Homilía Vigilia Pascual Ciclo B



Vigilia Pascual


Introducción:
Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único” (Jn 3,16). De hecho, toda la historia de salvación es una historia de amor, una historia de infinita misericordia, que va desde la creación hasta la eternidad. La liturgia de esta Vigilia, Madre de todas las celebraciones, nos muestra la amplitud de este misterio de amor, que podemos sintetizarlo con estas frases: la misericordia anunciada y prometida; la misericordia vence a la muerte; y la misericordia nos da la Vida.

1.                    La misericordia anunciada y prometida:
En primer lugar, el plan amoroso que Dios tenía pensado, lo fue preparando a lo largo de los siglos. Por esto, un antiguo predicador, veía a Cristo en los distintos personajes que fueron preparando su misterio: “Éste es el que tuvo que sufrir mucho y en muchas ocasiones: el mismo que fue asesinado en Abel y atado de pies y manos en Isaac, el mismo que peregrinó en Jacob y fue vendido en José, expuesto en Moisés y sacrificado en el cordero, perseguido en David y deshonrado en los profetas” (Melitón de Sardes, Homilía sobre la Pascua).
Así, las Lecturas de la Liturgia nos iluminan los diversos aspectos de este gran misterio:
Ese padre que no objetó ofrecer a su hijo y ese hijo que no se resistió a ser ofrecido, nos enseñan que en el corazón de Dios Padre y en el de Cristo, su Hijo encarnado, ya estaba el plan de salvarnos mediante una entrega total.
Con el Éxodo Dios nos muestra que su amor es nuestra verdadera libertad, alcanzada con la sangre del cordero.
El profeta Isaías nos reveló  el corazón de este Dios, que nos salva en Cristo, que busca a su pueblo con un amor profundo, diciendo: “Como a una esposa abandonada y afligida te ha llamado el Señor” (Is 54,6).  Más aún, sigue el profeta, con extraordinaria emoción: “me compadecí de ti con amor eterno, dice tu redentor, el Señor” (Is 54,8).
Por esto, Dios por medio del mismo profeta no cansa de llamarnos: “Presten atención y vengan a mí, escuchen bien y vivirán” (Is 55,3). Palabras que bien caben en los labios del Señor resucitado, que hoy nos invita a nosotros a redoblar nuestra respuesta de amor hacia Él.
Además, tanta luz vislumbraron los profetas, que nos invitan a nosotros, para que nos acerquemos a los rayos que brotan del Corazón del resucitado, diciendo: “camina hacia el resplandor, atraído por su luz” (Bar 4,2). Es la luz de este cirio que, recordándonos al Señor, nos acompañará todo este año. Además de la luz, el Señor nos da el agua de la vida, por lo cual Ezequiel exclamó: “Los rociaré con agua pura y… les daré un corazón nuevo” (Ez 36,25-26).
Finalmente, aunque se leyó primero, tenemos el relato de la creación, ya que en Cristo, muerto y resucitado, se nos da la posibilidad de ser nuevas creaturas, pues Él tiene el poder de transformar nuestra existencia, con todo el misterio que nos fue revelando desde antiguo.

2.                    La misericordia vence a la muerte:
Por esto, el Hijo de Dios “vino desde los cielos a la tierra a causa de los sufrimientos humanos…, de modo que quien por su espíritu no podía morir acabó con la muerte homicida” (Melitón de Sardes, Homilía sobre la Pascua). “Este es el que cubrió a la muerte de confusión y dejó sumido al demonio en el llanto, como Moisés al Faraón” (Melitón de Sardes, Homilía sobre la Pascua). Resucitando venció a la muerte, por lo cual el Ángel nos dice: “no está aquí” (Mc 16,6), en el lugar de los muertos, sino que “ha resucitado” (Mc 16,6).

