Homilía Domingo XXIV Tiempo Ordinario Ciclo C

Misericordia


Introducción:
¿Qué es la misericordia? “La palabra misericordia tiene su origen en dos palabras del latín: misereri, que significa tener compasión, y cor, que significa corazón. Ser misericordioso es tener un corazón compasivo. La misericordia, junto con el gozo y la paz, son efectos del amor; es decir, de la caridad” (P. Sergio G. Román, en Catholic.net).

  1. La misericordia de Dios:
Dios es el primero en tener un Corazón compasivo. Jesucristo es su mejor demostración. Él trataba a los pecadores y por su bondad ellos se acercaban a Él. Jesús es el que busca al que se pierde y aleja, lo busca hasta encontrarlo; Él es el que se alegra enormemente, como el pastor que encuentra su oveja perdida (“habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta”).
Nuestro Señor es como aquella mujer que busca su moneda con mucho cuidado, encendiendo la luz, barriendo la casa hasta encontrarla. Él es como el padre de los dos hermanos que se alegra porque su hijo menor “estaba muerto y ha revivido, estaba perdido, y lo hemos encontrado.”

  1. La misericordia para con nosotros:
Esto sucede en nuestra vida. Dios nos encuentra y nos perdona. Él nos busca y nos espera (Cf. Lc 15). Su perdón transforma nuestro corazón y, justamente ahí se ve su gran misericordia: en que nos perdona y nos cambia, como le sucedió a San Pablo: “Doy gracias a nuestro Señor Jesucristo, porque me ha fortalecido y me ha considerado digno de confianza, llamándome a su servicio a pesar de mis blasfemias, persecuciones e insolencias anteriores. Pero fui tratado con misericordia, porque cuando no tenía fe, actuaba así por ignorancia. Y sobreabundó a mí la gracia de nuestro Señor, junto con la fe y el amor de Cristo Jesús. Es doctrina cierta y digna de fe que Jesucristo vino al mundo para salvar a los pecadores, y yo soy el peor de ellos. Si encontré misericordia, fue para que Jesucristo demostrara en mí toda su paciencia, poniéndome como ejemplo de los que van a creer en él para alcanzar la Vida eterna” (1Tim 1,12-16).
¡Cuántas veces nos espera y busca este Padre Misericordioso! En la santa misa, en la confesión, en la oración…

  1. Misericordiosos como el Padre:
A su vez, su misericordia, nos hace misericordiosos a nosotros mismos. El gran Moisés nos enseña con su ejemplo. Después de que Israel fue sacado de Egipto y, en lugar de agradecer a Dios con su servicio, se fabricó un ídolo, lo cual hizo “enojar” a Dios, “Moisés trató de aplacar al Señor con estas palabras: «¿Por qué, Señor, arderá tu ira contra tu pueblo, ese pueblo que Tú mismo hiciste salir de Egipto con gran firmeza y mano poderosa? ¿Por qué tendrán que decir los Egipcios: «Él los sacó con la perversa intención de hacerlos morir en las montañas y exterminarlos de la superficie de la tierra?». Deja de lado tu indignación y arrepiéntete del mal que quieres infligir a tu pueblo. Acuérdate de Abraham, de Isaac y de Jacob, tus servidores, a quienes juraste por Ti mismo diciendo: «Yo multiplicaré su descendencia como las estrellas del cielo y les daré toda esta tierra de la que hablé, para que la tengan siempre como herencia». Y el Señor se arrepintió del mal con que había amenazado a su pueblo” (Ex 32,11-14).
Más cercano a nosotros, el Santo Cura Brochero logró que un asesino buscado por la justicia hiciera los Ejercicios Espirituales de San Ignacio. Se trataba del famoso Gaucho Seco, al cual buscó y convenció de que fuera a la Casa de Ejercicios (Cf. Los Santos 2001, fascículo 1, Centro de Difusión de la Buena Prensa, página 41).

Conclusión:
Le pedimos a nuestra Reina del Cielo nos conceda vivir de la misericordia de Dios, luchando contra el pecado en nuestra vida, para vivir como Dios quiere, y en la de nuestros hermanos alejados, rezando para que se acerquen a Dios.