cara a los hombres.
- Aceptar que soy pequeño ante la grandeza de Dios. Reconocer que yo valgo no por mí mismo, sino porque soy hijo de Dios, porque vengo de Él.
- Pensar que cualquier cualidad que tenga, todas se las debo solamente a Dios. Si realmente abrazo en mi corazón esta idea, no puede caber en mi alma, el orgullo, la soberbia, el amor propio.
- Pensar también que los defectos que tengo, son porque la naturaleza humana es imperfecta. Todos los hombres tienen defectos. Lo que es importante es aceptarlos y no negarlos y después trabajar, y luchar por mejorarlos.
- La santidad consiste exactamente en aprovechar esas cualidades que Dios me dio para hacer su voluntad, para hacer el bien y para en trabajar en mis defectos que son obstáculo para lograr esto, dejando a Dios libertad para hacer su obra de salvación.

  1. Mirar a Cristo:
Finalmente, pero en realidad, principalmente, como en toda nuestra vida cristiana, lo más importante es contemplar al Señor Jesús, ya que amando sus virtudes tendremos la luz y la fortaleza para imitarlo: “Fortalecerá el deseo de ser humildes la amorosa contemplación de Cristo humilde antes de nacer, en su nacimiento, en su vida oculta de Nazaret. Él es un pobre aldeano, un obrero manual, sin estudios en Academias ni Universidades, sin dejar traslucir un solo rayo de su Divinidad. La humildad de Jesús en su vida pública. Escoge sus discípulos entre los más ignorantes y rudos; pescadores y un publicano. Busca y prefiere a los pobres, a los pecadores, a los afligidos, a los niños... Vive pobremente, predica con sencillez, enseña con ejemplos populares […]. «Cristo no hizo alarde de su categoría de Dios. Tomó condición de esclavo pasando por uno de tantos» (Flp 2, 7) […]. ¿Un Cristo escupido y tú te exaltas?” (Jesús Martí Ballester).

Conclusión:
Nuestra Madre nos conceda crecer en esta virtud que, junto con la fe, está en el cimiento de la vida espiritual. Nada se construye verdaderamente sin ambas virtudes.


[1] Tomados de Catholic.net