Homilía Domingo IV Tiempo Ordinario Ciclo A


Lo que se dice de Cristo se dice del cristiano


Introducción:
En primer lugar, las bienaventuranzas dibujan el rostro de Jesucristo y describen su caridad. Pero a su vez, expresan la vocación de los fieles, las acciones y actitudes características de la vida cristiana. Hablan de Cristo y hablan del cristiano (Cf. CATIC 1717).

  1. El Rostro del Señor:
 “Él, que no tiene donde reclinar la cabeza (cf. Mt 8,20), es el auténtico pobre; Él, que puede decir de sí mismo: Venid a Mí, porque soy sencillo y humilde de corazón (cf. Mt 11,29), es el realmente humilde; Él es verdaderamente puro de corazón y por eso contempla a Dios sin cesar. Es constructor de paz, es Aquel que sufre por amor de Dios” (Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, Planeta, Buenos Aires, 2007, página 102).
En las Bienaventuranzas, el Evangelio nos traza el talante espiritual de Cristo, su fisonomía interior y más profunda, de tal modo que al meditarlas, es importante pensar en Él, tratar de ver en ellas los hechos de la vida de Jesús, sus acciones, sus decisiones. De un modo especial, estas bienaventuranzas se despliegan en el Corazón traspaso de Cristo en la cruz y resucitado.

  1. La vocación cristiana:
Cuando el creyente se entrega a Cristo verdaderamente y pone manos a la obra en la misión que Él le encomienda, debe comprender que el misterio de la Cruz y Resurrección que vivió el Señor se trasforma en su programa de vida. Este misterio de Cruz y Resurrección se concretiza en las Bienaventuranzas: muriendo se encuentra la vida (cf. Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, Planeta, Buenos Aires, 2007, página 101).
Por tanto, las bienaventuranzas también describen la vocación del cristiano. De modo magistral lo expresaba San Pablo cuando escribía a los Corintios: “Estamos atribulados por todas partes, pero no abatidos; perplejos, pero no desesperados; perseguidos, pero no abandonados; derribados, pero no aniquilados. Siempre y a todas partes, llevamos en nuestro cuerpo los sufrimientos de la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo” (2Cor 4,8-10).

  1. Obrar como cristianos:
Aunque sea difícil, no sólo vivirlo sino incluso hasta proponerlo en el mundo de hoy, seguir a Cristo significó y significará siempre, imitarlo, en todas sus consecuencias… Las bienaventuranzas son un programa de vida en sus dos componentes. Debemos esforzarnos en imitar al Señor no sólo en la resurrección sino también dando la vida.
“La bienaventuranza prometida nos coloca ante elecciones morales decisivas. Nos invita a purificar nuestro corazón de sus instintos malvados y a buscar el amor de Dios por encima de todo. Nos enseña que la verdadera dicha no reside ni en la riqueza o el bienestar, ni en la gloria humana o el poder, ni en ninguna obra humana, por útil que sea, como las ciencias, las técnicas y las artes, ni en ninguna criatura, sino en Dios solo, fuente de todo bien y de todo amor” (CATIC 1723).

Conclusión:
Le pedimos a nuestra Madre del Cielo nos acerque del Señor la gracia de saber elegirlo a Él, por sobre todas las cosas para ser verdaderamente bienaventurados.