Niños como el Niño Dios
Introducción:
El ideal de la santidad consiste en llevar a cabo en nuestro
corazón lo que Cristo vivió durante su existencia terrena. Por este motivo, el
contemplarlo con los pañales, el ver que es un Niño, nos mueve a imitar sus
actitudes de Hijo.
1.
El
Hijo:
Las lecturas de este día lo expresan claramente: “esto
les servirá de señal: encontrarán a un niño recién nacido envuelto en pañales y
acostado en un pesebre»” (Lc 2,12). Lo mismo le dijo el Ángel a San
José: “Ella dará a luz un hijo, a quien pondrás el nombre de Jesús”
(Mt 1,21). Este Niño pequeño, sin embargo, ya era profetizado como grande: “un
niño nos ha nacido, un hijo nos ha sido dado. La soberanía reposa sobre sus
hombros y se le da por nombre: «Consejero maravilloso, Dios fuerte, Padre para
siempre, Príncipe de la paz»” (Is 9,5).
Esta filiación, que resalta tanto en este tiempo de Navidad,
Cristo la vivió siempre, en el íntimo conocimiento y amor del Padre. Y de este
modo nos enseña el camino de la infancia espiritual.
2.
Infancia espiritual:
““Hacerse niño” con relación a Dios es la
condición para entrar en el Reino (cf. Mt 18, 3-4); para eso es necesario
abajarse (cf. Mt 23, 12), hacerse pequeño; más todavía: es necesario “nacer de
lo alto” (Jn 3,7), “nacer de Dios” (Jn 1, 13) para “hacerse hijos de Dios” (Jn
1, 12). El Misterio de Navidad se
realiza en nosotros cuando Cristo “toma forma” en nosotros (Ga 4, 19)”
(CATIC 526) haciéndonos semejantes a Él
en cuanto niños.
Aunque el Evangelio es claro, no siempre es fácil descubrir
la profunda riqueza que enseña. Por lo cual hemos de buscar en los Santos, el
verdadero sentido de vida eterna que se esconde en los Textos Sagrados. “Sobre
Santa Teresita del Niño Jesús parece haber recaído una particularísima
predestinación para comprender ese secreto y revelarlo al mundo” (ROYO-MARIN
A., Los Maestros de la Vida Espiritual, ABC. Madrid, 1973, página 364).
3.
El
Caminito espiritual de Santa Teresita:
Lo fundamental de la espiritualidad de Santa Teresita es “hacerse enteramente niño ante Dios y ante
los hombres… por el amor, la humildad, la sencillez, el candor y la ausencia
absoluta de toda clase de complicaciones en la vida espiritual” (ROYO-MARIN
A., Los Maestros de la Vida Espiritual, ABC. Madrid, 1973, página 364).
Por un parte, su espiritualidad carece de todo lo que es extraordinario, tanto en las penitencias
como en los carismas, incluso de una
excesiva sistematización en la vida espiritual y del activismo desenfrenado en
las obras exteriores.
Pero, sobre todo, su caminito interior, nos enseña lo
central para que nuestra relación con Dios crezca hasta la santidad (Cf. Ídem):
- Primacía del amor: “El amor es la mayor palanca de la vida espiritual, el procedimiento más rápido para llegar al heroísmo en todas las virtudes” (Ídem). Pero en el caso de nuestra Santa, la caridad adquiere rasgos particulares: su amor a Dios la llevaba sobre todo a ponerse en sus brazos como un niño pequeño, con el solo deseo de complacerlo; en hacer sus obras de tal modo desinteresadamente que ni quería que Dios se enterase, para que no tuviera la molestia de tener que corresponderle; finalmente, este amor al Padre la llenaba de deseos de amar sus hermanos.
- Confianza y filial abandono: “Lo que Dios prefiere y escoge por mí, eso es lo que más me gusta”. “Siento que de momento no podría soportar más; pero no tengo miedo, puesto que, si los sufrimientos aumentan, Dios aumentará al mismo tiempo mi valor”.
- Humildad y sencillez: Santa Teresita es una pequeña gigante, una grandeza escondida que, sin embargo, ilumina al mundo. Su pequeñez y humildad hicieron que resalte siempre en ella la misericordia de Dios y no sus propias obras.
- Fidelidad a las cosas pequeñas: con esto último la Santa nos enseña en lo concreto a vivir su espiritualidad: “un alfiler recogido del suelo por amor puede convertir un alma”, ya que la caridad ardiente da valor extraordinario a las obras ordinarias. Y en este punto todos podemos, fácilmente, encontrar un programa de santidad: amar a Dios, ver en todo su divina voluntad, amándolo en cada obra, siempre que sea de su agrado.
Conclusión:
Que la Virgen Santísima nos conceda un corazón humilde para
recibir el Don infinito de Dios.