La Voluntad de Dios
Introducción:
El Padrenuestro, en su brevedad, encierra una riqueza
inconmensurable. Por eso, cada una de las siete peticiones merece una
consideración especial. Nos hacen pensar en Dios, en nosotros, en la gloria
divina, en el Reino, en nuestras necesidades, en el mal y en el perdón, etc.
Hoy nos detendremos en algo fundamental: la
divina voluntad.
1.
La
voluntad de Dios:
Nosotros sabemos por revelación y no podemos dudar que “la
voluntad del Padre es que «todos los hombres se salven» (1Tm 2, 4)”
(CATIC Compendio 591). Para eso ha hecho todas sus obras: para nuestra eterna
salvación nos ha creado, ha enviado a su Hijo, nos envía al Espíritu Santo…
Esta voluntad universal
de salvación, como proveniente de su infinito amor, requiere una respuesta libre y consciente. De ahí que los
mandamientos, como expresión de la voluntad de Dios para nuestras vidas, son la
respuesta amorosa que el Señor espera de nosotros: “Su mandamiento que resume
todos los demás y que nos dice toda su voluntad es que “nos amemos los unos a
los otros como Él nos ha amado” (Jn 13, 34; cf 1 Jn 3; 4; Lc 10, 25-37)” (CATIC
2822).
De este modo el hombre se pone en camino de salvación,
cumpliendo la divina voluntad.
2.
El
ejemplo de Cristo:
Así lo hizo y enseñó nuestro Señor.
Jesús ha venido “para cumplir perfectamente la Voluntad salvífica
del Padre” (CATIC Compendio 591). “En Cristo, y por medio de su voluntad
humana, la voluntad del Padre fue cumplida perfectamente y de una vez por
todas” (CATIC 2824).
Como lo dice la Epístola a los Hebreos, “Cristo, al entrar en el mundo, dijo:
"Tú no has querido sacrificio ni oblación; en cambio, me has dado un
cuerpo. No has mirado con agrado los holocaustos ni los sacrificios
expiatorios. Entonces dije: Aquí estoy,
yo vengo –como está escrito de mí en el libro de la Ley– para hacer, Dios, tu voluntad"”
(Hbr 10,5-7).
Es Él quien verdaderamente ha podido decir en relación con
el Padre: “Yo hago siempre lo que le
agrada” (Jn 8,29).
3.
Hágase
tu voluntad:
Siguiendo su camino, nosotros también queremos vivir según
el plan divino que Dios ha trazado, no sólo para la humanidad entera, sino
también para nuestras vidas individuales. Ése es el camino de salvación.
Para esto, “pedimos a Dios Padre que una nuestra voluntad a
la de su Hijo, a ejemplo de María Santísima y de los santos…” Con esta misma
oración “podemos «distinguir cuál es la voluntad de Dios» (Rm 12, 2), y
obtener «constancia para cumplirla» (Hb 10, 36)” (CATIC Compendio 591). “Adheridos
a Cristo, podemos llegar a ser un solo espíritu con Él y así cumplir su
voluntad: de esta forma ésta se hará tanto en la tierra como en el cielo
(Orígenes, or. 26)” (CATIC 2825).
Más aún, Dios “ordena a cada fiel que ora, que lo haga
universalmente por toda la tierra. Porque no dice ‘Que tu voluntad se haga’ en
mí o en vosotros ‘sino en toda la tierra’: para que el error sea desterrado de ella, que la verdad reine en ella, que el
vicio sea destruido en ella, que la
virtud vuelva a florecer en ella y que la tierra ya no sea diferente del
cielo (San Juan Crisóstomo, hom. In Mt 19, 5)” (CATIC 2825).
La obediencia a la divina voluntad fue siempre muy
importante para los Santos. Por ejemplo, San Martín de Porres obedecía, por
amor a Dios, en todo a sus superiores. Incluso, les pedía permiso para hacer
milagros.
Conclusión:
Pidámosle a la Virgen santísima, tan dócil a la divina
voluntad que con prontitud ayudó a su prima Santa Isabel y le llevó a Cristo
escondido en su vientre, nos ayude a ser obedientes a los caminos del Señor.