Fisonomía espiritual
Introducción:
De todos los aspectos que tiene nuestra vida de cara a Dios,
las lecturas de este domingo nos presentan tres muy importantes, tres actitudes que debe reflejar la
fisonomía espiritual de cada cristiano.
- Correr:
La Carta a los Hebreos nos presenta la vida como una carrera: “corramos resueltamente” (Hbr 12,1).
Nuestra vida es como una carrera porque es un ir hacia un objetivo, una meta.
Estamos o debemos estar siempre en
dirección hacia Dios.
Y vamos hacia Él no como quien pasea, sino con el impulso, el ardor y energía de los
que se esfuerza en la carrera. Así hay que vivir como cristiano, con el
deseo de quien quiere vencer todo. A lo cual hay que agregarle la paciencia de
poder aceptar la propia capacidad.
Para esto, es menester quitarse
el peso, despojarse de todo lo que estorba (Cf. Hbr 12,1) para estar más
libres y ágiles. Y lo que nos hace peso es, de un modo u otro, siempre el
pecado que nos dificulta o impide la carrera.
Finalmente, en esta carrera espiritual, hay que entrenar las dos piernas, como sucede
con los corredores atléticos. Y en este caso, nuestras dos piernas significan las obras de amor a Dios y al prójimo,
ya que con ambos nos acercamos al Señor, nuestra meta.
- Combatir:
Como segunda actitud de nuestra vida espiritual, el Santo
Profeta Jeremías nos muestra que debemos
combatir. En la lectura del domingo se lo presenta como pacífica víctima de
sus enemigos: él no se defiende.
Sin embargo, a lo largo de su vida, su combate espiritual
fue decisivo. Se enfrentó, por un lado, a sus propias limitaciones para poder
acceder al llamado de Dios; por otro, se enfrentó a oídos que no quisieron
escuchar su mensaje: “Que este hombre sea condenado a muerte, porque con
semejantes discursos desmoraliza a los hombres de guerra” (Jer 38,4).
A nosotros también, muchos son los obstáculos que nos salen
al encuentro: dificultades, limitaciones,
tentaciones. San Pablo enseñaba la importancia y necesidad de este combate:
“Nuestra lucha no es contra enemigos
de carne y sangre, sino contra los Principados y Potestades, contra los
Soberanos de este mundo de tinieblas, contra los espíritus del mal que habitan
en el espacio. Por lo tanto, tomen la armadura de Dios, para que puedan
resistir en el día malo y mantenerse firmes después de haber superado todos los
obstáculos. Permanezcan de pie, ceñidos con el cinturón de la verdad y
vistiendo la justicia como coraza. Calcen sus pies con el celo para propagar la
Buena Noticia de la paz. Tengan siempre en la mano el escudo de la fe, con el
que podrán apagar todas las flechas encendidas del Maligno. Tomen el casco de
la salvación y la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios.” (Ef
6,12-17).
Este combatir está
relacionado con la necesidad de ser fieles al Señor, tanto en las buenas
como en las malas, de poder mantener nuestro “amén”, que significa “la solidez,
la fiabilidad, la fidelidad” (CATIC 1062).
- Contemplar:
Finalmente, pero que en realidad es lo más importante y lo
primero, de lo cual brota todo lo demás, nuestra
vida es un mirar a Jesús, que inicia
y consuma nuestra fe, porque nos la da, nos la regala y nos hace llegar
a su perfección: “fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe, Jesús.”
(Hbr 12,2).
Este contemplar, con los ojos del alma, es de vital
necesidad y requiere tiempo de intimidad
con el Señor, tiempo de silenciosa escucha de su Palabra, tiempo de Sagrario… para
que nos vaya contagiando su vida de Hijo.
A este contemplar se llega, yendo por el camino de la oración perseverante. Ese camino de
oración que se aprende con las oraciones vocales, los salmos por ejemplo, el
Padrenuestro y las oraciones litúrgicas y que se profundiza con la meditación,
la lectio divina, para quedarse luego en “una sencilla mirada lanzada hacia el
cielo” (Santa Teresita citada en CATIC 2558).
Conclusión:
Le rogamos a la Virgen nos dé el entusiasmo de vivir como
cristianos, con la agilidad del
corredor, con la fuerza del
combatiente y con el amor del que
contempla.