Bautismo del Señor
Introducción:
La fe nos lleva no sólo a escuchar sino también a acoger las
palabras que Dios nos dirige. Por esto, cuando nos ponemos ante un texto
divino, hemos de dejar que nos transforme el corazón.
Al escuchar, hoy, que el Padre nos dice: “Este es mi Hijo muy querido”, queremos
crecer en la fe acercándonos a Él, para conocerlo y amarlo más, e imitarlo
mejor.
1.
Acercarnos
a Jesús:
Al escuchar esta revelación del Padre, de que en Él, en
Jesús está todo su tesoro porque están todas las complacencias de su Corazón,
no queremos otra cosa que acercarnos a Él para agradarlo.
De hecho, fue Él quien se acercó primero a nosotros. Él se
hizo prójimo nuestro, para que como respuesta nos podamos acercar a Él. El
Señor, que se encarnó y se hizo niño para acercarse a nosotros, durante su
bautismo se mezcla en la multitud de “pecadores, publicanos y soldados
(cf. Lc 3, 10-14), fariseos y saduceos (cf. Mt 3, 7) y prostitutas (cf. Mt 21,
32)” (CATIC 535), como signo de su cercanía.
Y esta cercanía, que se manifiesta en lo físico, no se acaba
allí, porque ante todo hemos de acercarnos a Jesús con el corazón. Él quiere
tocar nuestra existencia y transformarla, para lo cual nos invita a que dejemos
que la fe nos lleve a su encuentro.
2.
Conocerlo
y amarlo:
En este camino de fe, en este acercarnos al Señor, las dos
alas son conocerlo y amarlo. Cuanto uno
más lo conoce más lo puede amar y al amarlo más querrá conocerlo. Respecto
al conocimiento de Jesús, es bueno recordar aquello que nos enseñara San
Ignacio en sus Ejercicios: lograr un conocimiento interno, no de estampita,
sino de lo profundo del corazón, fruto del trato asiduo en la oración, de
conocer el Evangelio, de experimentar la presencia de Dios en la propia vida…
A este conocimiento, le sigue un profundo y generoso amor a
Dios. Pero no como el amor del Apóstol Pedro que dijo que sería capaz de morir
por el Maestro y luego lo negó tres veces, sino como hizo luego de la Venida
del Espíritu Santo que realmente entregó su vida por el Señor hasta las últimas
consecuencias.
3.
Imitarlo:
Finalmente, la cercanía y el amor a Jesús se manifiestan en
el deseo eficaz de imitarlo. Puesto que los amigos se asemejan, el que
persevere en el amor de Jesús, poco a poco irá asemejándose a Él en sus
virtudes: “Tengan los mismos sentimientos
de Cristo Jesús” (Flp 2,5) nos dice San Pablo.
Por esto, al acercarnos al Hijo predilecto le pedimos nos
contagie lo que más necesitamos, lo que más nos cuesta: su humildad, su
paciencia, su generosidad…
Conclusión:
De este modo celebramos y
vivimos nuestra fe: acercándonos, conociendo y amando al Hijo, creemos en las
palabras del Padre.