La Fuerza de lo Alto
Introducción:
Para los cristianos que queremos seguir al Señor de cerca,
quizás más de una vez habremos experimentado la sensación de no poder. Quizás
hemos padecido lo que explica el gran apóstol San Pablo: “el deseo de hacer el bien está a mi alcance, pero
no el realizarlo. Y así, no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero
[…]. Porque de acuerdo con el hombre interior, me complazco en la Ley de Dios,
pero observo que hay en mis miembros otra ley que lucha contra la ley de mi
razón y me ata a la ley del pecado que está en mis miembros” (Rm 7,18-19.22-23).
Ojala
también experimentemos su conclusión: “¡Ay de mí! ¿Quién podrá librarme de este
cuerpo que me lleva a la muerte? ¡Gracias a Dios, por Jesucristo, nuestro
Señor!” (Rm 7, 24-25).
- Camino imposible:
Seguir a Jesús de
cerca, como Él quiere es, para nuestra
fuerza humana, simplemente imposible: “Para los hombres esto es
imposible” (Mt 18,26), pero continúa
Nuestro Señor: “pero para Dios
todo es posible.”
Si meditamos las
exigencias del Evangelio de este domingo nos daremos cuenta la altura de santidad que Dios quiere
para nosotros:
- “Cualquiera que venga a Mí y no me ame más que a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta a su propia vida, no puede ser mi discípulo” (Lc 14,26).
- “El que no carga con su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo” (Lc 14,27).
- “Cualquiera de ustedes que no renuncie a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo” (Lc 14,33).
¿Podemos vivir así? ¿Amamos a Dios tanto? Sin duda que cada
uno tiene su modo de ejercitarlo según su propia vocación, pero todos estamos llamados a amar a Dios
sobre todas las cosas. ¿Es posible?
- Una posibilidad:
Un sabio del Antiguo Testamento se preguntaba: “Y ¿quién habría conocido tu voluntad si Tú mismo no hubieras dado la Sabiduría
y enviado desde lo alto tu Santo
Espíritu? Así se enderezaron los caminos de los que están sobre la tierra,
así aprendieron los hombres lo que te agrada y, por la Sabiduría, fueron
salvados»” (sab 9,17-18).
Dios hace que sea posible lo que nosotros no podemos hacer.
Hace falta fe en el poder y en el amor de Dios. Por eso dice San Pablo: “El
justo vivirá por la fe” (Rm 1,17). ¿Creemos en el poder de Dios? ¿Confiamos en
Él? Esta fe es la que hace posible la santidad y la que agrada a Dios. Pensemos
en cómo el Espíritu Santo transformó a los Apóstoles en Pentecostés.
- Sacramento de fortaleza:
De hecho, tenemos en la Iglesia un Sacramento especialmente relacionado con el Espíritu Santo y con la
virtud de la fortaleza, que nos hace capaces
de ser fieles a la voluntad de Dios en toda nuestra vida.
“El efecto de la Confirmación es la especial efusión del Espíritu Santo, tal como sucedió en
Pentecostés. Esta efusión imprime en el alma un carácter indeleble y otorga un crecimiento de la gracia bautismal; arraiga más profundamente la filiación
divina; une más fuertemente con
Cristo y con su Iglesia; fortalece
en el alma los dones del Espíritu Santo; concede una fuerza especial para dar testimonio de la fe cristiana” (CATIC
Compendio 268).
Nosotros también necesitamos continuamente la Fuerza de lo
Alto, recibiendo o renovando continuamente este hermoso Sacramento de la
Confirmación. La oración frecuente al Espíritu Santo es importante y necesaria.
Ser dóciles a Él es el camino seguro de salvación.
Conclusión:
Le pedimos a la Virgen Santísima nos conceda perseverar en
el camino del Señor, pidiendo y confiando siempre en la obra que el Espíritu
Santo quiere hacer en nosotros.