Conviértanse
Introducción:
El Evangelio de este domingo (Mt 4, 12-23) nos presenta dos
imágenes contrapuestas y una palabra que las relaciona. Por un lado nos habla
de las tinieblas, por otro de la luz y, para pasar de una a otra, la palabra de
Jesús: “Conviértanse”.
- Las tinieblas:
En primer lugar, las tinieblas -del pueblo que profetiza
Isaías-, significan el estar lejos de Dios. El profeta se refiere a una tierra
que no conoce a Dios, que no
comparte la fe verdadera en Él.
Las tinieblas también designan la oposición a Dios, aquellos
que lo rechazan, por lo cual San
Juan Evangelista escribe en su prólogo: “La
Luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la percibieron” (Jn 1,5).
Pero Dios, que es “rico en misericordia” (Ef 2,4), no deja a
los hombres en las tinieblas, sino que les envía su luz, su múltiple luz, para
salvarlos.
- La luz:
Por esto, el profeta anuncia la esperanza de una luz grande.
Esa luz mayor, más grade que todas las anteriores es el culmen de la divina
revelación: Jesús. Dios se ha revelado, desde antiguo por los profetas y luego,
por medio de su Hijo, ya que “el
hombre necesita ser iluminado… no solamente acerca de lo que supera su
entendimiento, sino también sobre “las verdades religiosas y morales que de
suyo no son inaccesibles a la razón, a fin de que puedan ser, en el estado
actual del género humano, conocidas de todos sin dificultad, con una certeza
firme y sin mezcla de error” (CATIC 38).
Por esto, la virtud de la fe, por la cual aceptamos esta divina
luz, nos abre el camino de la salvación. Es necesario dar un tiempo a esa
escucha de la fe, a la lectura creyente del Evangelio, es necesario tener un
momento de meditación, de lectura profunda para que esa palabra pueda brillar
en nosotros e iluminarnos. Escuchar la palabra que Jesús hoy nos sigue diciendo
es, justamente, lo necesario para poder pasar de las tinieblas a una vida de
luz.
- “Conviértanse”:
Por eso, al comenzar su predicación de salvación,
Jesucristo, dentro de sus pocas palabras, menciona una que sintetiza todo este
proceso: “Conviértanse”.
“Ante
la cercanía del Reino de los Cielos, la predicación de Jesús es una llamada
urgente a la «conversión» (Mt 4,17). Muchas versiones traducen «convertíos» por
«haced penitencia», porque ahí se encuentra el sentido más hondo de la
conversión: «Penitencia significa el cambio
profundo de corazón bajo el influjo de la Palabra de Dios y en la
perspectiva del Reino. Pero penitencia quiere también decir cambiar la vida en coherencia con el cambio
de corazón y en este sentido hacer penitencia se completa con dar frutos
dignos de penitencia; toda la existencia se hace penitencia orientándose a un continuo caminar hacia lo mejor”
(Notas de la Biblia de Navarra).
Como primicias de este cambio de corazón y de vida, el
evangelista nos presenta la llamada y la respuesta inmediata de algunos de los
primeros discípulos del Señor: Pedro y Andrés, Santiago y Juan. Conversión que
tuvieron que ir madurando todo el tiempo que estuvieron con Jesús y hasta el
final de sus vidas.
Conclusión:
Les pedimos a estos santos y a la Virgen Inmaculada, nos
conceda un corazón convertido, con continuos deseos de volver al Señor y
dejarnos transformar por Él.