“Una creyente y amorosa
presencia”
Ante la cruz, cobra realidad de un modo extraordinario
aquella profecía del anciano Simeón: “una espada te atravesará el corazón”
(Lc 3,35). El dolor del alma, también la tiene crucificada a Ella… Por esto,
queremos acompañar a nuestra Madre dolorosa, con la oración del corazón, con la
obediencia a su Hijo (caridad) y luchando contra el pecado en nuestra vida.
Si pensamos en su corazón de mujer, más aún de Madre, no es
difícil imaginar su sufrimiento. Sin embargo, mucho más sufrió por su fe y caridad. Porque Ella sabía que el
que allí estaba crucificado era el Hijo de Dios y lo amaba como a su Señor y
Dueño.
Sin embargo, tanto su fe como su caridad, la mantuvieron
firme, porque cuando el ser humano no entiende el dolor, cuando no alcanza a comprender
su significado, si se apoya en Dios recibe una luz que lo sostiene. Nuestra
Madre sabía que la muerte no tiene la última palabra ante el Señor de la vida.
Nosotros la acompañamos a Ella y Ella nos acompaña a
nosotros: Así, María santísima, que nos recibió como hijos suyos entre los
dolores del Calvario (“«Aquí tienes a tu hijo»… «Aquí tienes a tu madre»”- Jn
19,26-27), nos enseña sin palabras, con su ejemplo, a creer que el amor de Dios es más fuerte que nuestra
limitación, a creer que Él puede transformar nuestra vida. ¿Cómo? Haciendo
brillar la luz, cuando todo se cubre de tinieblas; dándonos el agua de la vida,
donde hay muerte; dándonos una Madre, cuando parece que estamos huérfanos. Así
podemos sacar del amor de Dios, un continuo motivo para amar a nuestros
hermanos, como nos dijo Cristo: “cada vez que lo hicieron con el más pequeño de
mis hermanos, lo hicieron conmigo” (Mt 25,40). Así sea.