Homilía Domingo XX Tiempo Ordinario Ciclo C


Fisonomía espiritual


Introducción:
De todos los aspectos que tiene nuestra vida de cara a Dios, las lecturas de este domingo nos presentan tres muy importantes, tres actitudes que debe reflejar la fisonomía espiritual de cada cristiano.

  1. Correr:
La Carta a los Hebreos nos presenta la vida como una carrera: “corramos resueltamente” (Hbr 12,1). Nuestra vida es como una carrera porque es un ir hacia un objetivo, una meta. Estamos o debemos estar siempre en dirección hacia Dios.
Y vamos hacia Él no como quien pasea, sino con el impulso, el ardor y energía de los que se esfuerza en la carrera. Así hay que vivir como cristiano, con el deseo de quien quiere vencer todo. A lo cual hay que agregarle la paciencia de poder aceptar la propia capacidad.
Para esto, es menester quitarse el peso, despojarse de todo lo que estorba (Cf. Hbr 12,1) para estar más libres y ágiles. Y lo que nos hace peso es, de un modo u otro, siempre el pecado que nos dificulta o impide la carrera.
Finalmente, en esta carrera espiritual, hay que entrenar las dos piernas, como sucede con los corredores atléticos. Y en este caso, nuestras dos piernas significan las obras de amor a Dios y al prójimo, ya que con ambos nos acercamos al Señor, nuestra meta.

  1. Combatir:
Como segunda actitud de nuestra vida espiritual, el Santo Profeta Jeremías nos muestra que debemos combatir. En la lectura del domingo se lo presenta como pacífica víctima de sus enemigos: él no se defiende.
Sin embargo, a lo largo de su vida, su combate espiritual fue decisivo. Se enfrentó, por un lado, a sus propias limitaciones para poder acceder al llamado de Dios; por otro, se enfrentó a oídos que no quisieron escuchar su mensaje: “Que este hombre sea condenado a muerte, porque con semejantes discursos desmoraliza a los hombres de guerra” (Jer 38,4).
A nosotros también, muchos son los obstáculos que nos salen al encuentro: dificultades, limitaciones, tentaciones. San Pablo enseñaba la importancia y necesidad de este combate: “Nuestra lucha no es contra enemigos de carne y sangre, sino contra los Principados y Potestades, contra los Soberanos de este mundo de tinieblas, contra los espíritus del mal que habitan en el espacio. Por lo tanto, tomen la armadura de Dios, para que puedan resistir en el día malo y mantenerse firmes después de haber superado todos los obstáculos. Permanezcan de pie, ceñidos con el cinturón de la verdad y vistiendo la justicia como coraza. Calcen sus pies con el celo para propagar la Buena Noticia de la paz. Tengan siempre en la mano el escudo de la fe, con el que podrán apagar todas las flechas encendidas del Maligno. Tomen el casco de la salvación y la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios.” (Ef 6,12-17).
Este combatir está relacionado con la necesidad de ser fieles al Señor, tanto en las buenas como en las malas, de poder mantener nuestro “amén”, que significa “la solidez, la fiabilidad, la fidelidad” (CATIC 1062).

  1. Contemplar:
Finalmente, pero que en realidad es lo más importante y lo primero, de lo cual brota todo lo demás, nuestra vida es un mirar a Jesús, que inicia  y consuma nuestra fe, porque nos la da, nos la regala y nos hace llegar a su perfección: “fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe, Jesús.” (Hbr 12,2).
Este contemplar, con los ojos del alma, es de vital necesidad y requiere tiempo de intimidad con el Señor, tiempo de silenciosa escucha de su Palabra, tiempo de Sagrario… para que nos vaya contagiando su vida de Hijo.
A este contemplar se llega, yendo por el camino de la oración perseverante. Ese camino de oración que se aprende con las oraciones vocales, los salmos por ejemplo, el Padrenuestro y las oraciones litúrgicas y que se profundiza con la meditación, la lectio divina, para quedarse luego en “una sencilla mirada lanzada hacia el cielo” (Santa Teresita citada en CATIC 2558).

Conclusión:
Le rogamos a la Virgen nos dé el entusiasmo de vivir como cristianos, con la agilidad del corredor, con la fuerza del combatiente y con el amor del que contempla.