El Hijo
Introducción:
A pocos días del Nacimiento de nuestro Redentor, a la luz de
las lecturas dominicales, contemplamos a Cristo, Hijo de Dios, Hijo del Hombre.
Estas dos frases resumen su misterio más profundo.
1.
Hijo
de Dios:
Ante todo y desde la eternidad, es Hijo de Dios y, por
tanto, Dios. Ya Isaías, lo había anunciado con un nombre simbólico: “le pondrá por
nombre Emmanuel, que significa “Dios–con–nosotros”.
San Pablo comienza su epístola a los romanos diciendo: “Este
Evangelio, prometido ya por sus profetas en las Escrituras santas, se refiere a
su Hijo”. Las antiguas promesas proclamadas por los profetas se refieren al
Mesías, Hijo de Dios.
Jesús vive su filiación del Padre en una íntima comunión de
conocimiento y amor: toda su vida fue un comulgar con la voluntad amorosa del
Padre. Esta comunión es “el verdadero centro de su Personalidad. Sin esta
comunión no se puede entender nada y partiendo de ella, Él se nos hace presente
también hoy.” (Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, Prólogo).
2.
Hijo
de la Virgen:
En segundo lugar, Jesucristo es hombre verdadero. Esto se
debe a que nació de una Mujer. San Mateo nos dice sencillamente: “María, Su madre” (Mt 1,18). Luego,
recuerda la profecía de Isaías: “la Virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le
pondrá por nombre Emmanuel”.
Todo esto es muy importante tenerlo presente ya que, “lo
que la fe católica cree acerca de María se funda en lo que cree acerca de
Cristo, pero lo que enseña sobre María ilumina a su vez la fe en Cristo”
(CATIC 487). Por lo cual, el conocimiento (y el consiguiente amor) del Hijo y
de la Madre, se alimentan mutuamente en nuestro corazón.
También nosotros, como los magos orientales, los encontramos
juntos, a Jesús con Su Madre (Cf. Mt 2,11).
3.
Hijo
de San José:
En tercer lugar, Dios quiso que su Hijo tuviera una familia
y, por tanto, aunque su nacimiento fue virginal, decidió prepararle un padre
adoptivo: San José. De este modo, se convierte en custodio del Redentor y de Su
Madre.
La Sagrada Escritura lo define como varón justo. Por eso no
quería denunciar a la Virgen públicamente; por eso mismo, acepta su misión cuando
el Ángel se la revela en sueños. El que ha sido elegido por Dios para ser el
padre adoptivo de Jesús, era verdaderamente un hombre de Dios.
Esto lo vemos en su escucha atenta y creyente, en su
obediencia sin límite, en su silencio operante: “Cuando José se despertó, hizo
lo que le había mandado el ángel del Señor” (Mt 1,24).
Aunque su misión fue diferente, el ejemplo de San José nos
sirve para hacer nuestra la llamada de San Pablo: “Por Él hemos recibido la gracia y la misión apostólica, a fin de conducir a la obediencia de la fe, para
gloria de su Nombre, a todos los pueblos paganos.”
Si recibimos la gracia de Dios fielmente y la traducimos en
obras, a ejemplo del padre adoptivo de Jesús, pasamos a formar parte de Su
familia (Cf. Mt 12,50).
Conclusión:
Le pedimos a la Virgen nos ayude a ser hijos adoptivos de
Dios, contemplando, amando e imitando a Su Hijo Unigénito.