Homilía Domingo V Tiempo Ordinario Ciclo A


Apostolado del testimonio


Introducción:
Vayan por todo el mundo nos dice el Señor a anunciar el Evangelio. Y aunque no todos ni siempre podemos explicar y enseñar perfectamente nuestra fe, sí se puede dar el testimonio de la propia vida entregada al Señor.

  1. El testimonio de la vida:
Las lecturas de este domingo, en especial Isaías y el Evangelio, relacionan la luz con las obras buenas. Por tanto, nos hablan de la predicación, del poder anunciador que tiene la vida de los cristianos cuando éstos obran como tales. “Despuntará tu luz como la aurora” (Is 58,8), dice el profeta, refiriéndose a las obras de misericordia.
Y Jesús lo reafirma: “debe brillar ante los ojos de los hombres la luz que hay en ustedes, a fin de que ellos vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre que está en el cielo” (Mt 5,16).
Así como el poder de las palabras no viene de nosotros sino de Dios, como lo enseña el Apóstol (Cf. 1Cor 2,1-5), también el poder del propio testimonio, viene de Dios, ya que las obras humanas tienen un alcance humano, mientras que cuando obramos en gracia, lo que Dios quiere, como verdaderos hijos suyos, su influencia viene del Cielo. Por esto Santa Teresita decía que se podía convertir un alma si se levantaba un insignificante alfiler con gran caridad.
Pero para que el testimonio sea verdaderamente luminoso, hace falta, además de fomentar las obras buenas, combatir las malas.

  1. Desechar el mal:
En efecto dice Isaías: “Si eliminas de ti todos los yugos, el gesto amenazador y la palabra maligna” (Is 58,9), dando a entender que esto también es una condición para ser luz. Hay que recordar que la coherencia con nuestra fe, implica, como lo hemos hecho en el bautismo, una auténtica renuncia al mal, al pecado, al demonio. Esto, se concretiza con un renovado esfuerzo y entusiasmo en evitar las malas acciones, en luchar contra nuestras malas inclinaciones, en crecer en el amor verdadero que vence al egoísmo.
De ahí que, escuchando el llamado de Jesús de testimoniar y transmitir así nuestra fe, hemos de preguntarnos sinceramente: ¿Qué actitudes mías no están conforme con la fe cristiana? ¿Con qué obras no sigo a Cristo? ¿Qué  obstáculos hay en mí o en mi entorno para ser más fiel al Señor?

  1. Cultivar el bien:
Otro punto capital, es justamente, el de las buenas obras: “Si ofreces tu pan al hambriento y sacias al que vive en la penuria, tu luz se alzará en las tinieblas y tu oscuridad será como al mediodía, el Señor te guiará incesantemente, te saciará en los ardores del desierto y llenará tus huesos de vigor; tú serás como un jardín bien regado, como una vertiente de agua, cuyas aguas nunca se agotan” (Is 58,10-11).
Las buenas obras, hechas en Dios y por Él, tienen valor de eternidad, para nosotros y para los demás. Hay que pensar en las obras de fe, según aquello del apóstol Santiago de mostrar la fe con las obras (Cf. Sant 2,18). También son necesarias las obras de caridad y misericordia, tanto las que menciona Isaías, como enseñar al que no sabe, consolar al triste, visitar al enfermo, rezar por todos…

Conclusión:
Le pedimos a la Virgen, nos impulse a ser misioneros, auténticos y valientes, en medio de nuestros lugares, con una vida verdaderamente cristiana.