Domingo de Ramos: Rey de amor
Marcos 11,1-10 (procesión)
Isaías 50, 4-7; Sal 21, 8-9. 17-18a. 19-20. 23-24; Filipenses 25 6-11;
Marcos 15, 1-39
Comenzamos la Semana Santa con esta celebración,
popularmente conocida como Domingo de Ramos. En ella, tenemos dos oportunidades
para escuchar la Palabra de Dios: primero antes de la procesión, luego, durante
la misa.
Procesión:
Durante la entrada triunfal de Jesús en la ciudad de
Jerusalén, se refleja, de un modo peculiar su condición de rey. Sin embargo,
las muestras de su reyecía no son las que se esperarían de cualquier rey
terreno. Ante todo, “El "Rey de la Gloria" (Sal 24, 7-10) entra en su
ciudad "montado en un asno" (Za 9, 9): no conquista a la hija de
Sión, figura de su Iglesia, ni por la astucia ni por la violencia, sino por la humildad que da testimonio de la Verdad”
(CATIC 559).
Además, “los súbditos de su Reino, aquel día fueron los niños (cf. Mt 21, 15-16; Sal 8, 3) y
los "pobres de Dios", que
le aclamaban como los ángeles lo anunciaron a los pastores” (CATIC 559).
Finalmente, “la entrada de Jesús en Jerusalén manifiesta la
venida del Reino que el Rey-Mesías
llevará a cabo mediante la Pascua de su
Muerte y de su Resurrección” (CATIC 560). De este modo, esta entrada pocos
días antes de la verdadera Pascua, de algún modo la manifiesta por adelantado.
Así nosotros, acompañándolo al Señor con nuestra procesión, nos adentramos al
espíritu de la Semana Mayor.
Misa:
Este reinado del Señor, aunque parezca paradójico, se ve en
su pasión. Reina por su amor obediente al Padre: “Al fin de reconciliar consigo a todos los
hombres, destinados a la muerte a causa del pecado, Dios tomó la amorosa
iniciativa de enviar a su Hijo para que se entregara a la muerte por los
pecadores” (CATIC Compendio 118). Su amor “hasta el extremo” hizo posible que
nosotros, enemistados de Dios por nuestro pecado, volvamos a su cercanía y
amistad.
Por otro lado, vemos alrededor de la cruz, distintas figuras
que, de algún modo nos representan, ya sea por su participación en este drama o
por su compañía respecto a Jesús.
De hecho, “todo pecador, o sea todo hombre, es
realmente causa e instrumento de los sufrimientos del Redentor; y aún más
gravemente son culpables aquellos que más frecuentemente caen en pecado y se
deleitan en los vicios, sobre todo si son cristianos” (CATIC Compendio 117).
Por lo cual, cada vez que pecamos, nos asemejamos a Pilato, Judas, los soldados
o algún otro.
Por lo contrario, si nos dejamos cautivar por su
misericordia, la conversión nos asemeja a San Pedro. Si luchamos, con su
gracia, por permanecer fieles, podemos imaginarnos al lado de San Juan, la
Virgen y las santas mujeres.
De aquí que la lectura de la Pasión nos dé una invitación y una certeza. La invitación es “conviértete”,
la certeza, “Dios quiere perdonarte” y su amor es mucho más fuerte que tu
pecado.