Rico en misericordia
2 Crónicas 36,14-16.19-23; Sal 136,
1-6; Efesios 2,4-10; Juan 3,14-21
Introducción:
Dios, quien todo lo hace bien, actúa con nosotros de un modo
excelente en todo. Por lo cual, su acción es, para nosotros, de gran provecho y
salvación. Y esto es verdadero, incluso en uno de los temas de mayor dificultad
para nuestra conciencia: el pecado.
1. La realidad del pecado:
Todos, quien más quien menos, tenemos experiencia del
pecado, ya por cometerlo, ya por padecerlo. Nos damos cuenta de que en el
fondo, no es algo bueno, sino todo lo contrario. De hecho, el “pecado es una
falta contra la razón, la verdad, la conciencia recta” (CATIC 1849).
Todo pecado, aunque no nos demos cuenta inmediatamente es un
atentado contra nuestro bien y nuestra felicidad, porque va contra nuestro ser.
Es como sucede en la pesca: un alimento, algo atrayente, que en su interior
esconde un anzuelo, la muerte. Así, la tentación nos seduce con la apariencia
de felicidad, cuando en realidad, lo que se encuentra es un mal que nos priva
del bien verdadero.
Más aún, cada pecado es “un faltar al amor verdadero para
con Dios y para con el prójimo” (CATIC 1849). Por esto, Dios que es amor, no
puede dejarlo pasar sin más. Así, ante las continuas infidelidades de los
israelitas, como manifiestan Las Crónicas, y después de numerosos avisos, se
encendió “la ira del Señor contra su pueblo” (2Cro 36,16). Por esto, “los
caldeos incendiaron la casa de Dios y derribaron las murallas de Jerusalén… Y a
los que escaparon de la espada los llevaron cautivos a Babilonia” (2Cro
36,19-20).
2. Dios es justo y misericordioso:
El ya citado texto de Las Crónicas, nos muestra cómo Dios es
justo frente al pecado. Pero también nos revela su misericordia, “porque tenía
compasión de su pueblo y de su Morada” (2Cro 36,15).
Por esto, San Pablo lo llama: “rico en misericordia” (Ef
2,4), ya que, tanto nos amó Dios, que nos envió a su Hijo cuando éramos
pecadores, cuando estábamos alejados de Él. Más todavía, en Cristo nos abre el
camino a la total felicidad de su amor: “y con Cristo Jesús nos resucitó y nos
hizo reinar con Él en el cielo” (Ef 2,6).
Y de todo esto, es muestra más que suficiente, sobre
abundante, la pasión del Señor, ya que allí, desde la cruz, “la misericordia de
Cristo vence al pecado” (CATIC 1851).
Es así que, cuando nuestros pecados sean muchos, cuando el
remordimiento nos asalte, cuando nuestras fuerzas parezcan debilitarse… debemos
contemplar al Crucificado recordando aquellas palabras del Santo Apóstol Juan: “Dios
amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en Él
no muera, sino que tenga Vida eterna” (Jn 3,16).
3. Nuestra actitud:
¿Cuál es nuestra respuesta? Cada uno está invitado a darla
libremente: el amor se acoge, se recibe, el perdón se acepta… o por el
contrario, se rechaza. Así lo dice el mismo Apóstol: “El que cree en Él, no es
condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre
del Hijo único de Dios” (Jn 3,18). Pues, creer en su amor divino es lo que nos
permite amarlo a Él (Cf. BENEDICTO XVI, Mensaje para la Cuaresma 2013).
Ahora bien, “la acogida de su misericordia exige de nosotros
la confesión de nuestras faltas” (CATIC 1847).
Porque nosotros necesitamos reconocer nuestro mal para que Dios nos de
su bien, necesitamos presentarle nuestras heridas, para que Él nos cure.
El Espíritu Santo nos ayuda a reconocer nuestros pecados, en
toda su dimensión, siendo éste el primer paso de la conversión (Cf. CATIC
1848). De este modo, es muy saludable y santificante el examen de conciencia
que descubre la propia realidad de hombre necesitado del amor misericordioso de
Dios, amor que se experimenta de forma extraordinaria en el Sacramento de la
Reconciliación o Confesión.
Conclusión:
Le pedimos, a la santísima Virgen María, nos conceda un
“corazón contrito” (Sal 50/49,19), que sepa pedir perdón a Dios y acoger su
misericordioso amor, como San Pedro que, para participar de la suerte de
Cristo, tuvo que dejarse lavar los pies por el Señor (Jn 13,8-9).