Introducción
“Cuando Abram tenía noventa y nueve años, el Señor se le apareció y le dijo: Yo soy el Dios Todopoderoso. Camina en mi presencia y sé irreprochable.”[1] Con asombrosa brevedad, este texto nos presenta a Dios omnipotente, invitando al hombre a la perfección, la cual consiste, sencillamente, en vivir en la presencia divina. Parece que aquí está condensado todo lo que podemos hacer para ser santos, como Dios es Santo.
Tomando un ejemplo concreto, el profeta Elías se presenta como aquel que está en la presencia de Dios y lo sirve.[2] De este modo podemos reflexionar en la importancia de esta fundamental actitud espiritual: la de vivir constantemente ante Dios.
De ante mano, podríamos imaginarnos que todo cambia si lo vivimos de cara a Aquel que nos creó, nos conoce mejor que nadie, nos guía a la felicidad, nos ama infinitamente. Esta es, justamente, una de las grandes enseñanzas que se esconden a lo largo del salterio. De hecho, los salmos nos van enseñando a vivir toda circunstancias, especialmente las más difíciles, a la luz de Dios, en su presencia, recurriendo a su auxilio.
De este modo, intentaremos recorrer el salterio, pensando en cómo se vive continuamente en la presencia de Dios, qué significa, en concreto, esa máxima fundamental, para que esta sabiduría tan grande y sencilla, la de dejar que Dios ocupe su lugar en cada acontecer de nuestra vida, se haga realidad en nuestra historia.
Principio y fundamento
Actitud fundamental
¿Qué significa vivir o caminar en la presencia de Dios? A esta pregunta, los dos primeros salmos responden de un modo general, como asentando las bases de nuestra espiritualidad.
El salmo primero da comienzo al salterio dándonos un principio general. El salmo nos declara que es feliz el hombre que, renunciando al pecado, se complace y medita, día y noche, la ley de Dios, es decir, su voluntad, su plan de amor.
Es feliz el hombre que conoce y ama lo que Dios quiere, que se deja guiar por Él, que vive en Su voluntad. Esto es caminar en su presencia.
En el salmo segundo aparece el Mesías, el Ungido del Señor y sus contrarios. Éstos quieren librarse del yugo de Dios, mientras que Él es su Hijo. Con su Ungido, Dios se hace presente, a nuestro mundo, de un modo nuevo. Los que están de parte de Dios, son felices porque se refugian en Él.
De este modo, caminar en la presencia de Dios significa conocer y amar su voluntad y confiar en Él. Con perseverancia, “de día y de noche.” En este punto, cabe mencionar algo que es obvio pero siempre conviene recordarlo. Dios está presente constantemente, nunca podría ausentarse de su creación. Sin embargo, somos nosotros los que no recordamos su presencia, incluso a veces, vivimos como si Él no existiera o no nos viera. En este sentido, vivir en la presencia del Señor significa ser conscientes de que Él está y vivir en consecuencia. Por esto, meditar su ley y confiar en Él son las dos actitudes fundamentales que nos permiten vivir ante Él.
Motivos básicos
El salmista, después de una larga experiencia en su vida de fe nos ofrece tres certezas que fundamentan nuestra confianza en su presencia bondadosa: Dios nos conoce, nos escucha y reacciona con amor. Él no es una energía que vaga por el universo sino un ser personal que, como tal, conoce y ama. Ser que es infinito y, por tanto, su conocimiento y amor son perfectos. Él siempre está cerca de nosotros, “más interior que lo más íntimo mío.”[3]
Con estas tres verdades, que nos conoce, escucha y reacciona, su presencia se nos hace amistad, se nos hace diálogo en la fe, compañía. Dios está cerca de nosotros porque nos ama.
El salmista afirma con seguridad: “El Señor observa desde el cielo a los seres humanos.”[4] Dios nos ve y distingue a sus hijos, conoce qué hacemos, cómo pensamos, por dónde vamos.
En el Génesis, por ejemplo, después del pecado original, podemos contemplar a Dios que busca a Adán, lo llama, habla con él: “¿Dónde estás?” (Gn 3,9), le preguntó. En el Éxodo, Dios se manifiesta a Moisés: “Yo he visto la opresión de mi pueblo, que está en Egipto, y he oído los gritos de dolor, provocados por sus capataces. Sí, conozco muy bien sus sufrimientos. Por eso he bajado a librarlo del poder de los egipcios y a hacerlo subir, desde aquel país, a una tierra fértil y espaciosa” (Ex 3,7-8).
Nos ve y nos escucha: «Por los sollozos del humilde y los gemidos del pobre, ahora me levantaré –dice el Señor– y daré mi ayuda al que suspira por ella» (Salmo 12,6). Dios escucha los deseos de los pobres, los reconforta y les presta atención (Cf. 9/10,17). Y esta escucha divina se convierte en una seguridad para el alma creyente y fiel: “Sepan que el Señor hizo maravillas por su amigo: él me escucha siempre que lo invoco” (Salmo 4,4).
Además, Dios reacciona, no se queda inerte, su presencia es activa, Él escucha y actúa porque nos ama y, así, suscita nuestra respuesta de confianza y amor: “Yo te invoco, Dios mío, porque tú me respondes” (Salmo 16/17,6).
El salterio, de este modo, nos inculca una triple certeza, una convicción profunda de fe, una brújula segura que nos sirve siempre de guía: Dios es Alguien para el cual somos importantes, Alguien omnipotente, que hace maravillas, que actúa cuando es invocado.
