Homilía Domingo XXIII Tiempo Ordinario Ciclo C


La Fuerza de lo Alto


Introducción:
Para los cristianos que queremos seguir al Señor de cerca, quizás más de una vez habremos experimentado la sensación de no poder. Quizás hemos padecido lo que explica el gran apóstol San Pablo: “el deseo de hacer el bien está a mi alcance, pero no el realizarlo. Y así, no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero […]. Porque de acuerdo con el hombre interior, me complazco en la Ley de Dios, pero observo que hay en mis miembros otra ley que lucha contra la ley de mi razón y me ata a la ley del pecado que está en mis miembros” (Rm 7,18-19.22-23).
Ojala también experimentemos su conclusión: “¡Ay de mí! ¿Quién podrá librarme de este cuerpo que me lleva a la muerte? ¡Gracias a Dios, por Jesucristo, nuestro Señor!” (Rm 7, 24-25).

  1. Camino imposible:
Seguir a Jesús de cerca, como Él quiere es, para nuestra fuerza humana, simplemente imposible: “Para los hombres esto es imposible” (Mt 18,26), pero continúa Nuestro Señor: “pero para Dios todo es posible.
Si meditamos las exigencias del Evangelio de este domingo nos daremos cuenta la altura de santidad que Dios quiere para nosotros:
  • “Cualquiera que venga a Mí y no me ame más que a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta a su propia vida, no puede ser mi discípulo” (Lc 14,26).
  • “El que no carga con su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo” (Lc 14,27).
  • “Cualquiera de ustedes que no renuncie a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo” (Lc 14,33).
¿Podemos vivir así? ¿Amamos a Dios tanto? Sin duda que cada uno tiene su modo de ejercitarlo según su propia vocación, pero todos estamos llamados a amar a Dios sobre todas las cosas. ¿Es posible?

  1. Una posibilidad:
Un sabio del Antiguo Testamento se preguntaba: “Y ¿quién habría conocido tu voluntad si Tú mismo no hubieras dado la Sabiduría y enviado desde lo alto tu Santo Espíritu? Así se enderezaron los caminos de los que están sobre la tierra, así aprendieron los hombres lo que te agrada y, por la Sabiduría, fueron salvados»” (sab 9,17-18).
Dios hace que sea posible lo que nosotros no podemos hacer. Hace falta fe en el poder y en el amor de Dios. Por eso dice San Pablo: “El justo vivirá por la fe” (Rm 1,17). ¿Creemos en el poder de Dios? ¿Confiamos en Él? Esta fe es la que hace posible la santidad y la que agrada a Dios. Pensemos en cómo el Espíritu Santo transformó a los Apóstoles en Pentecostés.

  1. Sacramento de fortaleza:
De hecho, tenemos en la Iglesia un Sacramento especialmente relacionado con el Espíritu Santo y con la virtud de la fortaleza, que nos hace capaces de ser fieles a la voluntad de Dios en toda nuestra vida.
“El efecto de la Confirmación es la especial efusión del Espíritu Santo, tal como sucedió en Pentecostés. Esta efusión imprime en el alma un carácter indeleble y otorga un crecimiento de la gracia bautismal; arraiga más profundamente la filiación divina; une más fuertemente con Cristo y con su Iglesia; fortalece en el alma los dones del Espíritu Santo; concede una fuerza especial para dar testimonio de la fe cristiana” (CATIC Compendio 268).
Nosotros también necesitamos continuamente la Fuerza de lo Alto, recibiendo o renovando continuamente este hermoso Sacramento de la Confirmación. La oración frecuente al Espíritu Santo es importante y necesaria. Ser dóciles a Él es el camino seguro de salvación.

Conclusión:
Le pedimos a la Virgen Santísima nos conceda perseverar en el camino del Señor, pidiendo y confiando siempre en la obra que el Espíritu Santo quiere hacer en nosotros.