Homilía Domingo XXVII Tiempo Ordinario Ciclo C


Auméntanos la fe


Introducción:
A todos nos preocupa vivir… Más debe preocuparnos cómo vivir… Más aún, debemos meditar en qué nos hace vivir mejor. Habacuc nos dice: “el justo vivirá por su fe” (Hbc 2,4).

  1. Vida de fe:
San Pablo, en su carta a San Timoteo, nos deja tres buenos consejos para nuestra fe, para crecer en ella hasta el final. Podemos sintetizarlos en tres verbos: vivir, renovar y servir.
En primer lugar, es importante recordar siempre que la fe, consistente en aceptar el mensaje de Dios, debe llevarse a las obras. San Pablo dice claramente: “vive con fe y amor cristiano” (2 Tim 1,13). La fe se vive, se practica, se concretiza. No puede ser un adorno en nuestro mundo sentimental, es una guía de conducta, una brújula que nos marca el camino, incluso, necesitamos lograr que sea el criterio de nuestras decisiones.
Por esto mismo, no podemos acostumbrarnos. Es importante reavivar la fe, renovarla: “Aviva el fuego de la gracia de Dios” (2 Tim 1,6). Este renovar no significa ir cambiando la fe, ir aguándola; todo lo contrario: significa profundizarla, significa crecer en el convencimiento y en la entrega, significa volver a la pureza del Evangelio venciendo los pensamientos, que en el mundo, se ponen de moda…
Finalmente, creer nos lleva a servir a Dios: “Toma parte en los duros trabajos del Evangelio” (2Tim 1,8). Siempre será importante preguntarnos: ¿Qué hago por Dios? ¿Qué hago para Dios? Puesto que “obras son amores.” Si Cristo dio la vida por nosotros, nosotros debemos dar la vida por Él.

  1. Diálogo de fe:
Para poder vivir conforme a la fe que nos salva es muy necesaria la oración. Ante todo, hemos de pedir insistentemente el don de la fe y la gracia de crecer en ella. Podemos hacer nuestra la súplica de los Apóstoles: “Auméntanos la fe”, o aquella otra del padre de un niño endemoniado que le dijo a Jesús: “Señor, yo creo, pero aumenta mi fe” (Mc 9,24).
Pero, la oración no es sólo súplica. También es importante dialogar con Dios. El creyente no se rebela, no duda, pero dialoga, puede consultar, puede manifestar humildemente a Dios su incapacidad para comprender los divinos designios. Como el profeta Habacuc, pregunta, escucha y espera…
“Dios escucha con prontitud a sus hijos, si bien esto no significa que lo haga en los tiempos y en las formas que nosotros quisiéramos. La oración no es una varita mágica. Ella ayuda a conservar la fe en Dios, a encomendarnos a Él incluso cuando no comprendemos la voluntad… El objeto de la oración pasa a un segundo plano; lo que importa ante todo es la relación con el Padre. He aquí lo que hace la oración: transforma el deseo y lo modela según la voluntad de Dios, sea cual fuera, porque quien reza aspira ante todo a la unión con Dios, que es Amor misericordioso” (Papa Francisco, 25/05/16).

  1. Una receta interesante:
En este camino de fe y oración, mucha riqueza tiene la Iglesia para darnos. Entre las diversas formas de oración, el Santo Rosario ocupa un lugar importante. Mediante el rosario, dialogamos con Dios, meditamos sus misterios más profundos, renovamos nuestra entrega a Cristo, aprendemos a servir a Dios y a los demás…
De la mano de la Santísima Virgen y, siguiendo su ejemplo, el que reza el rosario se acerca a Nuestro Señor. Esta oración puede ser un buen complemento de la santa misa. Nos ayuda a preparar el corazón, nos ayuda a prolongar sus frutos.
También es importante la lectura meditada de la Sagrada Escritura, el Vía Crucis, las procesiones, las legítimas devociones a los Santos…
Sin embargo, el Santo Rosario seguirá siendo un medio de santificación tan grande como simple, tan profundo como sencillo que, tanto sacerdotes como padres de familia, tanto monjes como laicos, tanto ancianos como niños, encontrarán en él un gran regalo del Cielo para contribuir a la propia salvación y la de los demás.

Conclusión:
Le pedimos a la Virgen fiel nos ayude a crecer en la fe, con la cual podemos vencer todos los obstáculos para llegar al Cielo.