Dios se hace especialmente presente a aquellos que lo desean, pues toda relación de amistad, o de filiación, es mutua. Y de este modo se vive y acrecienta esta experiencia de caminar en su presencia. De este modo, esta recomendación divina a Abram se hace santificadora y, por lo tanto, nos transforma íntegramente.
Tres grandes bienes
El Salterio, de este modo, nos pone en contacto con tres realidades que son una gran don de Dios para nuestra felicidad, santificación y salvación, para transitar nuestra vida aquí en la tierra y para ser llevados al Cielo. En primer lugar, Dios nos regala la posibilidad de entrar en relación con Él; luego, nos enseña la fundamental importancia que tiene, en nuestra relación con Él, la confianza; tercero, Él da el verdadero sentido a nuestra existencia.
Relación
Dios nos ha creado por amor y para amarnos, nos ha creado para que nosotros podamos corresponder, también, a ese amor. De este modo, nos ha creado para relacionarse con nosotros, o mejor dicho, para que nosotros entremos en comunión con Él.
Esta relación adquiere diversos aspectos, ya que el misterio de Dios es infinito. Por eso, es importante conocer estos aspectos, descubrir la diversa importancia que Dios tiene para nosotros y poder vivirlos.
Como Dios es, ante todo, nuestro Creador y Señor, es preciso que ante Él tengamos una actitud y relación de suma adoración, respeto, sumisión. Ante su inmensa grandeza, debemos descubrir nuestra pequeñez. También Él es nuestro Padre y, por tanto, quiere que lo amemos como hijos, que le obedezcamos, que nos dejemos educar por Él. Además, es nuestro Redentor, Médico, Pastor… Él nos salva y, por tanto, debemos dejarnos transformar, rescatar, debemos recurrir a Él, apoyarnos más en su bondad que en nuestra fuerza. También somos sus discípulos, por lo que hemos de aprender de sus palabras y seguir sus ejemplos. Es, además, nuestro amigo. Él ha querido llamarnos así. Nos comparte su amor y secretos, nos abre su corazón y espera una actitud similar de nuestra parte. Nos ama también como el Esposo que deja todas las demás mujeres por amor a su esposa, la cuida, la hace feliz, y le da una descendencia generosa. Etc.
En los Salmos aparece el afligido que busca socorro en Dios, el fiel que siempre se mantiene en su presencia, el amante que desea ardientemente contemplar su gloria, el creyente convencido que prefiere a Dios ante los ídolos, el que experimenta la tentación pero medita en los planes de Dios, el pecador que suplica misericordia, el de corazón pequeño que se refugia en Dios como un niño…
Viviendo los diversos aspectos de nuestra múltiple relación con Dios, nuestra vida espiritual se enriquece y nuestro conocimiento de Dios se amplía y profundiza. Por esto, rezar continuamente los salmos, esforzarse en entrar en su dinámica, en su misterio, es oración y vida.
Confianza
En esta múltiple riqueza de comunión con Dios, vamos aprendiendo muchas actitudes, profundamente importantes: escuchar, creer, alegrarnos, avanzar, buscar, anhelar, desechar, confesar, proclamar, suplicar, combatir, huir, amar, odiar, etc. Todas son importantes. Sin embargo, pareciera que en los salmos resalta, de un modo particular, la confianza.
Como la obra es de Dios y no nuestra, la actitud básica es apoyarnos en Él, recurrir a Él, vivir “al amparo del Altísimo” (Salmo 90/91,1). “¡Feliz el que pone en el Señor toda su confianza” (Salmo 39/40,5).
Incluso es vanidad que el constructor construya y el guardián vigile si el Señor no hace su obra, es inútil también velar y trabajar para comer el pan del propio sudor, pues Dios lo da a sus amigos mientras duermen (Cf. Salmo 126/127,1-2). La obra del hombre, aunque buena y necesaria, es vanidad si Dios no obra en él. En este sentido podríamos decir incluso, que nuestra oración y nuestro culto, en cuanto obra humana, son inútiles, si Dios no actúa con su gracia. De aquí que todo el valor de lo que hacemos está en Dios y, por eso, es fundamental la confianza que se traduce en acogida, reconocimiento, obediencia…
Sentido
La presencia de Dios le da sentido a nuestra vida, ya que de Él venimos y a Él vamos, “en Él vivimos, nos movemos y existimos” (Hch 17,24). Además, “el Señor cuida el camino de los justos” (Salmo 1,6). Las preguntas fundamentales de nuestra existencia encuentran su respuesta en Dios. Él nos ha creado, de Él venimos, a Él pertenecemos, pero también Él nos espera, a Él nos dirigimos y Él nos acompaña en el camino.
Nuestra vida, entonces, no es algo al azar, un sin sentido, un momento para disfrutar sin más. Tampoco nuestra vida es un producto nuestro, algo que elaboramos como queremos independientemente del resto.
Vivimos porque Dios nos pensó y amó y tiene un plan de amor para cada uno de nosotros. Por eso, es feliz el hombre que descubre ese plan y se adhiere a Él, el que confía más en Dios que en sí mismo. Ese hombre, esa vida, tiene mucho sentido, como el árbol que crece junto a la abundancia de agua. Todo será para su bien. Dará su fruto y sus hojas no se marchitarán (Cf. Salmo 1). Estará lozano y frondoso (Cf. Salmo 91/92,15). Incluso, feliz es, no sólo el hombre individualmente, sino el pueblo entero, cuando reconoce que el Señor es el único Dios y vive para Él (Cf. Salmos 32/33,12; 143/144,15). Dios también da sentido al mundo entero.