Homilía Domingo XVIII Tiempo Ordinario Ciclo C

La verdadera riqueza

Introducción:
¡Insensato! ¿Para quién será lo que has amontonado? (Cf. Lc 12,20) dice Dios al que acumula el falso tesoro. Porque en realidad, hay un tesoro bueno y verdadero, que vale la pena acumular y otro que no…

  1. La verdadera riqueza:
Nuestro Señor, en el Evangelio, habla de dos tipos de riquezas: una que merece una queja de Dios y otra que le agrada. Jesús lo dice sencillamente: por un lado está el que “acumula riquezas para sí”; por otro, el que “es rico a los ojos de Dios.”
Es inevitable recordar aquí las palabras de San Agustín: “Dos amores construyeron dos ciudades: el amor de Dios hasta el desprecio de uno mismo, la ciudad de Dios; el amor de uno mismo hasta el desprecio de Dios, la ciudad terrena” (San Agustín, La Ciudad de Dios, 14,28).
En el fondo, la cuestión de la verdadera riqueza está en el corazón del hombre: si ama a Dios y a los demás, si usa de sus bienes virtuosamente, si vence el egoísmo en todas sus formas… acumula un tesoro ante Dios. Por el contrario, si se apega a los bienes de este mundo, si se busca a sí mismo olvidando a los demás u olvidando a Dios… está acumulando una falsa riqueza que, tarde o temprano, perderá:
“¿para quién será lo que has amontonado?

  1. Sentido de los bienes materiales:
A su vez, el Evangelio plantea el sentido que tienen los bienes materiales: ¿para qué están? El Catecismo nos enseña que “el mundo ha sido creado para gloria de Dios, el cual ha querido manifestar y comunicar su bondad, verdad y belleza. El fin último de la Creación es que Dios, en Cristo, pueda ser «todo en todos» (1 Co 15, 28), para gloria suya y para nuestra felicidad.
«Porque la gloria de Dios es el que el hombre viva, y la vida del hombre es la visión de Dios» (San Ireneo de Lyon)” (CATIC Compendio 53).
De ahí que el cristiano, iluminado por la fe, descubre en las cosas materiales un sentido oculto. En todas las realidades de este mundo, el hombre debe colaborar con la obra divina: “Dios otorga y pide al hombre, respetando su libertad, que colabore con la Providencia mediante sus acciones, sus oraciones, pero también con sus sufrimientos, suscitando en el hombre «el querer y el obrar según sus misericordiosos designios» (Flp 2, 13)” (CATIC Compendio 56).

  1. La regla de San Ignacio:
Al comienzo de sus Ejercicios Espirituales, San Ignacio de Loyola enseña una muy sabia regla de vida cristiana, a la que podríamos titular “Regla del Tanto Cuanto”:
El hombre es criado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor y, mediante esto, salvar su ánima; y las otras cosas sobre la haz de la tierra son criadas para el hombre, y para que le ayuden en la prosecución del fin para que es criado. De donde se sigue, que el hombre tanto ha de usar dellas, quanto le ayudan para su fin, y tanto debe quitarse dellas, quanto para ello le impiden. Por lo qual es menester hacernos indiferentes a todas las cosas criadas, en todo lo que es concedido a la libertad de nuestro libre albedrío, y no le está prohibido; en tal manera, que no queramos de nuestra parte más salud que enfermedad, riqueza que pobreza, honor que deshonor, vida larga que corta, y por consiguiente en todo lo demás; solamente deseando y eligiendo lo que más nos conduce para el fin que somos criados(San Ignacio de Loyola, Principio y Fundamento).

Conclusión:
Recurrimos a nuestra Madre del Cielo, la Virgen, pidiéndole la sabiduría de descubrir el verdadero sentido de las cosas que nos rodean para que, recibiendo todo como don de Dios, podamos ofrecerlo y ofrecernos a su servicio, siendo ricos a sus ojos divinos.