Un pensamiento para el año nuevo


La mejor bendición


Introducción:
La Iglesia nos invita a empezar el año con una bendición, celebrando a la más bendecida de todas las creaturas, con el propósito de vivir y transmitir la paz…
1.      La bendición de Dios:
Comenzamos el año escuchando la bendición con la cual Dios quiso que los sacerdotes de Israel bendijeran al Pueblo de Dios:
“Que el Señor te bendiga y te proteja. Que el Señor haga brillar su rostro sobre ti y te muestre su gracia. Que el Señor te descubra su rostro y te conceda la paz.”
Como su Palabra es omnipotente, cuando Dios bendice, transforma. Pensemos en aquel leproso que se acercó a Jesús diciéndole: “Señor, si quieres puedes purificarme”, a lo que el Señor respondió diciendo: “lo quiero.”[1] Y quedó curado. Pensemos cuando con sólo decir “cállate” una tormenta se despejó.[2] Pensemos en cuantos: “levántate,” “sal fuera,” “extiende tu mano” fueron eficaces. Cuando el Señor pronuncia palabras de bien, transforma. Sus palabras son un don.
Pero… ¿Por qué la Iglesia nos hace escuchar esta bendición del Antiguo Testamento? Sin duda por su riqueza e importancia. Lo que nos promete no son bienes materiales, ni salud, ni riquezas… Dios quiere bendecirnos con algo más importante: su protección, que podamos ver su rostro, recibir su gracia y su paz.
Ver el rostro de Dios significa el cielo, la eterna felicidad. Recibir su gracia es estar en amistad con Él, vivir junto a Él, vivir con Él. Su paz es un don que el mundo no puede dar.
2.      La Bendita Madre de Dios:
Si buscamos todas estas bendiciones concentradas en un solo corazón, las encontraremos en el interior de Santa María. Ella es la más bendecida, la “llena de gracia”[3] por ser la Madre del Señor.
Aunque fue pobre, tuvo que escapar a Egipto, sufrió  terriblemente… a pesar de todo esto es la más bendecida. ¿Por qué? Porque recibió las mejores bendiciones: las virtudes. Dios preparó de tal modo su corazón que pudo ser la Madre del Hijo Eterno de Dios.
Cuando San Luis María explica la verdadera devoción a la Santísima Virgen dice que nos lleva a imitarla en sus virtudes y las menciona: “La verdadera devoción es santa, te lleva a evitar el pecado e imitar las virtudes de la Santísima Virgen y, en particular, su humildad profunda, su fe viva, su obediencia pronta,  su oración continua, su mortificación universal, su pureza divina, su caridad ardiente, su paciencia heroica, su dulzura angelical y su sabiduría divina. Estas son las diez principales virtudes de la Santísima Virgen.”
3.       La mejor bendición:
Finalmente, las virtudes son las que posibilitan vivir la verdadera paz del Señor. En su Mensaje por la Jornada Mundial de la Paz, en Papa Francisco habla de la necesidad de la caridad y de las virtudes humanas. También habla de los vicios que corrompen el orden social.[4]
Por tanto, la mejor bendición es aquella que puede transformarnos por dentro, que nos asemeja a Cristo y a su Madre… La mejor bendición que podemos pedir y desear es la gracia y las virtudes.
De hecho, al comienzo de un nuevo año, perfecto programa de vida y de crecimiento espiritual podría ser dedicarse a ejercitar alguna virtud.[5] No sabemos la riqueza espiritual inmensa que aporta la práctica seria y constante de virtudes como la humildad, la magnanimidad, la gratitud, la castidad, la longanimidad, entre otras muchas. Ni hablar de las tres gigantes virtudes teologales fortalecidas con los dones del espíritu Santo.
Conclusión:
Esta es la gran bendición que le pedimos al Señor. Lo hacemos por medio de la Santísima Virgen María.




[1] Cf. Lc 5,12-13.
[2] Cf. Mc 4,39.
[3] Lc 1,28.
[4] Cf. Mensaje del Papa Francisco para la Jornada Mundial de la Paz 2019, 1 de enero: La buena política está al servicio de la paz.
[5] Kempis T. (Libro I, IX, 3): “si cada año desarraigásemos un vicio, presto seríamos perfectos.”

Homilía de la Sagrada Familia Ciclo C

Sagrada Familia


Introducción:
Las realidades de Dios siempre tienen algo para decirle a nuestra realidad humana. Por eso, al contemplar a la Sagrada Familia de Nazaret, también reflexionamos sobre nuestra familia, pidiendo al Señor nos ayude a cristianizarla.

