Homilía Domingo XXVI Tiempo Ordinario Ciclo C


Camino al Cielo


Introducción:
El Santo Cura de Ars, cuando se dirigía a ese poblado por primera vez, al encontrar a un niño le preguntó dónde quedaba. El pequeño lo llevó de buen gusto. Nuestro Santo, al llegar, le dijo que como le había indicado el camino a Ars, él, a su vez, le indicaría el camino al Cielo. Allí, Dios quiere que todos lleguemos.

  1. Ayes y bienaventuranzas:
A lo largo de la Sagrada Escritura, muchas veces, Dios marca la diferencia entre los hombres de bien y los de mal obrar. En el salmo meditamos: “El Señor ama a los justos… y entorpece el camino de los malvados” (Sal 145).
Según las obras, será la recompensa. No sólo aquí en la tierra, sino también en la eternidad. Sabemos, por el Evangelio, la enseñanza de la Iglesia y varias apariciones, como la de Fátima, que existe el infierno. Después de la muerte, Cielo o infierno. Lo mismo que enseña la parábola de Lázaro y del hombre rico (Cf. Lc 16, 19-31), ya lo había manifestado, Nuestro Señor, al comienzo de su predicación:
Entonces Jesús, fijando la mirada en sus discípulos, dijo: «¡Felices ustedes, los pobres, porque el Reino de Dios les pertenece! ¡Felices ustedes, los que ahora tienen hambre, porque serán saciados! ¡Felices ustedes, los que ahora lloran, porque reirán! ¡Felices ustedes, cuando los hombres los odien, los excluyan, los insulten y los proscriban, considerándolos infames y los proscriban, considerándolos infames a causa del Hijo del hombre! ¡Alégrense y llénense de gozo en ese día, porque la recompensa de ustedes será grande en el cielo. De la misma manera los padres de ellos trataban a los profetas! Pero ¡ay de ustedes los ricos, porque ya tienen su consuelo! ¡Ay de ustedes, los que ahora están satisfechos, porque tendrán hambre! ¡Ay de ustedes, los que ahora ríen, porque conocerán la aflicción y las lágrimas! ¡Ay de ustedes cuando todos los elogien! ¡De la misma manera los padres de ellos traban a los falsos profetas!” (Lc 6,20-26).
Entendiendo bien el significado profundo de cada una de estas frases, es muy importante que tomemos con seriedad nuestra responsabilidad ante Dios de llevar una vida conforme a su plan de salvación.

  1. Consuelo y tormento:
En el Evangelio, con la parábola del pobre Lázaro, Jesús nos enseña que hay una “morada de los muertos en medio de los tormentos”, un lugar de “consuelo” y un “gran abismo” entre ambos.
San Mateo, en el capítula 25 de su Evangelio nos trae una enseñanza similar: “Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria rodeado de todos los ángeles, se sentará en su trono glorioso. Todas las naciones serán reunidas en su presencia, y él separará a unos de otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos, y pondrá a aquellas a su derecha y a estos a su izquierda. Entonces el Rey dirá a los que tenga a su derecha: "Vengan, benditos de mi Padre, y reciban en herencia el Reino que les fue preparado desde el comienzo del mundo… Luego dirá a los de su izquierda: "Aléjense de mí, malditos; vayan al fuego eterno que fue preparado para el demonio y sus ángeles” (Mt 25,31-34.41)

  1. Camino de la vida:
De este modo, el Evangelio de este domingo nos marca el camino de la conversión para ir al Cielo y evitar el infierno: escuchar a Dios y ser coherentes.
Ante todo, escuchar a Dios: “tienen a Moisés y a los profetas, que los escuchen” (Lc 16,29). Escuchar, conocer el mensaje, recordarlo continuamente… Necesitamos pensar como Jesús, para poder imitarlo. Para eso, son necesarios generosos momentos de mediar la Divina Palabra…
San Pablo da un paso más, necesario e importante: la coherencia de vida: “Practica la justicia, la piedad, la fe, el amor, la constancia, la bondad. Pelea el buen combate de la fe, conquista la vida eterna” (1Tim 6,11).
El Apóstol habla de las virtudes. Enumera algunas, nos hace pensar en todas. Después de conocer y aceptar el mensaje de Dios, el gran desafío es luchar por convertirnos al él, esforzarnos por vivir como pensamos, para no terminar pensando como vive el mundo.

Conclusión:
Le pedimos a nuestra Madre del Cielo nos ayude a vivir de tal modo que, no sólo nosotros, sino también a otros, podamos llegar a la Patria verdadera.