3.                    La misericordia nos da la Vida:
Y esa vida, nos la da a nosotros, sus discípulos: “Por el bautismo fuimos sepultados con Él en la muerte, para que así como Cristo resucitó por la gloria del Padre, también nosotros llevemos una Vida nueva” (Rm 6,4). Cristo Jesús “es el que nos sacó de la servidumbre a la libertad, de las tinieblas a la luz, de la muerte a la vida, de la tiranía al recinto eterno, e hizo de nosotros un sacerdocio nuevo y un pueblo elegido y eterno. El es la Pascua de nuestra salvación” (Melitón de Sardes, Homilía sobre la Pascua).

Conclusión:
De la mano de la Virgen Inmaculada, celebremos ahora y en nuestra vida el triunfo del amor de nuestro Dios, con “un corazón nuevo y… un espíritu nuevo” (Ez 36,26).

Sermón de la Soledad de la Virgen



“Una creyente y amorosa presencia”

Ante la cruz, cobra realidad de un modo extraordinario aquella profecía del anciano Simeón: “una espada te atravesará el corazón” (Lc 3,35). El dolor del alma, también la tiene crucificada a Ella… Por esto, queremos acompañar a nuestra Madre dolorosa, con la oración del corazón, con la obediencia a su Hijo (caridad) y luchando contra el pecado en nuestra vida.
Si pensamos en su corazón de mujer, más aún de Madre, no es difícil imaginar su sufrimiento. Sin embargo, mucho más sufrió  por su fe y caridad. Porque Ella sabía que el que allí estaba crucificado era el Hijo de Dios y lo amaba como a su Señor y Dueño.
Sin embargo, tanto su fe como su caridad, la mantuvieron firme, porque cuando el ser humano no entiende el dolor, cuando no alcanza a comprender su significado, si se apoya en Dios recibe una luz que lo sostiene. Nuestra Madre sabía que la muerte no tiene la última palabra ante el Señor de la vida.
Nosotros la acompañamos a Ella y Ella nos acompaña a nosotros: Así, María santísima, que nos recibió como hijos suyos entre los dolores del Calvario (“«Aquí tienes a tu hijo»… «Aquí tienes a tu madre»”- Jn 19,26-27), nos enseña sin palabras, con su ejemplo, a creer que el amor de Dios es más fuerte que nuestra limitación, a creer que Él puede transformar nuestra vida. ¿Cómo? Haciendo brillar la luz, cuando todo se cubre de tinieblas; dándonos el agua de la vida, donde hay muerte; dándonos una Madre, cuando parece que estamos huérfanos. Así podemos sacar del amor de Dios, un continuo motivo para amar a nuestros hermanos, como nos dijo Cristo: “cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo” (Mt 25,40). Así sea.

Homilía Viernes Santo Ciclo B



Viernes Santo

Isaías 52,13-53, 12; Sal 30,2.6.12-13.15-16.17.25; Hebreos 4,14-16; 5, 7-9; Juan 18,1-19, 42

Introducción:
El viernes santo, la Iglesia nos lleva a contemplar el calvario. Nos invita a adentrarnos en el misterio, contemplando una cruz. Pero la cruz del Señor, de un modo u otro nos habla no de un sacrificio sino de dos: uno, es el de Cristo; el otro, el nuestro.

1.         Se ofreció por nosotros:
“Toda la vida de Cristo, nos dice el Catecismo, es una oblación libre al Padre para dar cumplimiento a su designio de salvación. Él da «su vida como rescate por muchos» (Mc 10, 45), y así reconcilia a toda la humanidad con Dios. Su sufrimiento y su muerte manifiestan cómo su humanidad fue el instrumento libre y perfecto del Amor divino, que quiere la salvación de todos los hombres” (CATIC Compendio 119).
Tanto nos amó que “soportaba nuestros sufrimientos y cargaba con nuestras dolencia, y nosotros lo considerábamos golpeado, herido por Dios y humillado. El fue traspasado por nuestras rebeldías y triturado por nuestras iniquidades. El castigo que nos da la paz recayó sobre Él y por sus heridas fuimos sanados” (Is 53,4-5).

