La Inmaculada Concepción
Introducción:
Al celebrar una característica de la Virgen María, a la vez
que agradecemos a Dios y nos alegramos con Ella, también le pedimos poder
imitarla.
1.
Pureza
de la Madre:
“Para ser la Madre del Salvador, María fue "dotada por
Dios con dones a la medida de una misión
tan importante" (LG 56). El ángel Gabriel en el momento de la
anunciación la saluda como "llena de gracia" (Lc 1, 28). En efecto,
para poder dar el asentimiento libre de su fe al anuncio de su vocación era
preciso que ella estuviese totalmente poseída por la gracia de Dios” (CATIC
490). “Los Padres de la tradición oriental llaman a la Madre de Dios "la
Toda Santa" ("Panagia"), la celebran como inmune de toda mancha
de pecado y como plasmada por el Espíritu Santo y hecha una nueva
criatura" (LG 56). Por la gracia de Dios, María ha permanecido pura de
todo pecado personal a lo largo de toda su vida” (CATIC 493).
2.
Origen de esta pureza:
“Esta "resplandeciente santidad del todo singular"
de la que ella fue "enriquecida desde el primer instante de su
concepción" (LG 56), le viene toda
entera de Cristo: ella es "redimida de la manera más sublime en
atención a los méritos de su Hijo" (LG 53). El Padre la ha "bendecido
con toda clase de bendiciones espirituales, en los cielos, en Cristo" (Ef
1, 3) más que a ninguna otra persona creada. El la ha elegido en él antes de la
creación del mundo para ser santa e inmaculada en su presencia, en el amor (cf.
Ef 1, 4)” (CATIC 492).
3.
Nuestra pureza:
Nosotros también, aunque con notables diferencias, estamos
llamados a una misión especial, a un encuentro profundo con Dios y, por lo
mismo, el Señor quiere darnos dones a la medida de nuestra misión. En este
mismo sentido, también estamos llamados a vivir en la pureza del corazón para agradar
a Dios.
En definitiva, la pureza, en sentido amplio, se refiere a
estar libres de cualquier pecado que mancha nuestra alma. Pensemos incluso en
la pureza de nuestra fe aceptando sólo lo que Dios y la Iglesia nos enseñan, la
pureza de intención buscando siempre la gloria de Dios, la pureza de
sentimientos buscando vencer las inclinaciones de nuestra naturaleza, la pureza
en las miradas, en las conversaciones…
En todo esto, la pureza es un don del Señor. Por eso, es
necesario acercarnos a Él, escuchar sus Palabras con fe, confesar nuestros
pecados, participar de la santa misa. Si nos dejamos modelar por Dios, como lo
hizo la Virgen, podremos presentarle, según nuestra posibilidad, un corazón
puro.
Conclusión:
Le pedimos a nuestra Madre del Cielo, nos ayude en este
arduo caminar para que podamos ser purificados por el amor del Señor.