Homilía Domingo XXI Tiempo Ordinario Ciclo C


Dios nos envía


Introducción:
La voluntad de Dios es tan importante, por ser el camino de la felicidad, que nos toca en lo profundo del corazón, si podemos aceptarla con humildad y fe. Lo que Dios quiere nos influye. 

  1. Dios quiere que todos se salven:
Bien sabemos que el Hijo de Dios no se anonadó y murió en la cruz para pocos, sino por todos. Incluso, ya en el Antiguo Testamento, Isaías era testigo de este amor universal de Dios: “Yo mismo vendré a reunir a todas las naciones y a todas las lenguas, y ellas vendrán y verán mi gloria” (Is 66,18).
Éste es el deseo de Dios: “Que todos se salven y lleguen al conocimiento de la Verdad” (1Tim 2,4). Los demás Apóstoles recuerdan la misma verdad: San Juan remarca que Cristo expió por los pecados de todos (Cf. 1Jn 2,2), San Pedro habla de la paciencia de Dios para la conversión de los pecadores (Cf. 2Pd 3,9).  

  1. Sus misioneros:
Este deseo de Dios, nos toca a nosotros, ya que Él nos ha elegido como instrumentos suyos. Por el bautismo, tenemos esta misión, cada uno a su modo, según sus posibilidades… De tal manera que el deseo de Dios se hace nuestra oración en el salmo 116: “Alaben al Señor, todas las naciones, glorifíquenlo, todos los pueblos”.
Pensemos entonces: ¿qué hago como misionero de Cristo? ¿De qué modos intento en mi vida transmitir la fe a otros? ¿O acaso no hago nada por miedo, comodidad, pereza…?
“El compromiso misionero de los creyentes saca fuerza y vigor del descubrimiento cotidiano de su amor, que nunca puede faltar. La fe, en efecto, crece cuando se vive como experiencia de un amor que se recibe y se comunica como experiencia de gracia y gozo. Nos hace fecundos, porque ensancha el corazón en la esperanza y permite dar un testimonio fecundo: en efecto, abre el corazón y la mente de los que escuchan para acoger la invitación del Señor a aceptar su Palabra para ser sus discípulos. Como afirma san Agustín, los creyentes «se fortalecen creyendo» (San Agustín, De utilitate credendi, 1, 2)” (Benedicto XVI, Porta Fidei n° 7).

  1. La fe que crece:
Siempre será importante examinar nuestro crecimiento en la fe. Respecto a nuestra vida interior, es necesario remarcar la importancia de la oración, los sacramentos y el esfuerzo por dejarnos transformar por Dios: “Traten de entrar por la puerta estrecha, porque les aseguro que muchos querrán entrar y no lo conseguirán” (Lc 13,24). Y la Carta a los Hebreos decía también: “que recobren su vigor las manos que desfallecen y las rodillas que flaquean… avancen por un camino llano” (Hbr 12,12-13).
Para esto es necesario tener una profunda cercanía con el Señor, de tal modo que nuestra oración no sea de menor importancia que el trato que tenemos con amigos, familiares, seres queridos… Si tenemos fe en que Dios nos oye y nos habla, debe notarse en nuestros tiempos de oración. Esta misma fe, nos hace también encontrar al Señor escondido en sus sacramentos.
Además, en el plano exterior, nuestra fe necesita darse, necesita “salir”  de nosotros y contagiar a los demás. No podemos “limitar” el deseo de Dios, ya que Él quiere que todos conozcan al Salvador, y para eso nos envía a nosotros. De aquí que, crecer en la fe, no sólo debe ser un propósito personal, individual, sino un deber con Dios que tenemos para con los demás.

Conclusión:
Pedimos a la Virgen que todos podamos animarnos a hacer algo por el Reino de Dios, trabajar de algún modo en Su viña, para que nuestra fe crezca en el contacto con Jesús y al darla a los demás.