Viernes Santo
Isaías
52,13-53, 12; Sal 30,2.6.12-13.15-16.17.25; Hebreos 4,14-16; 5, 7-9; Juan 18,1-19, 42
Introducción:
El viernes santo, la Iglesia nos lleva a contemplar el
calvario. Nos invita a adentrarnos en el misterio, contemplando una cruz. Pero la cruz del Señor, de un modo u otro nos
habla no de un sacrificio sino de dos: uno, es el de Cristo; el otro, el
nuestro.
1. Se ofreció por nosotros:
“Toda la vida de Cristo, nos dice el Catecismo, es una oblación
libre al Padre para dar cumplimiento a su designio de salvación. Él da «su vida como rescate por muchos»
(Mc 10, 45), y así reconcilia a toda la
humanidad con Dios. Su sufrimiento y su muerte manifiestan cómo su
humanidad fue el instrumento libre y perfecto del Amor divino, que quiere la
salvación de todos los hombres” (CATIC Compendio 119).
Tanto nos amó que “soportaba nuestros sufrimientos y cargaba
con nuestras dolencia, y nosotros lo considerábamos golpeado, herido por Dios y
humillado. El fue traspasado por nuestras rebeldías y triturado por nuestras
iniquidades. El castigo que nos da la paz recayó sobre Él y por sus heridas
fuimos sanados” (Is 53,4-5).
2. Para nuestra salvación:
Todo esto, lo hizo el Señor, por nuestra salvación: “Cristo se humilló por nosotros hasta aceptar
por obediencia la muerte y muerte de cruz” (Versículo antes del Evangelio). “Jesús
ofreció libremente su vida en sacrificio expiatorio, es decir, ha reparado nuestras culpas con la plena
obediencia de su amor hasta la muerte. Este amor hasta el extremo (cf. Jn
13, 1) del Hijo de Dios reconcilia a la humanidad entera con el Padre. El sacrificio pascual de Cristo rescata,
por tanto, a los hombres de modo único, perfecto y definitivo, y les abre a la
comunión con Dios” (CATIC Compendio 122).
Como signo de esto, San Juan vio correr del costado de
Cristo abierto en la cruz una doble fuente de salvación: sangre y agua: “En
seguida, nos dice, brotó sangre y agua” (Jn 19,34). Esta agua y esta sangre son
las que nos dan la Vida divina por medio de los sacramentos todos, especialmente
el Bautismo y la Eucaristía. Por esto, mediante los Sacramentos, nosotros nos
podemos encontrar con el Señor que quiere salvarnos, que quiere transformar
nuestras vidas, sea como sea, pues Él, muriendo en la cruz es el Pastor que
busca, encuentra y carga sobre sus hombros a la oveja perdida y la devuelve al
redil de la felicidad verdadera.
3. Nuestra participación en el sacrificio
de Cristo:
“Y ya que tenemos en Jesús, el Hijo de Dios, un Sumo
Sacerdote insigne que penetró en el cielo, permanezcamos firmes en la confesión
de nuestra fe” (Hb 4,14). Así, para unirnos al sacrificio del Señor, en primer
lugar habrá que aceptarlo, mediante la fe.
Dicha fe, nos lleva a obedecer sus palabras e imitar su
vida, ya que como continúa la Carta a los Hebreos: “Él alcanzó la perfección y
llegó a ser causa de salvación eterna para todos los que le obedecen” (Hb 5,9).
Más aún, ya que Cristo, “en su Persona divina encarnada,
"se ha unido en cierto modo con todo hombre" (GS 22, 2), Él
"ofrece a todos la posibilidad de que, en la forma de Dios sólo conocida,
se asocien a este misterio pascual" (GS 22, 5). Él llama a sus discípulos
a "tomar su cruz y a seguirle" (Mt 16, 24) porque él "sufrió por
nosotros dejándonos ejemplo para que sigamos sus huellas" (1 P 2, 21). El
quiere en efecto asociar a su sacrificio redentor a aquéllos mismos que son sus
primeros beneficiarios (cf. Mc 10, 39; Jn 21, 18-19; Col 1, 24)” (CATIC 618).
Santa Rosa de Lima, vivió esto incluso de un modo literal,
pues en el patio de su casa arrastraba un madero y en una ocasión se puso una
corona de espinas… Además, llegó a exclamar: “Fuera de la Cruz no hay otra
escala por donde subir al cielo (Sta. Rosa de Lima, vida)” (CATIC 618).
Conclusión:
Le pedimos, así, a la que fue “asociada más íntimamente que
nadie al misterio de su sufrimiento redentor” (CATIC 618), su Madre, la Virgen
santísima. A Ella, le imploramos vivir cada día nuestra entrega amorosa a ese
Padre que no calculó nada cuando quiso amarnos.