  1. Sagrada Familia: 
Dice el Evangelio que Cristo “regresó con sus padres a Nazaret y vivía sujeto a ellos. Su madre conservaba estas cosas en su corazón. Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia, delante de Dios y de los hombres” (Lc 2,51-52).
Aunque sea brevemente, San Lucas nos describe un ambiente familiar, doméstico, cotidiano. Nos enseña lo importante que es para los hijos estar “con sus padres” viviendo “sujeto a ellos” en la obediencia, respeto y colaboración.
Nos remarca, a su vez, la importancia del silencio, la meditación y reflexión, mediante los cuales el hombre descubre el valor oculto de las pequeñas cosas.
Finalmente, el evangelista nos recuerda que la finalidad de la vida de familia es el crecimiento personal, no sólo en el ámbito físico sino también en lo interior, no sólo en los aspectos humanos sino también en los divinos.

  1. La familia cristiana:
De este modo, la Sagrada Familia se nos presenta como modelo para nuestras familias. Modelo difícil, ciertamente, pero no por eso imposible.
El Apóstol San Pablo nos remarca el centro de todo el comportamiento cristiano: “Sobre todo, revístanse del amor, que es el vínculo de la perfección” (Col 3,14). Este amor, en la vida familiar, se reviste de características especiales: “Mujeres, respeten a su marido, como corresponde a los discípulos del Señor. Maridos, amen a su mujer, y no le amarguen la vida. Hijos, obedezcan siempre a sus padres, porque esto es agradable al Señor. Padres, no exasperen a sus hijos, para que ellos no se desanimen” (Col 3,18-21). También el Libro del Eclesiástico insiste en el amor que se les debe a los padres, y de muchos modos nos manifiesta las bendiciones que dicho amor nos atrae (Cf. Eclo 3,3-7.14-17a).
Más aún, el matrimonio, como lo quiere Dios, es un signo del misterio profundo de la Iglesia: “Jesucristo no sólo restablece el orden original del Matrimonio querido por Dios, sino que otorga la gracia para vivirlo en su nueva dignidad de sacramento, que es el signo del amor esponsal hacia la Iglesia: «Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo ama a la Iglesia» (Ef 5, 25)” (CATIC Compendio 341).

  1. Iglesia doméstica:
En sintonía con esto último, podemos ver en una familia cristiana, como una pequeña iglesia, cuna de las virtudes que nos caracterizan como cristianos: “La familia cristiana es llamada Iglesia doméstica, porque manifiesta y realiza la naturaleza comunitaria y familiar de la Iglesia en cuanto familia de Dios. Cada miembro, según su propio papel, ejerce el sacerdocio bautismal, contribuyendo a hacer de la familia una comunidad de gracia y de oración, escuela de virtudes humanas y cristianas y lugar del primer anuncio de la fe a los hijos” (CATIC Compendio 350).

Conclusión:
Pidámosle a la Sagrada Familia de Nazaret nos ayude a crecer como faros de fe, tanto para nuestros hogares como para las demás familias que nos rodean.

Homilía de Navidad


¿Por qué se encarnó Dios?


Introducción:
En este día glorioso, llenos de amorosa ternura al ver al Niño Dios en los brazos de su Madre santísima, conviene que meditemos, que profundicemos el misterio, para que podamos, a lo largo del año y de nuestra existencia, vivirlo y testimoniarlo en la fe.
Es bueno que nos preguntemos: ¿por qué Dios se hizo hombre? ¿Para qué nació como uno de los nuestros el omnipotente Creador del Cielo y de la tierra? “Por nuestra salvación: es decir, para reconciliarnos a nosotros pecadores con Dios, darnos a conocer su amor infinito, ser nuestro modelo de santidad y hacernos «partícipes de la naturaleza divina» (2 P 1, 4)” (CATIC Compendio 85). Esta finalidad está atestiguada por el mismo nombre del Señor, ya que Jesús significa Dios salva.

1.      Para reconciliarnos con el Padre:
“Nuestra naturaleza enferma exigía ser sanada; desgarrada, ser restablecida; muerta, ser resucitada. Habíamos perdido la posesión del bien, era necesario que se nos devolviera. Encerrados en las tinieblas, hacía falta que nos llegara la luz; estando cautivos, esperábamos un salvador; prisioneros, un socorro; esclavos, un libertador. ¿No tenían importancia estos razonamientos? ¿No merecían conmover a Dios hasta el punto de hacerle bajar hasta nuestra naturaleza humana para visitarla ya que la humanidad se encontraba en un estado tan miserable y tan desgraciado? (San Gregorio de Nisa, or. catech. 15)” (CATIC 457).

2.      Para que conociésemos su amor:
“"En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de Él" (1 Jn 4, 9). "Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna" (Jn 3, 16)” (CATIC 458).

3.      Para ser nuestro modelo de santidad:
“Él es, en efecto, el modelo de las bienaventuranzas y la norma de la ley nueva: "Amaos los unos a los otros como Yo os he amado" (Jn 15, 12).” (CATIC 459). En este sentido es el Camino por el cual debemos transitar al imitar sus virtudes. De ahí que nos haya dicho que aprendamos de Él (Cf. Mt 11,29).

