Homilía Domingo III de Cuaresma Ciclo B



El poder de la Palabra de Dios

Éxodo 20, 1-17; Sal 18, 8. 9. 10. 11; 1 Corintios 1,22-25; Juan 2, 13-25

Introducción:
Después de contemplar a nuestro Señor, primero como camino, como quien nos marca el camino de la cuaresma y luego como misterio de cruz y de gloria, la Iglesia nos presenta la Palabra divina, en su profunda significación respecto a nuestra conversión.

  1.  Poder de la Palabra divina:
Dios que hizo todo lo que existe con su Palabra divina, también transforma nuestra realidad, por medio de Ella y de sus palabras cuando se revela, se da a conocer. Por esto, San Pedro le pudo decir a Cristo: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de Vida eterna” (Jn 6,68). Y el salmista no se cansa de alabar los mandamientos del Señor, que son la manifestación de su voluntad.
¿Por qué lo hace? ¿Por qué Dios nos habla? Simplemente porque nos ama y quiere mostrarnos cuál es el camino de nuestra felicidad. Esto mismo exige de nosotros una gran confianza, sobre todo, cuando con nuestros propios ojos, nos parece ver que otro camino es mejor que el del Señor. Gran confianza debemos tener en que Él siempre quiere nuestro bien, para aceptar toda palabra que sale de su boca.
Así le enseñó Elí al joven Samuel: “si alguien te llama, tú dirás: Habla, Señor, porque tu servidor escucha” (1Sam 3,9). Esta es la actitud que la Iglesia nos invita a tener en la Cuaresma, pues la conversión es una iniciativa de Dios que el hombre está llamado a recibir libremente, escuchando su Palabra, acogiéndola en su corazón y poniéndola por obra.

  1.  Jesús cumple la palabra de la Escritura:
Esto es lo que el Señor Jesús nos dejó como enseñanza con su ejemplo. Es más, para que entendamos el episodio, un tanto llamativo, de la reacción de Jesús ante los vendedores del Templo, el Evangelista nos dice que lo hizo cumpliendo la Palabra que decía: “el celo de tu Casa me devora” (Sal 69,10).
Este suceso, que a primera vista nos puede parecer violento, se explica por la Escritura: Jesús, vino a cumplir la voluntad del Padre. Y en el citado salmo, ya se profetizaban algunos de los sufrimientos que por nuestra redención, Cristo tomaría sobre Sí: “Por ti he soportado afrentas y la vergüenza cubrió mi rostro; me convertí en un extraño para mis hermanos, fui un extranjero para los hijos de mi madre: porque el celo de tu Casa me devora y caen sobre mí los ultrajes de los que te agravian” (Sal 69,8-10).

  1.  Importancia de los Diez mandamientos:
En este contexto, conviene considerar la importancia que, en nuestra vida, tienen los Diez Mandamientos, las diez palabras. Ellos son una clara manifestación de la divina voluntad sobre nuestras vidas. En ellos, Dios nos dice qué quiere de nosotros. Por lo cual, nuestra conversión no puede estar ajena a una renovada meditación sobre el Decálogo.
Más aún,  para comprenderlo bien, hay que considerarlo en su contexto: la Alianza. Dios, después de sacar a Israel de Egipto, después de haberle demostrado su amor y su poder mediante las 10 plagas… en el transcurso hacia la tierra de la promesa, más precisamente en el monte Sinaí, muestra al pueblo hebreo y a todos los hombres de buena voluntad, cuál es la respuesta que Él espera de nosotros. Porque como nos demostró primero su amor, Dios pudo mandarlo luego.
Así surgieron los mandamientos. Al considerarlos, no nos podemos quedar en que son meras prohibiciones, en que atentan contra nuestra libertad o argumentos semejantes. Por el contrario, “las "diez palabras… indican las condiciones de una vida liberada de la esclavitud del pecado” (CATIC 2057).
Estos mandamientos se pueden resumir en dos, porque nos enseñan cómo debe ser nuestra relación con dos seres distintos: Dios y nuestro prójimo. “El Señor prescribió el amor a Dios y enseñó la justicia para con el prójimo a fin de que el hombre no fuese ni injusto, ni indigno de Dios. Así, por el Decálogo, Dios preparaba al hombre para ser su amigo y tener un solo corazón con su prójimo” (San Ireneo, citado en CATIC 2063).
Por esto, los diez mandamientos son, en el camino de nuestra vida, como las señales de tránsito que nos indican qué es lo que debemos hacer y qué debemos evitar para llegar a nuestro destino. Así, la Palabra de Dios nos es de gran provecho para rectificar lo que haya que rectificar, cambiar lo que haya que cambiar y mejorar lo que haya que mejorar.

Conclusión:
Finalmente, nos encomendamos a la que mejor escuchó la Palabra del Señor y fue feliz por haber creído, para que nos conceda la gracia de una sincera conversión según lo que Dios quiere, pues los caminos de Dios para nosotros son siempre los mejores.