Homilía Domingo II Tiempo Ordianrio Ciclo A


Espíritu del Perdón


Introducción:
“Reciban el Espíritu Santo” (Jn 20,23) dijo Nuestro Señor a sus Apóstoles el día de la Resurrección. Con eso, daba a su Iglesia el poder de perdonar los pecados…

  1.  La misión de Cristo:
Jesús, en la profecía de Isaías, aparece como el Servidor que Dios destina para salvar a la humanidad: “Yo te destino a ser la luz de las naciones, para que llegue mi salvación hasta los confines de la tierra” (Is 49,6). ¡Ésta es la misión del Señor! Rescatarnos del mal y darnos la Vida de Dios. Por esto, San Juan Bautista lo contempla señalado por el Espíritu Santo, para transmitir dicho Espíritu a los demás (Cf. Jn 1,31-32).
De este modo, las Lecturas nos lo presentan como el Salvador de Dios, que viene con una misión y un poder de lo Alto, que nosotros podemos recibir gracias al Espíritu Santo. Por esto, “el Símbolo de los Apóstoles vincula la fe en el perdón de los pecados a la fe en el Espíritu Santo, pero también a la fe en la Iglesia y en la comunión de los santos” (CATIC 976).

  1. El Espíritu Santificador:
El Espíritu Santo, que Cristo nos transmite, hace posible esta salvación mediante el perdón de los pecados y los dones de la gracia. De ahí que Él vivifique a la Iglesia, la sostenga y guíe; de ahí que los dones espirituales que Jesús y los Santos comparten, llegan a nuestra alma por la acción del Divino Espíritu; de ahí que, todo el mal que hayamos podido cometer, puede quedar borrado y vencido por la misma acción del Paráclito.

  1. Sacramentos de perdón y gracia:
Y para que toda esta acción salvífica nos llegue a nosotros, Dios ha querido dejarnos, ordinariamente, el camino de los sacramentos, para que, buscándolo, podamos encontrarlo con seguridad. Son especialmente dos: el bautismo y la reconciliación.
En primer lugar, “Nuestro Señor vinculó el perdón de los pecados a la fe y al Bautismo: “Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y sea bautizado se salvará” (Mc 16, 15-16). El Bautismo es el primero y principal sacramento del perdón de los pecados porque nos une a Cristo muerto por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación (cf. Rm 4, 25), a fin de que “vivamos también una vida nueva” (Rm 6, 4)” (CATIC 977).
Pero como la vida es una lucha continua contra la tentación y es muy difícil evitar el pecado, era necesario otro medio, que nos proporcionara un remedio a nuestra miseria. “Por medio del sacramento de la penitencia el bautizado puede reconciliarse con Dios y con la Iglesia: Los padres tuvieron razón en llamar a la penitencia “un bautismo laborioso” (San Gregorio Nac., Or. 39. 17). Para los que han caído después del Bautismo, es necesario para la salvación este sacramento de la penitencia, como lo es el Bautismo para quienes aún no han sido regenerados (Cc de Trento: DS 1672)” (CATIC 980). De este modo, cualquier pecado, con el arrepentimiento y la absolución queda perdonado, por más grave, vergonzoso o traumático que sea.
Esto no sólo motiva a los fieles a confesarse y a vivir la confesión como un medio de crecimiento espiritual, sino que también impulsa a los sacerdotes a entregarse enteramente a este ministerio de la misericordia divina. Este es el caso de un fraile de San Francisco, llamado San Leopoldo Mandic (1866-1942): “El ministerio del sacramento de la Reconciliación resulta para él una dura penitencia, pues lo ejerce en un pequeño cuarto de pocos metros cuadrados, donde falta el aire y la luz, que en verano es un horno y en infierno una nevera, donde permanece encerrado entre diez y quince horas al día.
«¿Cómo consigue aguantar tanto en el confesionario?», le pregunta un día un hermano. «Ya ve, es mi vida», le responde sonriendo. El amor hacia la almas lo convierte en prisionero voluntario del confesionario, pues es consciente de que «morir en pecado mortal sin estar arrepentido ni acoger el amor misericordioso de Dios, significa permanecer separados de Él para siempre por nuestra propia y libre elección», y de que «las almas de los que mueren en estado de pecado mortal descienden a los infiernos inmediatamente después de la muerte y allí sufren las penas del infierno, "el fuego eterno"» (Catecismo de la Iglesia Católica, 1033; 1035).
Para conseguir el inmenso beneficio del perdón de Dios a todos los que a él acuden, el padre Leopoldo se muestra dispuesto y sonriente, modesto y prudente, consejero espiritual comprensivo y paciente. Sabe por experiencia hasta qué punto es importante que el penitente se encuentre a gusto y confiado.” (https://www.clairval.com/lettres/es/99/v284991398.htm)

Conclusión:
Le pedimos a la Virgen nos conceda la sed del Espíritu Santo que el Señor quiere darnos para que nos impulse a buscar su gracia y su perdón que todos necesitamos.