4.      Para participarnos su Divinidad:
“Tal es la razón por la que el Verbo se hizo hombre, y el Hijo de Dios, Hijo del hombre: Para que el hombre al entrar en comunión con el Verbo y al recibir así la filiación divina, se convirtiera en hijo de Dios" (S. Ireneo, haer., 3, 19, 1)” (CATIC 460).

Conclusión:
Pidámosle a María santísima nos ayude a meditar en nuestro corazón este misterio tan grande que nos ayude a transitar por el camino de la vida puesta la confianza en el Dios infinito que tanto nos ha amado y ayudado.

Homilía Domingo IV de Adviento Ciclo C


La Voluntad de Dios


Introducción:
El Padrenuestro, en su brevedad, encierra una riqueza inconmensurable. Por eso, cada una de las siete peticiones merece una consideración especial. Nos hacen pensar en Dios, en nosotros, en la gloria divina, en el Reino, en nuestras necesidades, en el mal y en el perdón, etc. Hoy nos detendremos en algo fundamental: la divina voluntad.

1.      La voluntad de Dios:
Nosotros sabemos por revelación y no podemos dudar que “la voluntad del Padre es que «todos los hombres se salven» (1Tm 2, 4)” (CATIC Compendio 591). Para eso ha hecho todas sus obras: para nuestra eterna salvación nos ha creado, ha enviado a su Hijo, nos envía al Espíritu Santo…
Esta voluntad universal de salvación, como proveniente de su infinito amor, requiere una respuesta libre y consciente. De ahí que los mandamientos, como expresión de la voluntad de Dios para nuestras vidas, son la respuesta amorosa que el Señor espera de nosotros: “Su mandamiento que resume todos los demás y que nos dice toda su voluntad es que “nos amemos los unos a los otros como Él nos ha amado” (Jn 13, 34; cf 1 Jn 3; 4; Lc 10, 25-37)” (CATIC 2822).
De este modo el hombre se pone en camino de salvación, cumpliendo la divina voluntad.

2.      El ejemplo de Cristo:
Así lo hizo y enseñó nuestro Señor.
Jesús ha venido “para cumplir perfectamente la Voluntad salvífica del Padre” (CATIC Compendio 591). “En Cristo, y por medio de su voluntad humana, la voluntad del Padre fue cumplida perfectamente y de una vez por todas” (CATIC 2824).
Como lo dice la Epístola a los Hebreos, “Cristo, al entrar en el mundo, dijo: "Tú no has querido sacrificio ni oblación; en cambio, me has dado un cuerpo. No has mirado con agrado los holocaustos ni los sacrificios expiatorios. Entonces dije: Aquí estoy, yo vengo –como está escrito de mí en el libro de la Ley– para hacer, Dios, tu voluntad"” (Hbr 10,5-7).
Es Él quien verdaderamente ha podido decir en relación con el Padre: “Yo hago siempre lo que le agrada” (Jn 8,29).

3.      Hágase tu voluntad:
Siguiendo su camino, nosotros también queremos vivir según el plan divino que Dios ha trazado, no sólo para la humanidad entera, sino también para nuestras vidas individuales. Ése es el camino de salvación.
Para esto, “pedimos a Dios Padre que una nuestra voluntad a la de su Hijo, a ejemplo de María Santísima y de los santos…” Con esta misma oración “podemos «distinguir cuál es la voluntad de Dios» (Rm 12, 2), y obtener «constancia para cumplirla» (Hb 10, 36)” (CATIC Compendio 591). “Adheridos a Cristo, podemos llegar a ser un solo espíritu con Él y así cumplir su voluntad: de esta forma ésta se hará tanto en la tierra como en el cielo (Orígenes, or. 26)” (CATIC 2825).
Más aún, Dios “ordena a cada fiel que ora, que lo haga universalmente por toda la tierra. Porque no dice ‘Que tu voluntad se haga’ en mí o en vosotros ‘sino en toda la tierra’: para que el error sea desterrado de ella, que la verdad reine en ella, que el vicio sea destruido en ella, que la virtud vuelva a florecer en ella y que la tierra ya no sea diferente del cielo (San Juan Crisóstomo, hom. In Mt 19, 5)” (CATIC 2825).
La obediencia a la divina voluntad fue siempre muy importante para los Santos. Por ejemplo, San Martín de Porres obedecía, por amor a Dios, en todo a sus superiores. Incluso, les pedía permiso para hacer milagros.

Conclusión:
Pidámosle a la Virgen santísima, tan dócil a la divina voluntad que con prontitud ayudó a su prima Santa Isabel y le llevó a Cristo escondido en su vientre, nos ayude a ser obedientes a los caminos del Señor.