La verdadera riqueza
Introducción:
¡Insensato! ¿Para
quién será lo que has amontonado? (Cf. Lc 12,20) dice Dios al que acumula
el falso tesoro. Porque en realidad, hay un tesoro bueno y verdadero, que vale
la pena acumular y otro que no…
- La verdadera riqueza:
Nuestro Señor, en el Evangelio, habla de dos tipos de
riquezas: una que merece una queja de Dios y otra que le agrada. Jesús lo dice
sencillamente: por un lado está el que “acumula
riquezas para sí”; por otro, el que “es
rico a los ojos de Dios.”
Es inevitable recordar aquí las palabras de San Agustín: “Dos amores construyeron dos ciudades: el
amor de Dios hasta el desprecio de uno mismo, la ciudad de Dios; el amor de uno
mismo hasta el desprecio de Dios, la ciudad terrena” (San Agustín, La
Ciudad de Dios, 14,28).
En el fondo, la cuestión de la verdadera riqueza está en el
corazón del hombre: si ama a Dios y a los demás, si usa de sus bienes virtuosamente,
si vence el egoísmo en todas sus formas… acumula un tesoro ante Dios. Por el
contrario, si se apega a los bienes de este mundo, si se busca a sí mismo
olvidando a los demás u olvidando a Dios… está acumulando una falsa riqueza
que, tarde o temprano, perderá:
“¿para quién será lo que has amontonado?”
- Sentido de los bienes materiales:
A su vez, el Evangelio plantea el sentido que tienen los
bienes materiales: ¿para qué están? El Catecismo nos enseña que “el mundo ha
sido creado para gloria de Dios, el cual ha querido manifestar y comunicar su
bondad, verdad y belleza. El fin último de la Creación es que Dios, en Cristo,
pueda ser «todo en todos» (1 Co 15, 28), para gloria suya y para nuestra
felicidad.
«Porque la gloria de Dios es el que el hombre viva, y la
vida del hombre es la visión de Dios» (San Ireneo de Lyon)” (CATIC
Compendio 53).
De ahí que el cristiano, iluminado por la fe, descubre en
las cosas materiales un sentido oculto. En todas las realidades de este mundo,
el hombre debe colaborar con la obra divina: “Dios otorga y pide al hombre,
respetando su libertad, que colabore con la Providencia mediante sus acciones,
sus oraciones, pero también con sus sufrimientos, suscitando en el hombre «el
querer y el obrar según sus misericordiosos designios» (Flp 2, 13)”
(CATIC Compendio 56).
- La regla de San Ignacio:
Al comienzo de sus Ejercicios Espirituales, San Ignacio de
Loyola enseña una muy sabia regla de vida cristiana, a la que podríamos titular
“Regla del Tanto Cuanto”:
“El
hombre es criado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor y,
mediante esto, salvar su ánima; y las otras cosas sobre la haz de la tierra son
criadas para el hombre, y para que le ayuden en la prosecución del fin para que
es criado. De donde se sigue, que el hombre tanto ha de usar dellas, quanto le
ayudan para su fin, y tanto debe quitarse dellas, quanto para ello le impiden.
Por lo qual es menester hacernos indiferentes a todas las cosas criadas, en
todo lo que es concedido a la libertad de nuestro libre albedrío, y no le está
prohibido; en tal manera, que no queramos de nuestra parte más salud que
enfermedad, riqueza que pobreza, honor que deshonor, vida larga que corta, y
por consiguiente en todo lo demás; solamente deseando y eligiendo lo que más nos conduce para el fin que somos
criados” (San Ignacio de Loyola, Principio y Fundamento).
Conclusión:
Recurrimos a nuestra Madre del Cielo, la Virgen, pidiéndole
la sabiduría de descubrir el verdadero sentido de las cosas que nos rodean para
que, recibiendo todo como don de Dios, podamos ofrecerlo y ofrecernos a su
servicio, siendo ricos a sus ojos divinos.