2.         Para nuestra salvación:
Todo esto, lo hizo el Señor, por nuestra salvación: “Cristo se humilló por nosotros hasta aceptar por obediencia la muerte y muerte de cruz” (Versículo antes del Evangelio). “Jesús ofreció libremente su vida en sacrificio expiatorio, es decir, ha reparado nuestras culpas con la plena obediencia de su amor hasta la muerte. Este amor hasta el extremo (cf. Jn 13, 1) del Hijo de Dios reconcilia a la humanidad entera con el Padre. El sacrificio pascual de Cristo rescata, por tanto, a los hombres de modo único, perfecto y definitivo, y les abre a la comunión con Dios” (CATIC Compendio 122).
Como signo de esto, San Juan vio correr del costado de Cristo abierto en la cruz una doble fuente de salvación: sangre y agua: “En seguida, nos dice, brotó sangre y agua” (Jn 19,34). Esta agua y esta sangre son las que nos dan la Vida divina por medio de los sacramentos todos, especialmente el Bautismo y la Eucaristía. Por esto, mediante los Sacramentos, nosotros nos podemos encontrar con el Señor que quiere salvarnos, que quiere transformar nuestras vidas, sea como sea, pues Él, muriendo en la cruz es el Pastor que busca, encuentra y carga sobre sus hombros a la oveja perdida y la devuelve al redil de la felicidad verdadera.

3.         Nuestra participación en el sacrificio de Cristo:
“Y ya que tenemos en Jesús, el Hijo de Dios, un Sumo Sacerdote insigne que penetró en el cielo, permanezcamos firmes en la confesión de nuestra fe” (Hb 4,14). Así, para unirnos al sacrificio del Señor, en primer lugar habrá que aceptarlo, mediante la fe.
Dicha fe, nos lleva a obedecer sus palabras e imitar su vida, ya que como continúa la Carta a los Hebreos: “Él alcanzó la perfección y llegó a ser causa de salvación eterna para todos los que le obedecen” (Hb 5,9).
Más aún, ya que Cristo, “en su Persona divina encarnada, "se ha unido en cierto modo con todo hombre" (GS 22, 2), Él "ofrece a todos la posibilidad de que, en la forma de Dios sólo conocida, se asocien a este misterio pascual" (GS 22, 5). Él llama a sus discípulos a "tomar su cruz y a seguirle" (Mt 16, 24) porque él "sufrió por nosotros dejándonos ejemplo para que sigamos sus huellas" (1 P 2, 21). El quiere en efecto asociar a su sacrificio redentor a aquéllos mismos que son sus primeros beneficiarios (cf. Mc 10, 39; Jn 21, 18-19; Col 1, 24)” (CATIC 618).
Santa Rosa de Lima, vivió esto incluso de un modo literal, pues en el patio de su casa arrastraba un madero y en una ocasión se puso una corona de espinas… Además, llegó a exclamar: “Fuera de la Cruz no hay otra escala por donde subir al cielo (Sta. Rosa de Lima, vida)”  (CATIC 618).

Conclusión:
Le pedimos, así, a la que fue “asociada más íntimamente que nadie al misterio de su sufrimiento redentor” (CATIC 618), su Madre, la Virgen santísima. A Ella, le imploramos vivir cada día nuestra entrega amorosa a ese Padre que no calculó nada cuando quiso amarnos.

Homilía Jueves Santo Ciclo B



Jueves Santo

Éxodo 12,1-8.11-14; Sal 115, 12-13. 15-16bc. 17-18; 1 Corintios 11: 23-26; Juan 13, 1-15

Introducción:
“Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn 13,1). Después de esta frase, el Apóstol San Juan narra el lavatorio de los pies, gesto que significa la generosa y humilde entrega de Jesús. Pero la Liturgia, en la plegaria IV, utiliza esa frase continuándola con la institución de la Eucaristía: “Porque él mismo, llegada la hora en que había de ser glorificado por ti, Padre Santo, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. Y, mientras cenaba con sus discípulos, tomó pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio”. La Eucaristía es la muestra perpetua de su infinito amor hacia nosotros. Y es un misterio inmenso.
Sin embargo, debemos considerar sólo algunos elementos: “celebrando el memorial de su sacrificio…, ofrecemos al Padre lo que Él mismo nos ha dado: los dones de su Creación, el pan y el vino, convertidos por el poder del Espíritu Santo y las palabras de Cristo, en el Cuerpo y la Sangre del mismo Cristo: Así Cristo se hace real y misteriosamente presente” (CATIC 1357).

