Camina en mi presencia III

Su presencia en cuanto al contexto

Está en todo momento

Dios está siempre presente y el creyente lo advierte en cada momento de la jornada: “No duerme ni dormita el guardián de Israel. El Señor es tu guardián, es la sombra protectora a tu derecha: de día, no te dañará el sol, ni la luna de noche.”[1]

El creyente se confía, por tanto, al auxilio y presencia del Señor, tanto en la noche: “Sólo tú, Señor, aseguras mi descanso,”[2] como en día: “Señor, de madrugada ya escuchas mi voz: por la mañana te expongo mi causa y espero tu respuesta.”[3]

Pero esto mismo se repite día tras día, lo cual motiva constantemente nuestra entrega, nuestro abandono en las manos que tanto nos aman: “Yo estoy siempre contigo, Tú me has tomado de la mano derecha; me guiarás con tu consejo y después, me recibirás con gloria.”[4]

De aquí que la confianza se nos presente como el mejor consejo que podemos recibir de cara a nuestra relación con Dios: “Encomienda tu suerte al Señor, confía en él, y él hará su obra.”[5]

Esa seguridad en su presencia, esa convicción de que nunca nos abandonará, llena nuestra vida de una seguridad inamovible, ya que no se apoya en nuestras propias fuerzas, inconstantes y limitadas, sino en la acción permanente de Dios, que “no duerme ni dormita.”

 

Está en todo el mundo

Además, Dios está en todas partes, por lo que el corazón contemplativo lo puede descubrir en toda la creación, contemplando su grandeza, generosidad, bondad y belleza… “¡Señor, nuestro Dios, qué admirable es tu Nombre en toda la tierra!”[6]

La creación entera revela algo del misterio divino, por lo que nos invita constantemente a alabar al Creador de todo: “El cielo proclama la gloria de Dios y el firmamento anuncia la obra de sus manos… resuena su eco por toda la tierra”[7]

Al considerar todo lo que existe como obra de Dios, la admiración se aúna con el respeto, la reverencia y la alegre gratitud: “El Señor, el Altísimo, es temible, es el soberano de toda la tierra”[8] “Que canten de alegría las naciones, porque gobiernas a los pueblos con justicia y guías a las naciones de la tierra.”[9]

Dios es el dueño de todo, el universo y cada hombre, los pueblos de la tierra y cada corazón.[10] Su grandeza no le impide hacerse cercano y socorrer a sus hijos con amoroso poder: “Quién es como el Señor, nuestro Dios, que tiene su morada en las alturas, y se inclina para contemplar el cielo y la tierra? El levanta del polvo al desvalido, alza al pobre de su miseria, para hacerlo sentar entre los nobles, entre los nobles y su pueblo; él honra a la mujer estéril en su hogar, haciendo de ella una madre feliz.”[11]

Por esto, el salmista, contemplando la creación entera, entiende que él mismo es obra de Dios y se aferra a Aquel que por pura bondad lo ha creado: “Tus manos me hicieron y me formaron; instrúyeme, para que aprenda tus mandamientos.[12]

 

Está en las pruebas

Dios omnipotente y misericordioso, que está en todo tiempo cerca especialmente de los que lo buscan, no puede ausentarse en el momento de la prueba. Si el sufrimiento forma parte de la vida del hombre, y es una de las realidades más difíciles de sobrellevar, Dios se acercará de un modo particular para consolarnos: “El Señor lo sostendrá en su lecho de dolor y le devolverá la salud.”[13]

Además, en ocasiones el sufrimiento y la prueba son permitidos por Dios para nuestro beneficio, para que nuestro amor sea purificado y crezca, por esto el Señor permite el dolor, pero no consciente en que sea superior a nuestra capacidad: “Porque tú nos probaste, oh Dios, nos purificaste como se purifica la plata; nos hiciste caer en una red, cargaste un fardo sobre nuestras espaldas. Dejaste que cabalgaran sobre nuestras cabezas, pasamos por el fuego y por el agua, hasta que al fin nos diste un respiro!”[14]

El salmista reza, por tanto, con suma confianza, enseñándonos a descubrir, en medio del dolor, la presencia consoladora de Dios: “Me hiciste pasar por muchas angustias, pero de nuevo me darás la vida; me harás subir de lo profundo de la tierra, acrecentarás mi dignidad y volverás a consolarme.”[15]

Pero puede ocurrir, incluso, el mal momento no nos deje percibir la presencia de Dios. Ahí la fe, llena de confianza nos debe socorrer: “¿Quién me llevará hasta la ciudad fortificada, quién me conducirá hasta Edom, si tú, oh Dios, nos has rechazado y ya no sales con nuestro ejército? Danos tu ayuda contra el adversario, porque es inútil el auxilio de los hombres. Con Dios alcanzaremos la victoria y él aplastará a nuestros enemigos.”[16] “Apenas ocultaste tu rostro, quedé conturbado. Entonces te invoqué, Señor, e imploré tu bondad.”[17]

 

Está en el peligro

A lo largo del salterio, innumerables veces invocaremos al Señor pidiendo auxilio. Es la forma de vivir el peligro como Dios quiere, es decir, en su presencia. No es suficiente nuestra fuerza e inteligencia para vencer al mal, a los malvados y al Maligno. Por eso es necesario desear, en todo peligro, la presencia salvadora de Dios, como nos lo enseña Él mismo: “invócame en los momentos de peligro: yo te libraré, y tú me glorificarás.”[18]

Dios nos defiende, sobre todo, del enemigo espiritual, de todo aquel que desea separarnos de su amor: “¡Levántate, Señor! ¡Sálvame, Dios mío! Tú golpeas en la mejilla a mis enemigos y rompes los dientes de los malvados.”[19]

De este modo, podemos experimentar que Dios es nuestro Salvador, que nos libera, nos rescata, nos conduce a la verdad y el bien. “Combate, Señor, a los que me atacan… día mi alma: «Yo soy tu salvación».”[20] Dicha salvación nos transforma y, por tanto, nos invita a la divina alabanza, invocando y agradeciendo a Dios por todas sus obras: “¡Restáuranos, Dios de los ejércitos, que brille tu rostro y seremos salvados!...  Que tu mano sostenga al que está a tu derecha, al hombre que tú fortaleciste, y nunca nos apartaremos de ti: devuélvenos la vida e invocaremos tu Nombre.”[21]

Finalmente, el que ha experimentado la acción bondadosa y liberado del Señor se convierte en testimonio para los demás, en testigo vivo del Dios que siempre nos acompaña: “Ayúdame, Señor, Dios mío, sálvame por tu misericordia, para que sepan que aquí está tu mano, y que tú, Señor, has hecho esto.”[22]

 



[1] Salmo 120/121,4-6.

[2] Salmo 4,9.

[3] Salmo 5,4.

[4] Salmo 72/73,23-24.

[5] Salmo 36/37,5

[6] Salmo 8,2.

[7] Salmo 18/19,2.5.

[8] Salmo 46/47,3.

[9] Salmo 66/67,5.

[10] Cf. Salmo 23/24,1-2; 94/95,3-5.7.

[11] Salmo 112/113,5-9.

[12] Salmo 118/119,74.

[13] Salmo 40/41,4.

[14] Salmo 65/66,10-12.

[15] Salmo 70/71,20-21.

[16] Salmo 59/60,11-14.

[17] Salmo 29/30,8-9.

[18] Salmo 49/50,15.

[19] Salmo 3,8.

[20] Salmo 34/35,1-3.

[21] Salmo 79/80,4.18-19.

[22] Salmo 108/109,26-27.