Auméntanos la fe
Introducción:
A todos nos preocupa vivir… Más debe preocuparnos cómo
vivir… Más aún, debemos meditar en qué nos hace vivir mejor. Habacuc nos dice:
“el justo vivirá por su fe” (Hbc
2,4).
- Vida de fe:
San Pablo, en su carta a San Timoteo, nos deja tres buenos
consejos para nuestra fe, para crecer en ella hasta el final. Podemos
sintetizarlos en tres verbos: vivir,
renovar y servir.
En primer lugar, es importante recordar siempre que la fe,
consistente en aceptar el mensaje de Dios, debe llevarse a las obras. San Pablo
dice claramente: “vive con fe y amor cristiano” (2 Tim 1,13). La fe se vive, se
practica, se concretiza. No puede ser un adorno en nuestro mundo sentimental,
es una guía de conducta, una brújula que nos marca el camino, incluso,
necesitamos lograr que sea el criterio de nuestras decisiones.
Por esto mismo, no podemos acostumbrarnos. Es importante
reavivar la fe, renovarla: “Aviva el fuego de la gracia de Dios”
(2 Tim 1,6). Este renovar no significa ir cambiando la fe, ir aguándola; todo
lo contrario: significa profundizarla, significa crecer en el convencimiento y
en la entrega, significa volver a la pureza del Evangelio venciendo los
pensamientos, que en el mundo, se ponen de moda…
Finalmente, creer nos lleva a servir a Dios: “Toma
parte en los duros trabajos del Evangelio” (2Tim 1,8). Siempre será
importante preguntarnos: ¿Qué hago por Dios? ¿Qué hago para Dios? Puesto que “obras son amores.” Si Cristo dio la vida
por nosotros, nosotros debemos dar la vida por Él.
- Diálogo de fe:
Para poder vivir conforme a la fe que nos salva es muy
necesaria la oración. Ante todo, hemos de pedir insistentemente el don de la fe
y la gracia de crecer en ella. Podemos hacer nuestra la súplica de los
Apóstoles: “Auméntanos la fe”, o
aquella otra del padre de un niño endemoniado que le dijo a Jesús: “Señor, yo creo, pero aumenta mi fe” (Mc
9,24).
Pero, la oración no es sólo súplica. También es importante
dialogar con Dios. El creyente no se rebela, no duda, pero dialoga, puede
consultar, puede manifestar humildemente a Dios su incapacidad para comprender
los divinos designios. Como el profeta Habacuc, pregunta, escucha y espera…
“Dios escucha con prontitud a sus hijos, si bien esto no
significa que lo haga en los tiempos y en las formas que nosotros quisiéramos.
La oración no es una varita mágica. Ella ayuda a conservar la fe en Dios, a
encomendarnos a Él incluso cuando no comprendemos la voluntad… El objeto de la
oración pasa a un segundo plano; lo que
importa ante todo es la relación con el Padre. He aquí lo que hace la
oración: transforma el deseo y lo modela según la voluntad de Dios, sea cual
fuera, porque quien reza aspira ante todo a la unión con Dios, que es Amor
misericordioso” (Papa Francisco, 25/05/16).
- Una receta interesante:
En este camino de fe y oración, mucha riqueza tiene la
Iglesia para darnos. Entre las diversas formas de oración, el Santo Rosario
ocupa un lugar importante. Mediante el rosario, dialogamos con Dios, meditamos
sus misterios más profundos, renovamos nuestra entrega a Cristo, aprendemos a
servir a Dios y a los demás…
De la mano de la Santísima Virgen y, siguiendo su ejemplo,
el que reza el rosario se acerca a Nuestro Señor. Esta oración puede ser un
buen complemento de la santa misa. Nos ayuda a preparar el corazón, nos ayuda a
prolongar sus frutos.
También es importante la lectura meditada de la Sagrada
Escritura, el Vía Crucis, las procesiones, las legítimas devociones a los
Santos…
Sin embargo, el Santo Rosario seguirá siendo un medio de
santificación tan grande como simple, tan profundo como sencillo que, tanto
sacerdotes como padres de familia, tanto monjes como laicos, tanto ancianos como
niños, encontrarán en él un gran regalo del Cielo para contribuir a la propia
salvación y la de los demás.
Conclusión:
Le pedimos a la Virgen fiel nos ayude a crecer en la fe, con
la cual podemos vencer todos los obstáculos para llegar al Cielo.