1.                  La Eucaristía como acción de gracias:
“La Eucaristía, nos enseña el Catecismo, es un sacrificio de acción de gracias al Padre, una bendición por la cual la Iglesia expresa su reconocimiento a Dios por todos sus beneficios, por todo lo que ha realizado mediante la creación, la redención y la santificación” (CATIC 1360). Y “es también el sacrificio de alabanza por medio del cual la Iglesia canta la gloria de Dios en nombre de toda la creación” (CATIC 1361).
Así, los cristianos nos asociamos a Jesús, para adorar a Dios, reconociendo tanto en su ser como en sus obras que Él es nuestro Señor. Así, con la Eucaristía, nuestra vida toma su verdadera direccionalidad, ya que hemos sido creados para Dios y nuestro corazón sólo descansará en Él (Cf. San Agustín). Con la Eucaristía nos hacemos conscientes de que nuestra grandeza está en reconocer que somos de Dios.

2.                  La Eucaristía como memorial del sacrifico de Cristo:
A su vez, este Sacramento, este Santísimo Sacramento es memorial del sacrificio de Jesús. Por esto, cuando San Pablo nos transmite la institución de la Eucaristía, nos dice: “Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre” (1Cor 11,25).
“La Eucaristía es memorial del sacrificio de Cristo, en el sentido de que hace presente y actual el sacrificio que Cristo ha ofrecido al Padre, una vez por todas, sobre la Cruz en favor de la humanidad. El carácter sacrificial de la Eucaristía se manifiesta en las mismas palabras de la institución: «Esto es mi Cuerpo que se entrega por vosotros» y «Este cáliz es la nueva alianza en mi Sangre que se derrama por vosotros» (Lc 22, 19-20). El sacrificio de la Cruz y el sacrificio de la Eucaristía son un único sacrificio. Son idénticas la víctima y el oferente, y sólo es distinto el modo de ofrecerse: de manera cruenta en la cruz, incruenta en la Eucaristía.” (CATIC Compendio 280).
“En la Eucaristía, el sacrificio de Cristo se hace también sacrificio de los miembros de su Cuerpo. La vida de los fieles, su alabanza, su sufrimiento, su oración y su trabajo se unen a los de Cristo. En cuanto sacrificio, la Eucaristía se ofrece también por todos los fieles, vivos y difuntos, en reparación de los pecados de todos los hombres y para obtener de Dios beneficios espirituales y temporales. También la Iglesia del cielo está unida a la ofrenda de Cristo” (CATIC Compendio 281). Así, toda nuestra vida, en el Sacramento del altar, se convierte en una ofrenda a Dios.

3.                  La Eucaristía, presencia del Señor:
Finalmente, en este Sacramento, “se contiene todo el bien espiritual de la Iglesia” (PO 5b), porque se encuentra Cristo mismo, vivo y presente. Por esto, escuchamos al Señor Jesús en la carta de San Pablo: “Esto es mi cuerpo” (1Cor 11,24).
“Jesucristo está presente en la Eucaristía de modo único e incomparable. Está presente, en efecto, de modo verdadero, real y sustancial: con su Cuerpo y con su Sangre, con su Alma y su Divinidad. Cristo, todo entero, Dios y hombre, está presente en ella de manera sacramental, es decir, bajo las especies eucarísticas del pan y del vino.” (CATIC Compendio 282). Cada sagrario es para nosotros un lugar en que encontramos a Dios especialmente cercano a nuestras vidas y la comunión es el momento de intimidad con Jesús, que camina a nuestro lado y nos conduce al Padre.
Tal poderosa es esta presencia que tiene la capacidad de transformar nuestras vidas, como le sucedió a André Frossard, que de judío ateo, se convirtió al cristianismo, cuando un día tuvo que buscar a un amigo en una iglesia y se encontró con el Santísimo expuesto: él afirma: “Entré escéptico y ateo y todavía más que ateo, indiferente y salí, a los pocos minutos, católico, apostólico y romano” (Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, Confirmación 3, Artes Gráficas Unión, Mendoza, 2009, página 16).

