Homilía Domingo II de Adviento Ciclo A


Escuchar el llamado


Introducción:
El Adviento es un gran llamado, que debemos y necesitamos escuchar atentamente.

1.      Un llamado especial:
En el desierto, se oye la voz  de ese gran profeta, San Juan Bautista, que llama a volver a Dios: “Conviértanse, porque el Reino de los Cielos está cerca.”
El Adviento es un buen tiempo para pensar en esto: ¿Cómo está mi vida respecto a Dios? ¿Vivo realmente cerca de Él? ¿Tengo que acercarme más?
Ahí está la clave de la conversión: volver a Dios, acercarnos más a Él, dejarnos transformar por su Gracia. Este llamado resuena y debe resonar siempre en nuestros oídos.

2.      Recibir el llamado:
Sin embargo, no es suficiente escuchar, debemos acoger, recibir, aceptar el llamado de Dios. Él quiere que todos los hombres se salven (Cf. 1Tim 2,4). Todos estamos llamados a entrar en su Reino.
Pero, “para entrar en él, es necesario acoger la palabra de Jesús: La palabra de Dios se compara a una semilla sembrada en el campo: los que escuchan con fe y se unen al pequeño rebaño de Cristo han acogido el Reino; después la semilla, por sí misma, germina y crece hasta el tiempo de la siega” (CATIC 543).
¿Qué clase de terreno soy? ¿Qué clase de terreno quiero ser?

3.      Fe y obras:
El Santo del desierto sigue con su grito: “Produzcan el fruto de una sincera conversión.”
La fe no es algo meramente interior. Por supuesto que es el corazón, el interior de la persona lo que le dice que “Sí” a la divina palabra; sin embargo, este sí debe ser tan auténtico que deje su huella en el exterior, que se note en la vida cotidiana.
Ya lo decía el Concilio: “El divorcio entre la fe y la vida diaria de muchos debe ser considerado como uno de los más graves errores de nuestra época” (GS 43).
Sin duda que esta frase nos debe hacer reflexionar. Todos nos damos cuenta los graves males que torturan a la humanidad del siglo XXI. ¿Nosotros, los creyentes en el Dios verdadero, vivimos cumpliendo nuestra misión de ser sal y luz? ¿Damos el verdadero testimonio de fe que el mundo de hoy necesita? ¿O, por el contrario, nos conformamos con vivir nuestra fe en lo privado, sin complicaciones, sin coherencia?

Conclusión:
Le pedimos a la Inmaculada Madre de Dios nos ayude a tener más fe, un fe capaz no de mover montañas, sino de cambiar nuestro corazón y nuestra forma de vivir para la mayor gloria de Dios y salvación de las almas.