Dios nos envía
Introducción:
La voluntad de Dios
es tan importante, por ser el camino de la felicidad, que nos toca en lo profundo del corazón, si podemos
aceptarla con humildad y fe. Lo que Dios quiere nos influye.
- Dios quiere que todos se salven:
Bien sabemos que el Hijo de Dios no se anonadó y murió en la
cruz para pocos, sino por todos. Incluso, ya en el Antiguo Testamento, Isaías
era testigo de este amor universal de Dios: “Yo mismo vendré a reunir a todas
las naciones y a todas las lenguas, y ellas vendrán y verán mi gloria”
(Is 66,18).
Éste es el deseo de Dios: “Que todos se salven y lleguen al
conocimiento de la Verdad” (1Tim 2,4). Los demás Apóstoles recuerdan la
misma verdad: San Juan remarca que Cristo expió por los pecados de todos (Cf.
1Jn 2,2), San Pedro habla de la paciencia de Dios para la conversión de los
pecadores (Cf. 2Pd 3,9).
- Sus misioneros:
Este deseo de Dios, nos toca a nosotros, ya que Él nos ha
elegido como instrumentos suyos. Por el bautismo,
tenemos esta misión, cada uno a su modo, según sus posibilidades… De tal manera
que el deseo de Dios se hace nuestra oración en el salmo 116: “Alaben
al Señor, todas las naciones, glorifíquenlo, todos los pueblos”.
Pensemos entonces: ¿qué hago como misionero de Cristo? ¿De
qué modos intento en mi vida transmitir la fe a otros? ¿O acaso no hago nada
por miedo, comodidad, pereza…?
“El
compromiso misionero de los creyentes saca fuerza y vigor del descubrimiento
cotidiano de su amor, que nunca puede faltar. La fe, en efecto, crece cuando se
vive como experiencia de un amor que se recibe y se comunica como experiencia
de gracia y gozo. Nos hace fecundos, porque ensancha el corazón en la esperanza
y permite dar un testimonio fecundo: en efecto, abre el corazón y la mente de
los que escuchan para acoger la invitación del Señor a aceptar su Palabra para
ser sus discípulos. Como afirma san Agustín, los creyentes «se fortalecen
creyendo» (San Agustín, De utilitate credendi, 1, 2)” (Benedicto XVI, Porta
Fidei n° 7).
- La fe que crece:
Siempre
será importante examinar nuestro crecimiento en la fe. Respecto a nuestra vida interior, es necesario remarcar la
importancia de la oración, los sacramentos y el esfuerzo por dejarnos transformar por Dios: “Traten de entrar por la puerta
estrecha, porque les aseguro que muchos querrán entrar y no lo conseguirán”
(Lc 13,24). Y la Carta a los Hebreos decía también: “que recobren su vigor las manos que desfallecen y las rodillas que
flaquean… avancen por un camino llano” (Hbr 12,12-13).
Para
esto es necesario tener una profunda
cercanía con el Señor, de tal modo que nuestra oración no sea de menor importancia
que el trato que tenemos con amigos, familiares, seres queridos… Si tenemos fe en que Dios nos oye y nos
habla, debe notarse en nuestros tiempos de oración. Esta misma fe, nos hace también encontrar al Señor escondido en sus
sacramentos.
Además,
en el plano exterior, nuestra fe
necesita darse, necesita “salir” de
nosotros y contagiar a los demás. No podemos “limitar” el deseo de Dios, ya
que Él quiere que todos conozcan al Salvador, y para eso nos envía a nosotros.
De aquí que, crecer en la fe, no sólo
debe ser un propósito personal, individual, sino un deber con Dios que tenemos
para con los demás.
Conclusión:
Pedimos a la Virgen que todos podamos animarnos a hacer algo por el Reino de Dios, trabajar de algún modo
en Su viña, para que nuestra fe crezca
en el contacto con Jesús y al darla a los demás.