Conclusión:
Por esto, le pedimos a Nuestra Madre la gracia de encontrarnos con el Señor. La gracia de poder descubrir a Jesús, con todo su poder pascual, como lo hicieron los discípulos de Emaús y, que nuestra vida, sea testigo de ello.

Homilía Domingo de Ramos, Ciclo B



Domingo de Ramos: Rey de amor

Marcos 11,1-10 (procesión)
Isaías 50, 4-7; Sal 21, 8-9. 17-18a. 19-20. 23-24; Filipenses 25 6-11; Marcos 15, 1-39

Comenzamos la Semana Santa con esta celebración, popularmente conocida como Domingo de Ramos. En ella, tenemos dos oportunidades para escuchar la Palabra de Dios: primero antes de la procesión, luego, durante la misa.

Procesión:
Durante la entrada triunfal de Jesús en la ciudad de Jerusalén, se refleja, de un modo peculiar su condición de rey. Sin embargo, las muestras de su reyecía no son las que se esperarían de cualquier rey terreno. Ante todo, “El "Rey de la Gloria" (Sal 24, 7-10) entra en su ciudad "montado en un asno" (Za 9, 9): no conquista a la hija de Sión, figura de su Iglesia, ni por la astucia ni por la violencia, sino por la humildad que da testimonio de la Verdad” (CATIC 559).
Además, “los súbditos de su Reino, aquel día fueron los niños (cf. Mt 21, 15-16; Sal 8, 3) y los "pobres de Dios", que le aclamaban como los ángeles lo anunciaron a los pastores” (CATIC 559).
Finalmente, “la entrada de Jesús en Jerusalén manifiesta la venida del Reino que el Rey-Mesías llevará a cabo mediante la Pascua de su Muerte y de su Resurrección” (CATIC 560). De este modo, esta entrada pocos días antes de la verdadera Pascua, de algún modo la manifiesta por adelantado. Así nosotros, acompañándolo al Señor con nuestra procesión, nos adentramos al espíritu de la Semana Mayor.

Misa:
Este reinado del Señor, aunque parezca paradójico, se ve en su pasión. Reina por su amor obediente al Padre: “Al fin de reconciliar consigo a todos los hombres, destinados a la muerte a causa del pecado, Dios tomó la amorosa iniciativa de enviar a su Hijo para que se entregara a la muerte por los pecadores” (CATIC Compendio 118). Su amor “hasta el extremo” hizo posible que nosotros, enemistados de Dios por nuestro pecado, volvamos a su cercanía y amistad.
Por otro lado, vemos alrededor de la cruz, distintas figuras que, de algún modo nos representan, ya sea por su participación en este drama o por su compañía respecto a Jesús.
 De hecho, “todo pecador, o sea todo hombre, es realmente causa e instrumento de los sufrimientos del Redentor; y aún más gravemente son culpables aquellos que más frecuentemente caen en pecado y se deleitan en los vicios, sobre todo si son cristianos” (CATIC Compendio 117). Por lo cual, cada vez que pecamos, nos asemejamos a Pilato, Judas, los soldados o algún otro.
Por lo contrario, si nos dejamos cautivar por su misericordia, la conversión nos asemeja a San Pedro. Si luchamos, con su gracia, por permanecer fieles, podemos imaginarnos al lado de San Juan, la Virgen y las santas mujeres.
De aquí que la lectura de la Pasión nos dé una invitación y una certeza. La invitación es  “conviértete”, la certeza, “Dios quiere perdonarte” y su amor es mucho más fuerte que tu pecado.